Medida por Medida, William Shakespeare

[Measure for measure]. Drama en cinco actos en verso y prosa de William Shakespeare (1564- 1616), compuesto aproximadamente en 1604, estrenado aquel año e impreso en el in­folio de 1623. Según algunos podría estar basado en un drama del siglo XVI con el título de Promos y Casandra y del cual Shakespeare había sido revisor. La fuente inglesa de Medida por medida es el drama Promos y Casandra (1578) de George Whetstone (15449-1587?), que más tarde tradujo en su Heptamerón de discursos civiles [Heptameron of Civil Discourses] el quinto re­lato de la octava Década de los Hecatonmitos (v.) de Gian Battista Giraldi Cinzio (1504-1573), que había inspirado el drama junto con la tragedia Epitia del mismo Gi­raldi (impresa en Venecia en 1513, pero que probablemente ya antes circulaba ma­nuscrita).

El tema del juez a quien im­ploran la esposa o la hermana de un con­denado, que promete el perdón si aquella mujer se le entrega y, después de poseerla, manda ejecutar la sentencia, está muy difundido en la literatura y tratado a menu­do dramáticamente; además de serlo por Giraldi y Whetstone lo fue por Claude Rovillet en la pedantesca tragedia latina Philandia (publicada en 1556), la cual, sin em­bargo, procede de una versión diferente, en un drama representado en Besancon en el verano de 1548 y que tenía por asunto el «juicio del duque Carlos». Esa leyenda se encuentra también en Nápoles, y se refiere a la «justicia ejemplar» hecha allí por Isa­bel de Aragón. Entre los modernos se ins­piró en ella Alexandre Dumas padre en el Matrimonio sobre el patíbulo [Le mariage sur Véchafaud]. La innovación más nota­ble introducida por Shakespeare en el ar­gumento se refiere al carácter de la her­mana del condenado. El duque de Viena, con el pretexto de un viaje fuera de sus estados, confía su gobierno a Angelo, su magistrado, a quien hasta entonces tenía por hombre de probidad ejemplar, y éste, acto seguido, condena a muerte a Clau­dio, culpable de la seducción de Juliet. Claudio lo hace saber a su hermana Isa­bel, novicia en un convento, y le ruega que interceda por él cerca de Angelo.

Las sú­plicas de Isabel no consiguen obtener el perdón, pero su belleza provoca en el juez una ternura que no había sentido por nin­guna mujer; de manera que en una se­gunda conversación con ella, él ofrece sal­var la vida del hermano si ella sacrifica su honor. Isabel rehúsa indignada, y en una famosa escena en la prisión (acto III, escena I) pone al corriente de aquella pro­posición a su hermano; éste, que al prin­cipio parece aceptar serenamente la muer­te, se agarra luego, de pronto, a la opro­biosa esperanza. «La más penosa y detes­table existencia que la edad, el dolor, la pobreza y la prisión puedan infligir a la naturaleza humana es un paraíso en com­paración con lo que nos hace temer la muer­te.» El duque, que no ha abandonado Viena, se disfraza de fraile, se entera así de la in­fame conducta de Angelo, e imagina una añagaza para salvar a Claudio. Ordena a Isabel que consienta en ir a casa de An­gelo a medianoche y obtiene que Mariana, que está enamorada de Angelo, el cual, sin embargo, la ha repudiado por motivos de interés, ocupe el lugar de Isabel.

El trueque da resultado, pero a pesar de ello Angelo ordena que la ejecución de Claudio tenga lugar al alba. El duque dispone que, en lugar de la cabeza, de Claudio, sea llevada a Angelo la de un malhechor ajusticiado; y después, renunciando al disfraz y simu­lando un regreso súbito, -escucha la sú­plica de Isabel y la de Mariana, y desmien­te a Angelo, que niega la verdad de los relatos de las dos mujeres. A instancias de éstas, Angelo, finalmente confuso, es per­donado y unido en matrimonio a Mariana, mientras el duque declara su amor a Isa­bel. Claudio es indultado; Lucio, un burlón maldiciente que ha hablado mal del duque al propio duque disfrazado, es condenado a casarse con una prostituta. La trama se sostiene por el hilo sutil de un exceso de disfraces que comprometen la coherencia del drama. Y si bien es verdad que el du­que simboliza una ética ilustrada y cris­tiana, no es moral ni cristiano el con­tinuar ocultando a Isabel que Claudio vive.

Y su figura de santón silencioso y entro­metido, de fraile de medianoche que com­bina una sustitución de concubina, no es ciertamente muy sagrada. Medida por me­dida, en efecto, ha dejado siempre perple­jos a los críticos, desde Coleridge, a quien le pareció «penoso», hasta los más recientes. El único personaje capaz de cautivar nues­tra simpatía parece ser la abandonada Ma­riana (v.). Si bien las figuras de los prota­gonistas del drama están trazadas con mano insólitamente vacilante en un Shakespeare, es, en cambio, decisiva la impresión que nos comunica de desconfianza y repugnan­cia hacia los hombres. Cualquier abyección con tal de vivir, con tal de satisfacer el libidinoso apetito: es el ritomello que re­salta sobre el fondo de esta hosca comedia. [Trad. española de Guillermo Macpherson en Obras dramáticas, tomo VII (Madrid, 1911) y de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930, 10.a ed. 1951)].

M. Praz

Hay más significado y expresión en el relincho de un caballo o en el gruñido de un perro que en las expectoraciones dramá­ticas de un Shakespeare.  (Rymer)

Esta comedia peca por la discordancia entre la riqueza de los personajes como expresión de elemento viril, y la acción como necesidad artística y profesional. (Gundolf)

Es como el microcosmos de toda la obra de Shakespeare; el drama en que ha mostrado tal vez del modo-más franco su ros­tro grave e indulgente. (Pourtalés)