Las Bacantes, Eurípides

Tragedia de Eurípides (480-406 a. de C.). Pertenece como la Ifigenia en Aulide (v. Ifigenia) al último año de su vida. Fue escrita cuando el poeta era huésped de Arquelao, rey de Macedonia, y fue representada postuma. La escena se desenvuelve en Tebas, donde todavía vive el viejo rey Cadmo, el cual ha dejado, ya, el poder a su nieto Penteo, hijo de su hija, Agave. Lo sucedido antes del drama es na­rrado en el prólogo por el dios Dioniso. El dios, hijo de Júpiter (v.) y de Semele, otra de las hijas de Cadmo, manifiesta el propó­sito de llevar a Grecia su religión orgiásti­ca y extática, comenzando precisamente por Tebas, la patria de su madre. Hasta ahora ha hecho entrar su furor místico en las mu­jeres de Tebas, entre las cuales se encuen­tra Agave, madre de Penteo, para castigarla por las sospechas que arrojaron sobre Semele, su madre, cuando él nació. ¡Ay de los demás ciudadanos si no lo acogen! Asal­tará la ciudad a la cabeza de la tropa de mujeres que ha traído de Lidia (las Bacan­tes), y la destruirá. Entra el coro de las bacantes y exalta el poder beatificante y terrible del dios, invitando a las tebanas a celebrar las orgías dionisíacas. El dios ha obtenido en Tebas las primeras victorias; el viejo vate Tiresias y después Cadmo, el rey, entran en escena vestidos de bacantes co­ronados de yedra y decididos a subir al monte Citerón para celebrar las orgías de Dioniso.

Los demás ciudadanos resisten, apoyados por el joven rey Penteo, indig­nado contra la desenfrenada licencia del nuevo culto. El propio Penteo intenta im­pedir la participación de los dos ancianos en los misterios báquicos. Dioniso es para él un delincuente charlatán, que se propone corromper la ciudad. Y he aquí un criado que viene a anunciar a Penteo que el ex­tranjero Dioniso ha sido apresado según sus órdenes. El sirviente es fiel a Penteo, pero teme el poder del extranjero, que se revela en su actitud y en los prodigios que le siguen. Aquel hombre joven, rubio, bello, no ha opuesto resistencia a los guardias de Penteo; es más, ha presentado riendo las manos para que se las atasen, y aquella risa ha parecido siniestra por su dulzura, al siervo amedrentado. Después las ataduras que por orden de Penteo habían sido tam­bién puestas al coro de las bacantes, se han desatado por sí mismas, las puertas de la prisión se han abierto y las mujeres han huido. En su agitado diálogo entre Penteo y Dioniso, el dios no revela quien es; dice únicamente que le ha mandado Dioniso para divulgar su culto. Frente a la cre­ciente ira de Penteo, él permanece tran­quilo, sonriente, con su divina sonrisa mis­teriosa. Penteo lo manda llevar de nuevo a la cárcel. El coro censura a Tebas que no quiera acoger al dios que debería serle más amado, por haber nacido de mujer tebana y haber sido bañado cuando era niño, en las aguas de la fuente Dircea.

Y apenas termina el canto resuena, desde el interior del palacio de Penteo, un fuerte grito. Es el dios que llama a las bacantes y anuncia su presen­cia. En una escena lírica de tremenda po­tencia se asiste a la revelación del dios, al comienzo de su victoria y del castigo de Penteo. Tiembla la tierra; se agita la cús­pide del palacio; se oye en el interior es­trépito de ruina; y se forma una llama so­bre la tumba de Semele. Las bacantes caen temblando al suelo. Sale Dioniso pero sin revelar quién es; consuela a las bacantes y cuenta que ha engañado a Penteo. Enlo­quecido por el dios, éste ha creído sujetar con grillos a su prisionero, cuando en rea­lidad ha encadenado un toro. Durante el terremoto y el incendio del palacio, el ex­tranjero ha desaparecido. Cuando Penteo sale del palacio asombrado por la fuga de su prisionero, se lo encuentra delante. En tanto, un pastor, que ha visto a las bacan­tes celebrar en el monte los misterios, dice no haber notado ningún acto indecoroso sino solamente prodigios; mujeres que daban el pecho, para amamantar a los lobez­nos, y golpeando la tierra hacían manar agua de ella, o abrían con los dedos en el suelo fuentes de vino o de leche. Al darse cuenta que eran espiadas por hombres se habían después precipitado sobre los ani­males del rebaño; animadas de fuerza pro­digiosa, los habían despedazado y se habían lanzado por los campos de la llanura, sin que nadie pudiera resistir su furor. Acon­sejan, pues, a Penteo, que se rinda al dios que puede obrar tales prodigios. Penteo está decidido a recurrir a las armas, pero después acepta la invitación del extranjero, que le propone llevarle, antes que intente nada más, a ver a las bacantes en su secreto, sin comprender que aquél es su primer paso hacia su horrendo fin.

Vestido de bacante para no ser reconocido por las mujeres, ya es presa del dios, quien grita a las bacan­tes su triunfo, y ya delira en su locura. Ésta es tal vez la escena más significativa y poderosa de la tragedia. La mísera cria­tura mortal es ya del todo presa y ludi­brio de la divinidad cruel, que juega con ella y la ilusiona, y la halaga, y le prome­te, con siniestra ironía, victoria y alegría. Un canto coral, en cuyos libres y veloces movimientos parece prolongarse en su grito de gozo salvaje por el suplicio seguro e in­minente de Penteo, ya prepara los ánimos para el relato del fin del infeliz, pronun­ciado inmediatamente después por un men­sajero. Al llegar al monte Penteo y el ex­tranjero, éste, doblando prodigiosamente hasta el suelo un abeto, ha hecho subir a él a Penteo y después ha desaparecido. Y de repente se ha oído la voz del dios que lla­maba a las mujeres a vengarse de su ene­migo. En medio del inmenso e improvisto silencio de toda la naturaleza, se repite el grito del dios. Las bacantes corren contra Penteo y, doblando de nuevo el árbol hasta la tierra, se han apoderado de él y le han despedazado. La primera entre todas ha sido su madre, Agave, a la que el desgracia­do, volviendo en sí para mayor tortura, ha reconocido y ha suplicado vanamente. Un breve canto del coro, un himno a Baco, y después entra Agave trayendo en sus bra­zos la cabeza de su hijo que ella cree ser un leoncito apresado. Llama a todas para que tomen parte en su regocijo, y quie­re que también venga su hijo a su lado. El coro de las bacantes se horroriza. El viejo anciano Cadmo intenta hacer comprender a Agave su desdicha. Después, de improviso, la madre vuelve en sí (esto es también cas­tigo del dios; ella ha de padecer toda su pena) y llora su horrenda desgracia. Des­pués del lamento de Agave (que se ha per­dido en la tradición manuscrita) entra Dio­niso en su verdadero aspecto de dios, y revela a todos el significado de su acción.

Ha querido castigar, no sólo a Penteo, sino también a los demás, que sospecharon de su madre o no quisieron reconocerlo en seguida. También Agave y sus hermanas deberán, acto seguido, pagar su culpa con el destierro. Cadmo padecerá todavía dolores, hasta que, transformado en serpiente, ha­llará la paz. Esta tragedia de Eurípides, anciano, es un milagro de arte; tal vez, como pensó Goethe, la más bella de sus tragedias; es compleja y rica en temas y, a un mismo tiempo, unitaria más que cual­quier otra obra suya; está concebida, desde el principio hasta el fin, de un solo impul­so creador y avanza, redonda, sin interrup­ción alguna, hacia escenas inolvidables de horror y piedad. Es la tragedia de la de­bilidad humana frente a una divinidad cruel y misteriosa. Dioniso no era un dios en quien Eurípides, como hombre y pensador, pudiera creer. No hubo ninguna conversión del poeta como durante tanto tiempo se ha dudado y creído. Él permanece favorable a Penteo, esto es, a la razón, contra el bárba­ro misterio. Pero esta vez el poeta tam­bién siente poderosamente (no ya como en otras obras suyas sirviéndose de abstrac­tas posibilidades de pensamiento) la vida y la fuerza de lo que él rechaza: el hechi­zo del éxtasis dionisíaco, en el cual se ol­vida el dolor infinito de la vida; el goce de la comunión con las fuerzas y las bellezas de la naturaleza. Esta vida de los aspectos en contraste, es la razón esencial de la gran­deza de la obra. Y también la razón del lirismo como no ocurre a menudo en Eurí­pides, admirablemente fundido con el des­envolvimiento dramático. [Trad. española de E. de Mier (Madrid, 1909). G. Gómez de la Mata (Valencia, 1923) y A. Tovar (Bue­nos Aires, 1944)]. A. Setti

*    Los misterios báquicos y las figuras de las bacantes entran como todos los asuntos trágicos en una larga tradición literaria que desde Grecia llega al Renacimiento en obras de diversos títulos y formas. Entre las más importantes se recuerdan el Orfeo (v.) de Poliziano y las Bacanales (v.) de Giovanni Pindemonte.

*    Varias veces se ha compuesto música teatral para las Bacantes de Eurípides: en 1922 por Mulé (n. 1885) y el holandés William Pijper (n. 1874); en 1926 por Ernst Toch (n. 1887).

*    Con el título Las Bacantes [Bacchanterna] y dentro de la misma tradición, está el drama del poeta sueco Erik Johan Stagnelius (1793-1823), publicado en 1822. Per­tenece a la última manera del autor, el cual, después de haberse entregado a un roman­ticismo de tipo místico siguiendo las hue­llas de Chateaubriand, se había vuelto hacia un mundo más sensual. El argumento está sacado de la antigua mitología griega, pero toda la obra se rige por símbolos cris­tianos; así Orfeo (v.), el dios que padece y muere sacrificado, no es otro que Jesu­cristo, y todo el drama es el de su pasión. Orfeo, en el Olimpo, ha tenido un sueño extraño; el gran Pan había muerto y en el cielo «las estrellas se habían apagado; no se veía sino una cruz roja que ardía entre las nubes oscuras; todo temblaba, el cetro caía de las manos de Plutón». Ahora él es per­seguido por las bacantes enfurecidas. Refu­giado entre los pastores les pide socorro y que lo escondan; mas uno de los pastores le traiciona, y Orfeo se entrega resignado en manos de sus perseguidores, pero les ruega que le permitan cantar por última vez. Al oír su canto la furia de las bacantes se aplaca y Orfeo se aleja junto con ellas para sacrificar. Finalmente un pastor, como -el mensajero en las tragedias antiguas, cuen­ta su trágico fin. Apenas se había iniciado el sacrificio, cuando un tábano venido del Tártaro, pica a la guía del coro, y las ba­cantes invadidas de nuevo por el furor, ata­can a Orfeo y lo golpean con sus tirsos, abatiéndolo. Pero Orfeo, muerto como Cris­to, como Cristo resucitará entre sus fieles. Así termina esta tragedia que, como dice el poeta en su prefacio, quiere ser un ates­tado de poesía clásica en su eterna antíte­sis con el romanticismo. Pero este retorno a los modelos griegos proclamado por Stagnelius es sólo aparente. El drama es, en realidad, una especie de confesión y, en cuanto tal, netamente romántico; las ba­cantes y Orfeo son la evidente contraposi­ción de la embriaguez de los sentidos y de la sed de ideal que se combatían en el pe­cho del poeta. Ahnfelt