Pandora, Wolfgang Goethe

Escenas alegóricas de Wolfgang Goethe (1749-1832); fragmento com­puesto entre 1806 y 1808 — particularmente en otoño del 1807 y en la primavera suce­siva — interrumpido por la redacción de las Afinidades electivas (v.) pero inspirado a Goethe ya en tiempos más lejanos por una ansia profunda, cuando la revolución fran­cesa y el huracán napoleónico parecieron ir a derribar la civilización y la cultura. Se publicó en aquel mismo año 1808 en el pri­mero y segundo fascículo de la revista «Prometheus» de Seckendorff.

La obra origina­riamente hubiera debido titularse El re­tomo de Pandora, y se aparta francamente en muchos puntos substanciales del mito griego. El escenario de la obra está divi­dido en dos partes diferentes entre sí, así, como son distintos los dos protagonistas: Prometeo (v.) y Epimeteo, que aparecen a la vez en escena.

Por el lado del primero se abre un paisaje de peñas salvajes, grutas, bosques, con algún indicio de casas, mien­tras por el lado de Epimeteo se divisa una aldea, a los pies de una colina, bañada por un río tranquilo.

El escenario está oscuro: Epimeteo, el contemplativo, llama a la no­che, propicia al recuerdo y a la meditación, cuando descubre a Fileros, hijo de Prome­teo, que se ha evadido de su casa hacia la libertad de las tinieblas, y va en busca de la joven Epimeleya, a quien había visto una vez y había amado.

En vano el anciano intenta frenar el ardor del joven y rete­nerlo. Cuando se queda solo, Epimeteo revi­ve su éxtasis amoroso con Pandora, la cual, habiendo venido para dar a los hombres la felicidad, fue su esposa y un día desapare­ció con Elpora, su hija, que simboliza la esperanza. Epimeteo se duerme por fin.

Apa­rece entonces el titán Prometeo, que agita su antorcha y llama a los forjadores al tra­bajo, alabando la realidad, la ganancia, el presente concreto, animándolos a no buscar lo imposible, sino a confiar sólo en su titá­nica fuerza.

Se presentan los pastores y pi­den inútilmente a los forjadores instru­mentos adecuados para el pastoreo y para la música. En tanto, en el país de Epimeteo, Elpora, hija suya y de Pandora, aparece casi incorpórea y se disuelve en la dulzura del eco.

De aquella visión es despertado Epimérides por el grito de Epimeleya, que llega herida por Fileros, el cual, por celos, había matado a un zagal que tenía ella a su lado. Prometeo sale dé ,su caverna extrañando sentir tanto estrépito en la residencia de la paz; agarra a su hijo: «¿Asesinar a quién? ¿Inermes?», le grita. «Vete al saqueo y a la guerra, allí donde la fuerza sirve de ley.

Que donde se instituyó como ley y fuerza la voluntad paterna, tú no sirves». Fileros acusa a la inocente Epimeleya de traición, y loco de dolor, para expiar su falta se arro­ja al mar, mientras Epimeleya llora y pre­gunta a los dioses «por qué todo es infinito y sólo tiene fin nuestra felicidad».

El frag­mento termina después de un diálogo entre los dos hermanos, por el cual se sabe que Epimeteo es padre de Epimeleya, hija tam­bién de Pandora, a quien Prometeo ha­bía repudiado. Eos, la aurora, nace del mar y anuncia que Fileros, precipitado en las olas, ha sido llamado a la vida por los dio­ses y unido a Epimeleya purificada por la hoguera a la cual, para expiar con Fileros, se había arrojado.

El esquema de la segun­da parte, redactado en 1808 — en términos sumarios y por lo tanto susceptible en cier­tos detalles de varias interpretaciones —, muestra a Pandora que reaparece, con su vaso benéfico, ya no para los Titanes, sino para los jóvenes purificados, sacerdotes de una humanidad nueva.

El dualismo alemán entre el hombre de acción y el hombre contemplativo se restaura en la nueva genera­ción que surge. Este fragmento está termina­do y perfecto como un torso griego. Goethe no lo completó porque, como dijo en 1838 a Eckermann, la primera parte del poema ha­bía adquirido tales proporciones que ya ha­bía perdido las ganas de realizar la segunda.

Mucho se discutió si no podía ser conside­rado aquel fragmento como el último aliento del clasicismo goethiano y, en efecto, juegan en él muchos elementos románticos entre los cuales no es el último el fondo, el escenario.

La figura de Prometeo es en esta obra muy diferente de la que lanzaba a Júpiter su desafío en el panteísta Prometeo (v.) juve­nil: aquí simboliza el mundo de la reali­dad, dirigido a lo útil, a lo práctico; aquí es titán en cuanto hombre gigantesco y fuerte, pero todo él humano, y adquiere relieve por medio del contraste de Epimérides, el cual, en cambio, tiene en sí posi­bilidades de soplo divino, que sabe ver y vivir el sueño, que se unió con Pandora, la belleza pura, y suspira por ella en su pe­renne nostalgia: de él nacen las artes y él es el custodio de los bienes espirituales.

En su forma y en su ritmo musical, que para cada figura adquiere tono particular, este fragmento figura entre las obras más armo­niosas de Goethe y, en cierto sentido, entre las más clásicas. [Trad. española de Fanny Garrido, Madrid, 1893, en Teatro selecto].

G. F. Ajroldi