El Pan del Pecado, Théodore Aubanel

[Lou pan dóu pecat]. Tragedia en cinco actos, en versos alejandrinos, del poeta provenzal Théodore Aubanel (1829-1886), escrita en 1876 y publicada por primera vez en 1882.

Junto con la Reina Juana (v.) de Mistral es la aportación más significativa y original que el teatro del Ochocientos recibiera del Felibrismo. El asunto es voluntariamente lineal, ceñido a rigurosos esquemas clásicos que el poeta parece exhibir, como si buscara com­paraciones ambiciosas.

Estamos en el campo, en tiempos de la trilla y la amplia era hierve bajo el sol provenzal; Fanetta, la mujer todavía joven del rico arrendatario Malandran, de quien ha tenido tres hijos, no está satisfecha con las alegrías materna­les y mucho menos con el taciturno y dis­traído afecto del marido; mientras recuerda con amarga nostalgia el tiempo alegre de su adolescencia, revela inconscientemente la ansiosa espera de una pasión que sepa al fin calmar sus sentidos y llenar su corazón.

Llegan entretanto los caballos para la trilla, conducidos por un lejano pariente del ma­rido, Veranet, un muchacho de dieciocho años, guapo, fuerte y atrevido. El destino de Fanetta queda señalado: con una rapi­dez que sólo las exigencias escénicas pue­den en parte justificar, declara su loca «sed» al joven, que al principio queda sorpren­dido.

Pero la belleza y el apasionado furor de la mujer no tardan en dominarle: en pleno mediodía los adúlteros saltan a la grupa de dos caballos blancos y desapare­cen. En plena noche llegan a una posada pobre y solitaria y se hacen llevar la cena a la habitación; pero a los primeros bocados oyen golpear furiosamente la puerta, que cede a los tremendos golpes.

Es Malandran, que los ha seguido y alcanzado, y los mal­dice. En su deseo de venganza el hombre, al ver sobre la mesa los restos de la cena, los coge, anunciando que se los lleva para envenenar a sus hijos (pues, según una tra­dición provenzal, la comida tocada por adúl­tero, «el pan del pecado», envenena a cuan­tos a ella se acercan).

Ante tal amenaza Fanetta abandona a Veranet y vuelve a su casa, donde encuentra al marido que está obligando a los niños a comer los alimentos malditos. Inútilmente grita a su marido su arrepentimiento y le jura que los hijos son suyos: Malandran no la cree; y Fanetta, vencida por la angustia, se mata.

Así ter­mina la tragedia, que aparece centrada en el contraste fundamental entre el bien y el mal, entre el austero sentido del deber y la alocada pasión sensual, que marca toda la obra de Aubanel. En realidad las figuras que tendrían que personificar al deber están trazadas demasiado rígidamente y revelan una psicología algo sumaria, mientras que son bastante más vigorosas e impresionan­tes las escenas donde domina la figura de Fanetta.

Pero la obra se muestra rica en fuerza sugestiva y nutrida por un sincero aliento poético. Sobre el fondo de la fogosa llanura provenzal, la pasión del amor es sentida y cantada como una especie de lo­cura pánica impuesta casi a su pesar sobre los hombres por las fuerzas primitivas de la naturaleza, en una fatal exaltación del alma que justifica la colorida elocuencia de las expresiones. Es el motivo más genuino y vital de la poesía de Aubanel, el mismo que dio un acento inconfundible al encanto lírico de las Vírgenes de Avivan (v.).

M. Bonfantini