«Nivola» del gran pensador, poeta y novelista español Miguel de Unamuno (1864-1937), publicada en 1914.
Augusto Pérez se enamora, o mejor dicho, decide enamorarse de Eugenia, una burguesita que da lecciones de piano para poder vivir y pagar cierta hipoteca que pesa sobre la casa que le han dejado sus padres. Eugenia ama a Mauricio, pintoresco holgazán, y desde el primer momento rechaza el galanteo de Augusto. Él es rico, y por esa misma riqueza se le aparece bajo el desagradable aspecto de un hombre que desea comprar su cuerpo y su alma. No encuentra mejor acogida el generoso gesto de Augusto Pérez de rescatar la casa hipotecada sin reclamar ninguna contrapartida.
Pero cuando Mauricio propone a Eugenia una especie de «ménage á trois», y sobre todo, cuando Augusto busca consuelo a su desdén entre los brazos de la planchadora Rosario, Eugenia acepta la donación y el matrimonio. Pero la felicidad de Augusto Pérez dura poco, pues Eugenia, viendo que Mauricio corteja con demasiada asiduidad a la abandonada Rosario, vuelve a su amor, dejando para siempre a su generoso y razonable adorador.
Hasta aquí la novela discurre a través de un plano completamente normal, buscando la nota original en la profundidad de su análisis psicológico y en intermedios a modo de ensayos; pero a partir del abandono de Eugenia, se entra en una atmósfera del todo nueva. Decidido a suicidarse, Augusto Pérez se dirige a Salamanca para consultar a don Miguel de Unamuno, de quien ha leído un ensayo acerca del suicidio, dándose cuenta, lleno de gran estupor, de que él no es un ser real, sino simplemente un personaje de novela, nacido de la fantasía del escritor; las protestas del «personaje» resultan inútiles;, del mismo modo que los hombres deben acatar la voluntad de Dios, así los personajes deben obediencia a la voluntad de su tiránico autor.
Augusto manifiesta una vez más su voluntad de autodestrucción, pero don Miguel le responde categóricamente que él morirá cuando y como le plazca a su creador, y que le está negada toda posibilidad de suicidio. Augusto vuelve desesperado a su casa, y para consolarse de su doble desilusión, se hace servir un banquete pantagruélico, después del cual se da cuenta de que se halla a las puertas de la muerte. Entonces redacta el siguiente telegrama: «Salamanca. Unamuno. Se salió con la suya. He muerto. Augusto Pérez».
El juego intelectual con que concluye la novela tiene fundamental importancia, por cuanto es el precedente de los más audaces dramas de Pirandello (v. Seis personajes en busca de autor y Esta noche se representa improvisando).
A. R. Ferrarin

