Myricae, Giovanni Pascoli

Es el primer volumen de poesías líricas de Giovanni Pascoli (1855-1952).  Publicado en 1891, trajo el anuncio de  nueva poesía. De 21 composiciones aumentó poco a poco hasta aproximadamente las 150 de la edición definitiva de 1903. Su marco está constituido por dos composiciones fúnebres, «El día de los muertos» [«Il giorno dei morti»] y «Coloquio» [«Colloquio»], y queda como el hilo conductor de la inspiración de todo el libro.

Según el título virgiliano: «arbusta iuvat humelesque myricae», poesías humildes y breves, inspiradas en la naturaleza, por el recogimiento del corazón, todas juntas casi un diario de la vida íntima y sentimental del poeta. La inspiración, en el tiempo, no siempre se muestra idéntica a sí misma, sino que varía en los momentos, en la entonación, en las gradaciones, sin dejarse «contar» o detener en una nota sola.

Las poesías se ordenan por temas, cíclicamente; a cada tema corresponde un grupo con un título: «Del alba al ocaso», «Recuerdos», «El último paseo», «Pensamiento», «En el campo», «Tristezas», «Dulzuras», etc. Aparte de algunas composiciones sueltas. En las poesías antiguas, que se remontan a 1882-1886, la nota más serena, diríamos juvenil, y con resonancias de Carducci o de Severino Ferrari, la melancolía que las impregna es de una recogida expectación y suspensión del alma, como «Romagna», «Río Salto», « El bosque», «La fuente», «El castillo», «A Scandiano» y los sonetos llamados caballerescos, que son divinos embelesos en paisajes de sueño poblados de visiones lejanas y de encantamientos.

Pero pronto se pasa a los paisajes de noviembre, del atardecer y de la noche, y del alejamiento de la vida, la sensación más presente de la nada o de la muerte se acentúa en la soledad y en la profundizada concentración interior: «Los álamos blancos», «El nido» y La zarza». El dolor se hace inmanente a la vida de la misma naturaleza, con una comunión ideal cada vez más íntima: «Pueblo nocturno», «El búho» y «El mochuelo». Y en el dolor el recuerdo de una felicidad perdida, renaciente espejismo, del que él se hace peregrino en un perpetuo andar: «La felicidad», «Entonces», «Pesar» y «En camino».

Mágicamente («El mago», «El milagro», «Fides») lo destruido es creado de nuevo, y por un momento el poeta se abandona a ello, dando lugar a la dulzura junto a la tristeza («Dialogo») en una alternante vicisitud sin contrastes, ya que los dos son transportados a una esfera irreal. El instante doliente se derrite a menudo en una llamada de debilidad, de vida, en una sonrisa («En el bosque»), mientras el de éxtasis o sueño se rompe en otro de muerte («Los truenos», «Canción de abril», «El búho» y «El mochuelo»). Sin embargo, hay por doquier una suspensión de ansia inquieta, y que nos impresiona más porque se refleja en el paisaje con una lúcida fijeza que recuerda el arte griego.

Instantes y fragmentos de vida, en impresiones, cuadritos, retratos, etc., con resonancias que los atan, en la separación, en una única armonía, que es la del mismo universo, y el poeta comunica con las cosas a través de sus sensaciones en correspondencias sin diafragma. De ahí su ligereza, que es espiritualidad o inmaterialidad, y la musicalidad de su aliento, en una mezcla de colores y de sonidos, de arpegios y de tonalidades pictóricas, de oscuras sombras y claridades rutilantes, que es el gran secreto del arte pascoliano de Myricae.

C. Curti

En su poesía pocas veces se siente lo in­definido. El fantasma poético no surge de la melodía y casi nunca recibe de ella sig­nificaciones notables. La mayor importan­cia, en cambio, la da al elemento plástico. Tiene de las cosas una visión clara y pre­cisa; y las representa en sus líneas visi­bles, casi siempre, con rara evidencia. Para estas representaciones tiene palabras que casi llamaría lineales, que dibujan, y pa­labras sabrosas que colorean. Pero más allá * del paisaje y de la figura, la vista interior no percibe nada más; y los «grupos invisibles», para emplear una frase de Federico Amiel, permanecen ocultos, sepultados, ya que ninguna otra potencia, que trascienda la que yo llamo gráfica, acude para ambas. Diré, esperando que se me entienda mejor, que esta poesía carece de misterio. (D’Annunzio)

Los versos de Myricae, en su acabada brevedad, tienen a veces una elegancia de factura griega. (F. Flora)