Las Etiópicas, Heliodoro

Novela de (hacia el siglo III d. de C.). Es la más extensa de las novelas griegas (diez libros) y la que más completos reúne sus elementos típicos. En Delfos, junto con Caricle, sacerdote de Apolo, vive Cariclea, una bellísima muchacha de origen miste­rioso.

Durante una fiesta, encuentra Cari­clea a un príncipe tésalo, Teágenes, y entre ambos jóvenes nace un súbito amor. Pro­tegidos y acompañados por Calasiris, sa­cerdote egipcio presente en Delfos, Teáge­nes y Cariclea huyen juntos hacia Egipto no sin antes jurarse fe eterna y obligarse a la castidad, hasta el momento en que puedan contraer justas nupcias. Forman la novela las innumerables aventuras que les ocurren a los novios antes de llegar al ma­trimonio. Es increíble la complicación de los casos que se oponen a la reunión de los enamorados, y fatigosa, si bien hábil y cuidada, la trama que desarrolla el nove­lista. Tempestades marinas, asaltos de pira­tas y bandidos, guerras, emboscadas, trai­ciones, astucias, insidias de enamorados, equívocos, reconocimientos, vivos confun­didos con muertos, muertos que hablan, brujerías, obstáculos de todo género, retar­dan continuamente el desenlace.

Al fin, llegan los novios a Etiopía como prisione­ros de guerra, destinados a ser sacrificados en un bárbaro rito. Pero en aquel preciso momento, se descubre que la muchacha es hija del soberano etíope Idaspe y de Persina, y, vencidos los últimos obstáculos, se celebran sus bodas con Teágenes. Como en las demás novelas griegas llegadas has­ta nosotros, en las Etiópicas domina el amor como sentimiento virtuoso y legal, corona­do por el matrimonio, el sentimentalismo amanerado, la distinción clara entre buenos y malos, con el triunfo de los primeros, el excesivo gusto por las peripecias y por lo maravilloso. La psicología es pobre y con­vencional, y los personajes, vistos desde fue­ra, se reducen a marionetas caricaturescas. La exterioridad de las actitudes, los colores espectaculares, el caleidoscopio de las aven­turas, encubren el vacío interior. También el difuso colorido religioso, que se concen­tra en el culto de Apolo-Helios, es un ingrediente más, sin llegar a dar unidad de inspiración al libro.

La vestidura literaria es docta y retórica, vivificada con juegos estilísticos y con las reminiscencias cultu­rales de una civilización vieja y cansada, que da en esta obra sus últimos frutos. Ca­racterística de las Etiópicas, en relación con las otras novelas, es la ordenada arquitec­tura y la claridad con que los elementos más disparatados se reúnen y se expresan. El éxito del libro fue grande no sólo en la Edad Media bizantina, sino también en los tiempos modernos; los imitaron, por ejem­plo, el Tasso al tratar la figura de Clorinda (v.), Cervantes, en los Trabajos de Persiles y Sigismunda (v.). En el siglo XVII fran­cés, Heliodoro gozó de gran favor e influyó en la producción novelesca de la época. [La primera traducción, anónima, proce­dente de la versión francesa de Amyot, se publicó en Amberes, 1554. La segunda, de­rivada de la versión latina cotejada con el griego, es la de Fernando de Mena (Alcalá de Henares, 1587)]

A. Brambilla