[Parade]. «Ballet realista» de Erik Satie (1866-1925), sobre libreto de Jean Cocteau; representado por vez primera en el Chátelet de París el 18 de mayo de 1917, por los Ballets Rusos de Diaghilev (escenografía de Picasso, coreografía de Massine), con escasísimo éxito de público y de la mayor parte de la prensa.
Consiste en la representación de tres números de variedades ante un barracón de feria; tres «managers» intentan hacer comprender al público, con gestos, que el verdadero espectáculo se desarrolla en el interior del barracón, y que lo que sucede fuera es solamente un reclamo. Pero el público no entra. Es la primera aparición en el teatro de Erik.
Satie, que contaba ya cincuenta y un años, y es un ejemplo de la poética del llamado estilo «dépouillé», anunciado ya en varias Piezas para piano (v.), y que iba convirtiéndose en el verbo de los jóvenes franceses del grupo de los «Seis». La música tiende a ofrecer esquemas elementales rítmicos (cercanos y a veces idénticos a los de los bailables de café concierto) para el movimiento físico de la danza; con una orquestación a base de sonidos simples y crudos, exentos de empastes rebuscados, y con abundante empleo de la batería, dentro de la cual se incluyen una gran cantidad de «ruidos» hasta entonces no usados como instrumentos musicales (máquina de escribir, sirena, revólver, urna giratoria, etc.).
El autor declaró al definir esta música: «He compuesto un fondo con ciertos ruidos que Cocteau juzga indispensables para precisar el ambiente de sus personajes». Como primera manifestación de este tipo de poética caracterizada por un decidido retorno a formas voluntariamente triviales, subrayadas por una complacencia en la crudeza del sonido, este ballet ha quedado como una especie de «manifiesto», de padre espiritual de los más conocidos ballets franceses de vanguardia del periodo 1918-1925.
F. D’Amico
Fue un producto típico de principio de siglo, de una civilización exhausta que se chancea para no mirar cara a cara a la muerte. Es el bufón que lanza sin descanso sus agudezas y sus bufonadas, llegando hasta la extravagancia, para hacer reír a pesar suyo a los seres neuróticos que lo siguen. (R. D. Chenneviére)

