[Les Maîtres d’autrefois; Belgique – Hollande]. Obra del pintor y escritor francés Eugène- Fromentin (1820-1876), dedicada al estudio de la pintura flamenca y holandesa y publicada en 1876. Escrita con ocasión de un viaje a Bélgica y Holanda, no intenta ofrecer un tratado sistemático ni ordenado de las escuelas pictóricas locales, sino que es más bien una colección de impresiones y juicios sugeridos por algunas obras y por algunos maestros antiguos a un artista moderno, educado en la escuela de Delacroix y de Decamps y singularmente dotado como escritor. La materia del libro, libremente dispuesta, está dividida en dos partes principales : la primera tiene como tema la pintura flamenca y domina en ella la figura de Rubens; la segunda trata de la escuela holandesa y termina con el examen de las obras maestras rembrandtianas. Sensibles impresiones del paisaje holandés, de marinas y de cielos, vistos como a través de cuadros de los pintores locales, alternan con la descripción y el análisis de las pinturas de iglesias y museos. Fromentin es uno de los primeros que lleva al estudio del arte del pasado la viva experiencia del gusto contemporáneo, es decir, de la pintura romántica francesa, y el concepto, también romántico y ya expresado en el Diario (v.) de Delacroix, de la obra de arte como creación espiritual y subjetiva.
Por este camino el escritor consigue superar la mayoría de las veces las externas y superficiales divagaciones sobre el «asunto» y liberarse del viejo criterio de la jerarquía de los géneros (que durante tanto tiempo había impedido la justa comprensión de la escuela holandesa) para buscar en cambio la substancia del estilo de las obras estudiadas y entenderlas como expresiones de personalidades artísticas en su gradual desarrollo. En esta actitud, Fromentin identifica ya crítica e historia del arte, comprendiendo cómo la valoración de una obra implica el conocimiento de sus premisas y conexiones históricas, y se interesa por la biografía de los pintores — por la vida fácil y feliz de Rubens, por la solitaria y atormentada de Rembrandt —, sólo para buscar con fina intuición la coincidencia entre el artista y el hombre. Por otra parte, el ideal pictórico del romanticismo le sirve de ayuda y guía al formular claramente el concepto de pintura de tonalidades y situarlo como fundamento de su interpretación del arte de los Países Bajos. En ello consiste la originalidad de los más bellos análisis de Fromentin, como el dedicado a la «Crucifixión» y al «Descenso» de Rubens en Amberes, a los paisajes de Ruysdael y a los retratos de Franz Hals, Pero, sobre todo, las páginas sobre la «Ronda nocturna» de Rembrandt dan la medida de la finura interpretativa del escritor: aclarando el tránsito de la pintura de tonalidades al luminismo (para el cual la luz vale en cuanto actúa, no sobre los colores, sino sobre el ambiente, y es un fin en sí misma), define en primer lugar el secreto estilístico del gran maestro, cuya personalidad alcanza su más alta expresión en la práctica del aguafuerte.
La visión histórica de Fromentin y su inteligencia crítica encuentran su mayor limitación en su misma sensibilidad de artista, ligada al gusto romántico y, sin embargo, incapaz de vencer por completo los prejuicios académicos y adherirse a la nueva poética, ya activa, del impresionismo. De todos modos, la cálida simpatía por el tema y la intensidad con que se revive, en las mejores páginas del libro, el espíritu del siglo XVII holandés y flamenco, hacen de los Maestros de antaño una obra maestra de la crítica romántica, que se puede colocar junto a los ensayos sobre arte contemporáneo de Baudelaire (v. Curiosidades estéticas).
G. A. Dell’Acqua
Fromentin es inteligente como el mes de octubre. (E. d’Ors)

