Las Medallas de Arcilla, Henri de Régnier

[Les Médailles d’argile]. Obra poética del fran­cés Henri de Régnier (1864-1936), publica­da en 1900. Está aquí bien expresada la tendencia a la forma fina y precisa que hizo del autor un feliz epígono del parnasianismo. También la dedicatoria a la me­moria de André Chénier representa la as­piración a una pureza neoclásica que trans­figura todo movimiento pasional en la línea tersa de una evocación. En un preludio el autor imagina que los dioses han hablado: cada uno de ellos simbolizando las fuerzas de la naturaleza, trae una inspiración gen­til. La colección se compone de varias par­tes, como medallas «votivas», «amorosas», «heroicas» y «marinas».

Con una maestría a menudo sorprendente, De Régnier sigue las huellas de Leconte de Lisie y de Hérédia al cincelar un dulce afecto del co­razón («La doble efigie» [«L’effigie dou­ble»]), o un movimiento leve y voluptuoso hasta en la tristeza de amor («La danza» [«La danse»].), o al evocar un tormentoso recuerdo («El Infiel» [«L’Infidèle»]). Esplén­dido es refugiarse en un mundo clásico cantando a un escultor griego («Timandro» [«Timandre»] ) o el mito de Psiquis («El arco» [«L’arc»]), o desarrollando en los «Tres sonetos a Bilitis» [«Trois sonnets pour Bilitis»] la sutil ficción, tan placentera para Pierre Louys, de la muchacha que ofrece amor y pecado y sacia como sólo puede hacerlo la verdadera vida. Son dignas de interés, porque además literariamente reanudan la tradición que fue la de Sannazaro y Rota, algunas odas y églogas ma­rinas llenas de un sentido sabroso de mar y de exuberante naturaleza.

Estas Medallas de arcilla son una continua estilización de los aspectos de la vida, particularmente se­gún reminiscencias clásicas, por lo que son ejemplares las evocaciones de «La ho­guera de Hércules» [«Le búcher d’Hercule»] y de «Elena de Esparta» [«Hélene de Sparte»], tan cinceladas en precisar los porme­nores descriptivos, y al. mismo tiempo tan delicadas en la línea que las encierra como en un relieve o en un camafeo. Otras par­tes de la obra («El árbol del camino» [«L’arbre de la route»], «A través del año» [«À travers l’an»] y «Los viandantes del pa­sado» [«Les passants du passé»]), particularmente admiradas por la delicadeza de las visiones, ora de idilios, ora de tenue elegía, confirman las cualidades del autor en hábil equilibrio de motivos de arte y efusiones sentimentales, pero sin un verdadero drama espiritual y consiguientemente sin un acen­to profundo de poesía.

C. Cordié