[Os Lazaros]. Novela del escritor portugués Abel Acácio de Almeida Botelho (1854-1917), publicada en 1904 con el subtítulo «Figuras de actualidad».
El conde Edmundo de Fiães ha llegado al umbral de la vejez llevando una vida frívola y desordenada, sin ocuparse apenas de su mujer, Enriqueta, y de sus hijos, Luis, Olimpia y Leonor. Su casa se ha convertido en un hotel en el que cada uno de sus miembros vive poco y a su gusto. La condesa, cansada ya de tal aislamiento, empieza a aceptar con alegría y gratitud el asiduo galanteo de Armando, un riquísimo burgués soltero; Luis es el típico juerguista: mujeres y alcohol; Olimpia acepta el amor de un tal Fernandino, deseosa de huir de su casa; Leonor, avergonzada por tantos vicios, se refugia en las prácticas religiosas y quiere hacerse monja. Pero llega un momento en que el conde, a causa de un incidente surgido al llegar su esposa a altas horas de la noche, constata amargamente el miserable estado a que ha reducido su casa y siente la necesidad de redimirse. Pero es débil, y no consigue reconquistar a su mujer, ni sustraerse a la fascinación de una amante de baja estofa que le roba y engaña, ni vigilar a sus hijos. Sus innumerables propósitos y esfuerzos de nada sirven.
Olimpia se casa con Fernando, que solamente desea su dote para derrocharla con una antigua ramera, amante suya desde hace muchos años; la condesa, cada vez más distanciada de su marido y necesitada de afecto, huye con Armando; Leonor, en sus prácticas piadosas, conoce a un sacerdote hipócrita y sensual, y acaba por caer en sus redes y ser violada, suicidándose después; Luis huye con una cantante española y emprende negocios teatrales a costa de su padre. Éste, después de haber vivido y sufrido todos estos desastres, siempre esperando y soñando en un porvenir mejor, pierde también la compañía de Olimpia, quien, separada de su marido, se había refugiado en su casa, cuando, cansada ya de vivir sola con su dolor en el desierto palacio de su padre, desaparece, dejándole sólo una breve nota. Es el golpe de gracia. El conde, deshecho, y después de haber errado durante toda la noche por los barrios bajos, escenario de sus andanzas, es víctima de un accidente y muere solo y abandonado.
La novela no tiene una directriz constructiva dominante que la justifique internamente dentro de una atmósfera sentimental propia, puesto que avanza episódicamente por lazos casuales de pasiones que se inflaman, instintivas y repugnantes, monótonas en los motivos patológicos que las informan y que más interesan a la ciencia que al arte, ya que están analizadas a distancia, con un realismo crudo que obsesiona y deprime. Los ribetes anticlericales y democráticos son ajenos de la narración sin que la confieran ningún mérito, a pesar de darle el particular color del tiempo y del ambiente.
L. Panarese

