Naná, Émile Zola

[Nana]. Novela de Émile Zola (1840-1902), publicada en 1880; es la no­vena del ciclo de los Rougon-Macquart (v.). Anne Copeau, hija de Gervaise Macquart (v.) y de un borracho, sólo puede ser una criatura de lujo y de placer. Llamada Naná, según su diminutivo de muchacha, es el ídolo de las multitudes, pero ella, al tiem­po que da placer, quita la paz y lleva a la ruina.

En este cuadro, Zola, con evidente intención polémica, como en el conjunto de su ciclo, se detiene en la vida de la joven y en sus aventuras para mostrarla como una víctima de la sociedad corrompida. Actriz de variedades, sorprende a los espectadores por la fascinación de su be­lleza y la desnudez de sus formas; explo­tada su procacidad por ávidos empresarios, hace la fortuna de los teatros, aunque su voz sea ronca y desagradable.

Naná es de todos, aunque por ninguno sienta verda­dero afecto. Por lo demás, tiene un hijo, Louis, y siente que por él es capaz de sufrir en la aparente embriaguez de una vida libertina. Siempre llena de deudas, podría encontrar en el amor alguna solu­ción; pero huye incluso de las posibilidades de matrimonio que se le ofrecen. Ama el frenesí de la vida y siente secretamente que ha de enviar a la ruina a todos los representantes que pueda de una sociedad decadente y malvada.

Entre sus adoradores está el conde Muffat, beato y tímido; se divierte humillándolo ante cortejadores más afortunados, y luego se entrega a él, con la intención de conseguir enormes regalos. Después de haber entrado en la variada sociedad de los ricos y poderosos de la época, se encierra en una especie de fide­lidad provisional, en una villa construida por el conde con increíble dispendio. El lujo más provocativo parece dar a Naná el gusto de la destrucción; por ella los hombres se sienten rivales, los jóvenes aban­donan la casa paterna, cometen delitos y se matan en un ímpetu de amor y celos.

Como un ídolo nunca satisfecho, asiste a una continua destrucción, entre la embriaguez de su indiscutible triunfo en la sociedad parisiense. Cada vez más siente su maléfica función en la sociedad, que la impulsa a enfrentar a los hombres que la adoran, humillándolos y por fin haciéndolos sufrir al revelarles las infidelidades de sus mu­jeres. Eso hace con el conde Muffat, cuya mujer le traiciona con el periodista Fauchers. Por fin, Naná, después de haberse opuesto al principio, consigue casar a la hija de Muffat con Daguenet, su antiguo amante; luego, arruinada y abandonada por el conde, muere de viruelas poco después que su hijo, en una habitación de hotel donde una amiga la acoge por caridad.

Su cara desfigurada por la enfermedad y la putrefacción de su hermosísimo cuerpo in­dican la fealdad moral de su vida, enten­dida como testimonio de una sociedad en descomposición; y mientras el cadáver apes­ta la habitación, se escuchan en las calles los gritos de la declaración de la guerra a Prusia (1870). Con Naná se hunde en la desesperación y en el falso esplendor la triste sociedad que había disfrutado del advenimiento de Napoleón III, y que con el espejuelo de un nuevo poderío imperial había alejado al pueblo de su destino de redención.

Y el libro, que quisiera ser amarga y libremente naturalista, se eleva gracias a este claro simbolismo en el que la cortesana aparece como personificación de aquella sociedad. La novela fue refun­dida en 1881 para el teatro en un drama de cinco actos por el francés William Bertrand Busnach.

C. Cordié