Obras, Francisco de la Torre

La obra del poeta español Francisco de la Torre, que vivió en la segunda mitad del siglo XVI, fue impresa por primera vez merced a la diligencia de Quevedo. La salvó del olvi­do comprando el manuscrito a un librero, que se lo vendió «con desprecio», según confiesa en el prologuillo.

El nombre del autor aparecía borrado en cinco sitios, pero los borrones, piadosos, dieron el nombre de un Francisco de la Torre, que fue identificado por Quevedo con el homónimo autor de la «Visión delectable de Filosofía», poeta del Cancionero General de 1511. Este error del gran editor fue ya deshecho en el mismo siglo XVII por Faria y Sousa, el comentarista de Camóes, indicando además que Francisco de la Torre era un seguidor de Garcilaso de la Vega.

En el siglo XVIII, el erudito Luis José Velázquez volvió a edi­tar el tomito de La Torre, pero atribuyendo su paternidad al mismo Quevedo, hipótesis que no prosperó. Sin embargo, los investi­gadores posteriores nada han podido hacer por romper el mutismo de los archivos, obstinados en guardar celosamente la persona­lidad de ese incógnito poeta.

Coster pensó que quizá encerrase ese nombre el pseudó­nimo de Juan de Almeida, poeta salmantino conocido de fray Luis de León y amigo del Brócense, debido al apéndice que figura al final del volumen, dónde aparecen traduc­ciones de los dos profesores de Salamanca, con unas líneas preliminares de don Juan de Almeida. Pero las conjeturas de Coster, como el andamiaje levantado por Fernández Guerra en torno a un Francisco de la To­rre, natural de Alcalá y amigo de Laínez y de Figueroa, no resisten una crítica severa.

Sin embargo, aunque nada concreto sepa­mos de ese incógnito Francisco de la Torre, lo cierto es que su obra poética ofrece un positivo interés al estudioso, tanto por lo inusitado de algunos temas como por la técnica empleada en diversas composicio­nes. La edición aparece dividida en cuatro partes, con un apéndice final de traduccio­nes de Horacio y Petrarca, debidas al Bró­cense y a fray Luis, como ya se indicó.

El libro primero contiene treinta y dos so­netos, seis odas y dos canciones; el segundo, otros tantos sonetos, cinco odas y cuatro canciones; el tercero, diez endechas, y el cuarto, ocho églogas. La división parece que se hizo atendiendo a la estructura formal, ya que el libro tercero contiene sólo poe­mas en arte menor, frente a los dos pri­meros. Por su temática, toda la obra poética de La Torre gira alrededor del tema amoroso, sin que aparezcan otros motivos.

Aunque pesa sobre Francisco de la Torre toda una tradición de petrarquismo, no es difícil encontrar en su obra esa nota origi­nal que busca el lector. Su metafísica amo­rosa es la corriente en un poeta del si­glo XVI, educado bajo la influencia del italianismo y de Garcilaso. Fitzmauriee Kelly y Crawford han rastreado con sagacidad las influencias de los renacentistas italianos y han señalado abundantes sonetos que son traducciones de otros de Tasso, Varchi, Amalteo, Spira, etc., junto con versos lati­nos de A. Navagero.

Por esas influencias, a las que se suman las clásicas de Horacio y Virgilio, resulta Francisco de la Torre un perfecto petrarquista. Las descripciones del paisaje estilizado, los retratos de la ama­da Filis, el sentimiento amoroso, la melan­colía, el deseo de tranquilidad, etc., respon­den a una tradición bien conocida, lo mismo que el uso de las contraposiciones («siento luego abrasarme en vivo hielo/y siento lue­go helarme en fuego vivo»), tan caracterís­ticas. En las églogas, los pastores Palemón, Tirsis, Florelo, discurren por paisajes típi­camente renacentistas, por riberas cercadas de «blancas flores, de purpúreas rosas», lle­vando sus quejas el ligero viento «y sus ardientes lágrimas el río»: Sin embargo, una nota caracteriza con singularidad esos tópi­cos renacentistas: la invocación a la noche, o a los árboles, ciervas, tórtolas y ríos.

La Torre, como fray Luis de León, es uno de los grandes enamorados de la noche, a la que hace confidente de sus ansias, lo mismo en los sonetos que en las canciones o en las endechas. Los ojos claros o las claras y transparentes luminarias del cielo escucha­rán sus penas y dolores, sus congojas apa­sionadas. Algunas veces logra aciertos bellí­simos, con anticipaciones de sabor román­tico, como en los sonetos 4, 5, 7, 16 y 20 del libro primero, o en el 27 del segundo y en la endecha 6.a Muy bellas son también las canciones enderezadas a la cierva herida, a la tórtola o al olmo, las más conocidas de Francisco de la Torre, sobre todo la pri­mera, pieza obligada en todas las antolo­gías.

Caracteriza a Francisco de la Torre la limpia delicadeza del aspecto formal, per­cibida por Quevedo y Van der Hamen en el siglo XVII. Sus poesías están escritas «con la verdad, propiedad y pureza que pide nuestra lengua», según frase de Van der Hamen, que contrapone esa pulcritud a las innovaciones barrocas. Quevedo indica lo mismo, señalando de paso que Herrera imi­tó su dicción y le tuvo por maestro. El es­tilo de Francisco de la Torre es más puro aún que el de Garcilaso, como se ve en las liras, tan horacianas, aunque le falte aque­lla nota de sinceridad afectiva que tanto cautiva en la obra del toledano.

Pero ade­más, nuestro poeta intentó ampliar las for­mas estróficas del Renacimiento, escribiendo cuatro bellísimas odas en sáficos y adó­rneos, estrofa que manejó con toda gallar­día y precisión, sin contar con las diez lindas endechas, en versillos de seis sílabas, llenas de delgada poesía, anticipación del exquisito arte de Góngora. La Torre manejó el verso de arte menor con la misma faci­lidad que el endecasílabo, y esta mezcla de poemas italianizantes con versos castellanos no escapó a la perspicacia y agudeza de Faria y Sousa, quien escribió lo siguiente: «Horacio, aunque dice buenas cosas en los versos mayores, apenas hay en ellos uno bueno, siendo insuperable en los pequeños.

En ellos se quisieron probar grandes poe­tas italianos, como Beniveni, Serafino y Poliziano, y no consiguieron tanto crédito como en los otros. Así sucedió, de los españoles, al venerable Juan de Mena y al feliz Gar­cilaso, que aunque no escribieron muchos versos pequeños, siempre vienen a ser los que bastan para hacer este juicio; y por ventura, que el haberlo hecho el propio Garcilaso, le hizo escribir menos de ellos que Mena, al revés de Boscán, que en ellos se hizo más estimable que en los sonetos y canciones; advirtiendo que Francisco de la Torre no desdijo tanto de esta gloria de la igualdad en los dos géneros de ver­sos».

J. M. Blecua