Odas Romanas, Quinto Horacio Flaco

Son las seis primeras odas del libro III de las Odas (v.) de Quinto Horacio Flaco (65-8 a. de C.) que los mo­dernos suelen reunir en un bloque único y bajo un mismo título porque ofrecen cier­ta continuidad de inspiración.

Si es que ese efecto fue intencionado, se atribuye, no a la inspiración, sino a la reelaboración final y a la distribución del poeta. En la primera trata su tema predilecto: sobre todos los hombres, ricos y pobres, domina la divini­dad; luego lo mejor, ya que somos sus súb­ditos, será ser humildes y pobres.

En la po­breza, continúa la segunda oda, el alma se robustece con sus sacrificios y se prepara a la vida heroica, que es requerida por el valor cívico de los romanos; pero al valor, añade la tercera, debe ir unida la virtud: no bastan las acciones valerosas; es menester que el hombre esté espiritualmente dotado para ascender al cielo, como ocurrirá con Augusto y como ocurrió con Rómulo, el cual obtuvo de los dioses que la ciudad por él fundada viviese eternamente.

En la cuarta oda aparece una duda acerca de la veracidad de las leyendas, que, miradas atentamente, no deben ser consideradas en su contenido histórico, sino en su valor moral; por ellas se ve cómo la fuerza, para vencer, debe ir acompañada de la inteligencia igual que las empresas bellas del canto de la poesía.

El Júpiter del mito, prosigue la quinta oda, es, en la tierra, el Augusto de los romanos, que finalmente ha vencido a los partos, lavando así la vergüenza de la derrota de Craso, cuando soldados romanos, muy diferentes a Atilio Régulo, se habían sometido al ene­migo.

Pero Roma se había cubierto de ver­güenza, concluye la sexta oda, porque no siendo lo bastante piadosa había atraído so­bre sí la ira celestial: para liberarse y puri­ficarse ha de cambiar sus costumbres; de otro modo se irán sucediendo generaciones cada vez peores. En estas seis odas, no dispuestas en orden cronológico, se alternan la esperanza y la decepción, los ideales de grandezas y las consideraciones pesimistas que caracterizan la vida de Horacio, por los años en que Octavio, después de haber vencido a Antonio en la batalla de Accio, se dedicaba a reordenar el Estado romano.

¿Lograría conseguirlo realmente? ¿Podría contener la corrupción invasora? ¿No se ha­bría abandonado a locos ensueños de impe­rio, como el de reconstruir la destruida Tro­ya y abandonar Roma? He aquí las dudas de Horacio, pero que estaban en el ánimo de todo romano, en espera de las decisiones de Octavio.

Pero cuando éste, aceptados los títulos de autoridad de Augusto en el año 27, inauguró su obra de restauración de los antiguos valores, y en primer lugar el má­ximo respeto, aunque solamente formal, hacia los cargos republicanos, renació en Horacio la fe en su patria y un sentido de misticismo religioso invadió su poesía, que, en su propósito general, se dirige única­mente a los iniciados, para celebrar con toda pureza y serenidad el poderío de los dioses y la gloria de Roma y de Augusto.

F. Della Corte