Mireille, Charles Gounod

Del poema de Mistral, Charles Gounod (1818-1893) extrajo una ópera en cinco ac­tos, Mireille, con texto de Jules Barbier (1825-1901) y Michel Carré (1819-1872), re­presentada en el Teatro Lírico de París el 19 de marzo de 1864, reducida más tarde a tres actos el 16 de diciembre del mismo año, y continuada en la ópera Cómica en cinco actos el 10 de diciembre de 1874 y en tres actos el 29 de noviembre de 1889.

Gounod la escribió precisamente en un pue­blo de Provenza, en Saint-Remy, en comu­nión espiritual con el poeta, que vivía allí cerca, en su casa de Maillane. De suerte que la infinita llanura de la Crau y la Camarga, el Ródano, el Santuario de las San­tas Marías, con toda su historia y sus le­yendas, la sencillez primitiva de los cam­pesinos, la compañía del gran poeta «felibrista», fueron los elementos más fuertes e importantes para la inspiración del músico, que se sentía muy afín, en el espíritu, al alma del poeta y a la poesía de su amado paisaje. Para entender la delicada y frá­gil suavidad de la música, brotada tan espontáneamente de la fantasía de Gounod para esta Mireille, es preciso pensar que la tendencia fundamental de su espíritu esta­ba abocada constantemente hacia la paz, la sencillez de las costumbres, el silencio de los hermosos campos, la ingenua religiosi­dad del pueblo. «Oh! le bonheur de la paix et la paix du bonheur!», exclamaba a menudo. La obra musical, a través de los fragmentarios episodios de los libretistas, conserva muy poco del poema de Mistral; sin embargo, la música a menudo capta e intensifica la delicada poesía de los senti­mientos y la fascinación legendaria del paisaje.

La Mireille de Gounod, por lo tanto, no vale mucho como obra lírica, sino como un conjunto de pequeños cuadros, algunos de los cuales son la expresión pura del cielo y de la historia de Provenza, cantados por los poetas medievales y los modernos. Recordamos en el primer acto el coro de las deshojadoras, fresco y brillante, donde Mireille aparece en su gentil pureza desde sus primeras palabras: «Et moi, si par hazard». En el segundo acto la canción de Magali, formada con libre inspiración sobre la antigua canción provenzal, trae Un eco suave del dulce país de Provenza. He aquí la canción antigua. Gounod revive su espíritu y, en la conti­nuación, le confiere una poesía más insi­nuante con un fondo de notas sostenidas por el coro. La canción de Taven, en el segundo acto, con sus sonidos sombríos, transforma al pequeño personaje de Mistral en una es­pecie de pitonisa antigua. El tono dramático se eleva en el episodio del Ródano del ter­cer acto; una fina expresión de paz emana de la canción del pastor, en el cuarto acto, y dulce, apasionada tristeza surge del canto de Mireille junto al muchacho dormido. La escena de la iglesia en las Santas Marías (final del quinto acto) está impregnada de sencilla e ingenua religiosidad, y la muerte de Mireille tiene un carácter de transfigu­ración mística, de lohengriniana inspira­ción, a la que, por cierto, no falta eficacia teatral.

A. Damerini