Las Voces Interiores, Víctor Hugo

[Les voix intérieures]. Título de uno de los más impor­tantes y característicos volúmenes de poe­sía de Víctor Hugo (1802-1885), el cual, pu­blicado en 1837, en el período de su plena madurez, ofrece la medida de su genio lírico, con sus característicos méritos y de­fectos.

Siguiendo las otras dos importantes colecciones de Hojas de otoño (v.) y de Cantos del crepúsculo (v.), este libro pa­rece querer aproximarse más a la intimi­dad elegiaca de la primera que a la manera epicosatírica de la segunda; pero en reali­dad intenta la síntesis de las dos tendencias, basándose en una concepción de la vida y del mundo netamente espiritualista y com­pletamente personal. El intimismo de Hugo (como él mismo explica en el prefacio) no tiene nada de individualista, de egoísta; antes, por el contrario, tiende a abrazar en sí todos los elementos de lo creado, y mejor sería llamarlo «unanimismo», com­plicándose además con insistentes preocu­paciones didácticas por las cuales enlaza claramente con las ideologías ochocentistas humanitarias, naturalistas y progresistas. De aquí su gran variedad de temas y una diversidad de actitudes fantásticas que ha­llan, sin embargo, su unidad en aquel tono que sus admiradores llaman «grave y fatídico», y sus denigradores, «predicatorio».

El poeta de la Historia no se limita a co­mentar: quiere dirigir, sacar de los hechos disertaciones y sentencias, y se difunde en poemitas verdaderamente artificiosos y com­plicados, interrumpidos a veces por pode­rosos fragmentos épicos («Sunt lacrimae rerüm», «L’Arc de Triomphe»). El poeta de la naturaleza está animado por un sen­timiento panteísta que, cuando no se disipa en apostrofes raciocinantes, alcanza figura­ciones grandiosas y exquisitas de celebrada factura (así «La vache»; «Dieu est toujours la», con aquel bellísimo cuadro: «Avril», que es una evocación del esplendor de los jardines). Tampoco faltan sugestivas poesías de amor, a veces malogradas por la exagerada solemnidad de su tono; o cuadritos de sabor ya parnasiano, en los cuales compite con Gautier por la deslumbradora precisión de los colores («A Virgile», «A Dürer»). La pieza más significativa de la co­lección es notoriamente el poemita «A Olympio», en que se dibuja un personaje ideal, que es como la hipóstasis de la figura del autor, en fantaseador diálogo que se propone mostrar la universalidad de su sentir, su comunión íntima con todas las cosas.

Pero esta «comunión» nace más bien de la me­ditación, es sentimiento reflejo, inclinado a filosofar, o mejor a fantasear filosofando. Por esto el motivo profundo de los «trozos» de poesía más importantes de Hugo es siempre intelectualista, raciocinante, y le induce a menudo a la vacua declamación, mientras por otra parte esta subestructura racionalista parece indispensable para sus­citar en el poeta sus incomparables dotes estilísticas, despertar en él el don de la imagen colorida, sonora, precisa, impresio­nante, que él poseyó como poquísimos y de que supo valerse con eficacia espectacular. [Trad. de Jacinto Labaila en Obras com­pletas (Valencia, 1888)].

M. Bonfantini

Pocos poetas en el siglo XIX sintieron como él llegar a su alma tan simpáticas e insinuantes las voces de las cosas; poquísi­mos como él en ciertos momentos hicieron eco espontáneo a aquellas) voces y poetiza­ron casi «dictante mundo»… (Panzacchi)

Es triste que la crítica descienda al fondo de la ciencia para no encontrar en ella más que vanidad, y analice el corazón humano para no encontrar más que egoísmo, y com­prenda el mundo para no distinguir en él más que dolor. Oh, yo prefiero la poesía pura, el grito del alma, los arrebatos repentinos y después los profundos suspiros, las voces interiores, los impulsos del cora­zón. A veces daría toda la ciencia de los charlatanes pasados, presentes y futuros, toda la estulta erudición de los espulgado- res, desolladores, filósofos, novelistas, aca­démicos, por dos versos… de Víctor Hugo. (Flaubert)