Nuestra Señora de París, Novela de Víctor Hugo

[NotreDame de París]. Novela de Víctor Hugo (1802-1885), publicada en 1831. Es la obra más representativa de la gran narrativa romántica, verdadero «relato gótico» en que revive una Edad Media pintoresca y fascinante, de clima intenso, toda ella som­bras y luces fantásticas de catedral ilumi­nada por la luna.

Esmeralda (v.) es una joven gitana altanera, silenciosa, dotada de una secreta sensibilidad, que vive bai­lando y prediciendo el porvenir, ayudada por su fiel cabrita Djali. Mujer fatal «avant la lettre», enamora a cuantos encuentra: en primer lugar al archidiácono de Nuestra Señora, el atormentado especulador Claudio Frollo (v.) y luego al monstruoso Cuasi­modo (v.), cojo deforme de fuerza hercú­lea, educado por piedad por Frollo y en­cargado por él de raptar a la muchacha, y por fin a toda la canallesca multitud de la Corte de los Milagros, el suburbio donde se reúnen los falsos mendigos parisienses, entre los cuales vive ella y por los cuales se ve rodeada en afectuoso y celoso res­peto.

A su vez, ella ama al capitán de ar­queros Febo (Phoebus) de Cháteaupers (v.), el mismo que la salvó del intentado rapto de Cuasimodo. Febo ve en ella una aventura como tantas otras; mas, para Esmeralda, él es el gran amor. Durante una cita que le da la muchacha, el capitán la conseguiría de no intervenir Claudio Frollo con una puñalada. Del homicidio es acusada Esmeralda, y al negarse a entre­garse al obsesionado archidiácono, es aban­donada por él a su destino. Condenada a muerte, la muchacha es salvada por Cua­simodo, que la conduce a su morada bajo los tejados de la catedral, mundo fantás­tico de columnas torcidas y de monstruos góticos.

Llegan para liberarla los reye­zuelos de la Corte de los Milagros, pero Cuasimodo, que no sabe o no comprende, los aleja a pedradas desde lo alto de la catedral, mientras Claudio Frollo aprove­cha el tumulto para raptar a Esmeralda. De nuevo el desgraciado es rechazado por la muchacha; desesperado, la entrega a una beata semiloca, llena de odio salvaje hacia los gitanos que le raptaron, hace tiem­po, a su hija; pero en lugar de maltratarla, reconoce en ella a la niña raptada.

Sin embargo, los guardias llegan para detener a la condenada; desde lo alto de las torres de Nuestra Señora, Cuasimodo y Frollo contemplan el suplicio, y luego Cuasimodo precipita a su bienhechor, en quien ha re­conocido la causa de la tragedia, y él mis­mo va a morir en el cementerio de los condenados, estrechando entre sus brazos el cadáver de Esmeralda.

La novela vive sobre todo por la singular fuerza de su clima lí­rico, donde encuentra una desorbitada exis­tencia un París medieval, de misteriosas encrucijadas de callejuelas, poblado por desheredados, locos, espíritus atormentados, únicas figuras reales sobre el fondo de una burguesía anónima. Los mismos personajes son sencillos elementos de la atmósfera evocada, momentos del sombrío y pinto­resco conjunto que, por sí solos, no tienen coherencia ni psicología completa.

Pero el verdadero protagonista de la novela es la catedral de Nuestra Señora, con sus mons­truos que vigilan desde los rincones, sus masas de sombras entre las torcidas colum­natas de los ventanales, sus torres enhiestas;  todo el relato es una fantasía nacida de la contemplación del monumento gótico, casi una transposición literaria de los valores de la arquitectura. [La primera traducción castellana es la de Eugenio de Ochoa (Ma­drid, 1836). muchas veces reimpresa. Posteriormente es preciso citar las versiones de . Eduardo Fernández (Madrid, 1896); Eduardo Chao (Madrid, 1847); de Joaquín María de Tejada (Madrid, 1861); de Fran­cisco Nacente (Barcelona, 1875); de José Aguado y Menéndez (Valencia, 1884); de Juan Alonso del Real (Barcelona, 1885). Las más divulgadas modernamente han sido la de E. González Fiol (Madrid, 1924) y la de Antonio Fuentes (Barcelona, 1936). Existe, además, una traducción catalana de R. Folch i Capdevila (Barcelona, 1923)]. U. Déttore

La idea primera, vital, la inspiración ge­neradora de la novela es sin duda el arte, la arquitectura, la catedral, el amor a di­cha catedral y a su arquitectura. (Sainte-Beuve)

Ninguna calidad psicológica, drama in­significante, cuadros curiosos, arte original y poderoso, visión casi alucinante del viejo París y de su inmensa catedral, he aquí lo que Víctor Hugo nos ofrece en una no­vela que no es quizás una pintura fiel, pero que, sin embargo, es una evocación llena de fascinación. (Lanson)

Lo que se imponía a Hugo con la auto­ridad imperiosa de una obra que quiere realizarse, de una palabra que ha de ser pronunciadla, era precisamente la novela de París en una época pintoresca. Y proba­blemente cuando Hugo concibió esta idea, no fue muy lejos para encontrar un cuer­po: lo halló bajo sus pies. (Thibaudet)