[Messa da Requiera]. Esta composición del músico italiano Giovanni Sgambati (1841-1914) para solos, coro y orquesta nació con ocasión de la muerte del rey Humberto I, y se ejecutó en el Panteón en 1901; en el mismo año se publicó en Maguncia, como op. 38.
El conjunto tiene una notable unidad de inspiración: éste es el primer mérito de la obra. Los tonos dominantes son dos: uno dramático y sombrío (que a menudo degenera en énfasis, como sucede en casi todos los Requiem, incluso en los de autores más ilustres) y otro dulce, como de fatigada meditación: este segundo es más sencillo, tanto cuando se esparce en tristes armonías en tono menor como cuando se aclara en tono mayor. El estilo es vario, pasando de la polifonía a la monodia acompañada o a los coros que recuerdan el canto gregoriano; de éstos ya tenemos un ejemplo en el «Te decet» del «Introito». El «Dies irae» se basa sobre el tema de la secuencia medieval: empieza con el tradicional tono sombrío y terrible, luego se aplaca; e inesperadamente el «Tuba mirum» empieza en «pianissimo» para llegar luego a majestuosas sonoridades. Dulce y afectuoso es el «Recordare»; el «Ingemisco» empieza con un recitativo en el que se advierte la influencia de Liszt, sensible también en otras partes, por ejemplo, en el «Lacrymosa», aunque siempre solamente en acentos particulares, ya que en el conjunto la tendencia, se podría decir esquematizando, es entre neoclásica y romántica, aunque no neo- romántica.
De intensa dulzura es el «Amén» final del «Dies irae», como también el «Sanctus», en conjunto una de las mejores partes de la obra. Entre éste y el «Agnus» se inserta un trozo «extra», es decir, un «Mottetto» (palabra que en este caso no indica nada en común con el género tradicional) sobre el texto «Versa est in luctus cithara mea»; en el «Agnus» hay un solo de violín seguido por el coro casi todo al unísono. El tono enfático aflora nuevamente en el «Libera me», especialmente con el efecto aterrorizante del «Tremens»; lo íntimo domina definitivamente en el «Requiem» final, en el que vuelve, también con llamadas temáticas, el dulce «mormorato» del comienzo y deja una impresión de sosegadora tristeza. En los rasgos más felices de la obra se nota una inspiración más intensa que la acostumbrada en Sgambati; la personalidad del autor no es grande, pero encuentra unos bellos momentos de sinceridad y recogimiento, en una forma decorosa e interesante.
F. Fano

