Drama en tres actos, estrenado en Madrid en 1877, de José Echegaray (1832-1916), jefe de los neorrománticos.
El protagonista, don Lorenzo de Avendaño, extraño tipo de filósofo solitario siempre sumido en profundas lecturas y abstractas meditaciones, se entera de que Juana, su vieja nodriza (que a la muerte de su madre fue acusada por él de robo y encarcelada, por haber sustraído un precioso medallón que la moribunda dejaba a su hijo), está ahora agonizando en una barraca e invoca ardientemente su perdón.
Lorenzo corre en su busca y la lleva a su casa. Una vez solos, Juana le revela el contenido de un documento cuya existencia estaba indicada en un papelito encerrado en el medallón, robado por ella precisamente para ocultarle una grave revelación.
Don Lorenzo se entera de ese modo de que Juana, y no la otra, es su verdadera madre. Desde este momento se inicia el drama interno del filósofo, obsesionado por el pensamiento de llevar abusivamente un nombre que no es suyo, de disfrutar desde hace tiempo de bienes ajenos, es decir, de haber casi robado a la sociedad cuanto constituye el honrado bienestar de la propia familia.
Llega entre tanto la Marquesa de Almonte para combinar con él el matrimonio de su hijo Eduardo con Inés, la joven hija de don Lorenzo. Pero ¿cómo podrá dar a su hija, a quien adora, un nombre mancillado y riquezas que ya no son suyas? El casamiento es imposible.
Sobre este esquema la situación del drama se vuelve rígida, hasta el punto de que la nota patética determinada por el conflicto espiritual que se debate en don Lorenzo, al mismo tiempo deseoso de la felicidad de su hija y decidido a restituir nombre y bienes a los legítimos herederos, tiene más la aridez de un cerebralismo morboso que la mesura humana de un destino soportado: «Miserable máquina de pensar», le llama, indignada, su mujer Ángela.
Consciente de la agitación que ha producido en el ánimo de su hijo, Juana destruye el documento revelador y, a punto de morir, niega ante todos ser madre de don Lorenzo. Sin embargo, éste está seguro de sus afirmaciones; pero cuando al fin, para decidir si su actitud — según palabras de Eduardo, que dan título al drama — es «locura o santidad», se le pide la prueba de cuanto afirma, no encuentra el documento y es tenido por loco.
El teatro de Echegaray, caracterizado por un diálogo enfático y melodramático, se agota a menudo en situaciones forzadas. Don Lorenzo lucha, no contra una adversidad del destino, sino contra la propia rigidez moral exasperada, de la que se convierte en esclavo hasta caer en la locura.
A. Manganiello

