La Visión de Tundal, Anónimo

[Visio Tungdali]. Visión medieval de autor anónimo, de origen irlandés, como el Viaje de San Ba­landrán (v.) y el Purgatorio de San Pa­tricio (v.), publicada por Schade en 1869. Existen antiguas versiones en numerosas lenguas europeas, así como redacciones en italiano vulgar, entre las cuales hay una publicada por Pasquale Villari en Antiguas leyendas y tradiciones que ilustran la Divina Comedia (1865).

Tundal (o Tantolo o Tán­talo) fue un caballero irlandés, vicioso e impío, que vivió en el siglo XII, al que la misericordia divina permitió visitar en espí­ritu el mundo del más allá y volver al cabo de tres días a su cuerpo, aterrado y arrepentido, para distribuir caritativamente todo cuanto poseía y hacerse ermitaño. Es la más tétrica de todas las visiones medie­vales, creada por una fantasía feroz, fecun­da en la invención de los tormentos más refinados, inconsciente del tono grotesco que alcanzan a veces sus imágenes, y bas­tante más afín, por lo tanto, al espíritu de la Babilonia infernal (v.) de Giacomino da Verona que al «Infierno» dantesco. Junto a las penas acostumbradas, se halla, tomado de un mito de origen persa, el estrechísimo puente erizado de clavos, que solamente los justos consiguen atravesar y que Tundal, para expiar el robo de una vaca, debe pasar conduciendo al animal enfurecido.

Bajo el puente una bestia monstruosa que lleva el clásico nombre de Caronte, abre de par en par una boca capaz de acoger 9.000 hombres armados. Otro monstruo con dos patas, dos alas, cuello larguísimo, cabe­za y garras de hierro, reposa en un lago de hielo y vomita llamas, devorando las almas . pecadoras y engendrando feroces serpientes por todas las partes de su cuerpo. Los homi­cidas se fríen sobre parrillas ardientes «co­mo la grasa en la sartén». También Lucifer aparece sobre una enorme parrilla, y para desahogar su dolor, caza con sus cien manos miles de almas y las destroza, como hace el campesino sediento con los racimos de uva; después las esparce a su alrededor como chispas, y de nuevo, atrayéndolas con el aliento, se las lleva a la boca y las devora. Otro tormento, llamado «Vulcano», está constituido por un macabro juego de los demonios que, después de haber fundido y empastado al fuego una masa de almas, se la arrojan de unos a otros ensartándola en sus tridentes.

Como contraste, allí está el Paraíso, donde resplandecen los oros, las gemas, los vestidos, los castillos, los pabellones de oro y púrpura. La feroz fantasía del autor anónimo le lleva a exigir que los condenados pasen junto a la felicidad antes de sumergirse en el eterno tormento para que lo haga más cruel el recuerdo de los esplendores entrevistos.

E. C. Valla