La importancia de las melodías para canto y piano de Gabriel Fauré (1845-1924) se muestra claramente si se considera que con ellas se afirma en la música francesa moderna una forma independiente del lied austríaco y alemán.
Después de Gounod, que había sabido recuperar el secreto de una sensibilidad armónica casi perdida desde el tiempo de los clavicembalistas, Fauré y Chabrier fueron los dos músicos que ejercieron verdadera influencia en sus contemporáneos. Por otra parte, parece existir un parentesco innegable entre las melodías geniales, pero mucho menos perfectas, de un Duparc con las de Fauré, pero es difícil establecer cuál de los dos músicos influyó sobre el otro. La forma, en Fauré, es sencilla y equilibrada, desde sus primeras canciones; en «Après un rêve» (op. 7), escrita en 1865, se afirma ya una personalidad bien definida. Entre los autores que han inspirado a este músico para sus numerosas canciones hallamos buena parte de los poetas franceses más conocidos del siglo XIX: Jean Richepin, E. Haracourt, Armand Silvestre, Sully Prudhomme. Algunas de estas últimas no resultan musicalmente inferiores a las compuestas sobre poesías de los más eminentes, como Hugo, Théophile Gautier, Baudelaire, Leconte de Lisie, Verlaine. A «Après un rêve» siguen algunas canciones que se pueden colocar entre las más delicadas y conmovedoras del maestro: «Les Berceaux», «Le Secret», «Clair de Lune».
Esta última, compuesta en 1887, es justamente considerada como una obra maestra de la música francesa de cámara. Ninguno, entre los músicos que han puesto música a la conocidísima poesía de Verlaine, ha conseguido realizar una canción de tan directa emotividad y de tan sencillo refinamiento en su factura. Canción de carácter diferente es «Le cimetière», en la que el color obscuro y el acento dramático superan los límites del propio texto inspirador y revelan un Fauré que no es sólo un inti- mista, sino el autor de Prometeo (v.) y de Penélope (v.). La «Bonne chanson», ciclo de nueve canciones, señala una actitud que, sin constituir una auténtica manera original, está, sin embargo, caracterizada por el incremento del elemento armónico, que adquiere un carácter de importancia fundamental. En consecuencia, la línea melódica adquiere mayor libertad de movimientos y singular agilidad. Citaremos también, entre sus bellas canciones : «Le parfum impérissable», «Prison», «Soir» y las colecciones «La Chanson d’Ève», «Le jardin clos», «Mirages» y «L’horizon chimérique».
Destaca entre los méritos de las canciones de Fauré su vocalismo y, al mismo tiempo, su raro ajuste de la declamación a las exigencias particulares de la lengua francesa. El lirismo de Fauré ha sugerido a menudo el recuerdo de los lieder de Schumann. Pero este paralelo es sólo legítimo si se tiene en cuenta la esencial diversidad de motivos inspiradores entre ambos músicos; menos expansivo y apasionado, el de Fauré es típicamente francés, con su sobria reserva y su expresión delicada, y a un mismo tiempo intensa.
L. Córtese

