Miguel Kohlhaas, Heinrich von Kleist

[Michael Kohlhaas]. Es la más amplia e intensa de las Narraciones (v.) de Heinrich von Kleist (1777-1811), y una de las más interesantes y técnicamente perfectas de la épica ale­mana. Apareció en 1808. La «vieja crónica» de la que está tomado el personaje histó­rico, transformado luego por Kleist, es el Mikrochronologikum de Peter Hafftiz, de la segunda mitad del siglo XVI.

Miguel Kohlhaas es un rico tratante en caballos, un rebelde en nombre de la justicia, del tipo de Karl Moor (v.) de los Bandidos (v.) pero con un carácter de firmeza infle­xiblemente prusiana. Un señor sajón, Wenzel von Tronka, le quita arbitrariamente dos caballos y se los arruina, maltratando incluso a su fiel servidor; Kohlhaas, exa­minados concienzudamente los hechos, entabla querella ante el tribunal sajón que, gracias a los altos apoyos del noble señor, la rechaza; entonces envía a su mujer a llevar una petición al príncipe elector de Brandeburgo, pero vuelve tan maltratada por los guardias, que muere al poco tiem­po. Kohlhaas, indignado, decide tomarse la justicia por su mano; al frente de un gru­po de bandoleros asalta el castillo del se­ñor de Tronka y ataca abiertamente a su ofensor, sembrando por doquier la destruc­ción.

Por intercesión de Martín Lutero (la escena nocturna en que Miguel va a su encuentro es de las mejor logradas), el príncipe elector de Sajonia le invita a Dresde para reanudar su proceso, asegurándole la libertad personal. El proceso se resuelve a su favor: sus caballos han de serle restitituidos en sus condiciones primitivas; pero sus enemigos consiguen hacerle arrestar, contra la palabra dada por el príncipe, por los crímenes de sus ex compañeros. Entre­tanto, el príncipe de Brandeburgo recla­ma a Miguel como súbdito suyo para juz­garlo en Berlín. Durante el trayecto encuentra al príncipe de Sajonia, quien le promete libertad y justicia con tal que le ceda un medallón que le dio una vieja gitana y que contiene una profecía sobre el porvenir de la dinastía sajona. Pero Kohlhaas, que ha jurado venganza por la falta a la palabra dada, no quiere ceder; y cuando, tras la intervención del propio emperador, es condenado a muerte como violador de la paz pública, acepta la con­dena sin rebelarse porque ha vencido en su proceso privado contra el injusto opre­sor: ante el patíbulo encuentra sus caba­llos restituidos y bien alimentados.

Advir­tiendo entre los espectadores al príncipe sajón, Miguel abre el medallón que lleva al cuello y se traga la profecía: el príncipe cae al suelo, mientras él muere satisfecho de que venganza y justicia se hayan lle­vado a cabo. Por amor a la justicia se hizo criminal, y es justo que expíe las culpas cometidas por el triunfo de la misma. El desarrollo de la narración está conducido con una lógica pesimista pero rigurosa, apo­yada por un singular arte narrativo, obje­tivo y eficaz, incluso en el idioma, sobrio y vigoroso como el de Lutero, al que vo­luntariamente se aproxima. [Trad. catalana por E. M. Ferrando (Barcelona, 1921)].

C. Baseggio-E. Rosenfeld