La Venganza de una Mujer, Jules Barbey d’Aurevilly

[La vengeance d’une ferame]. Una de las más características narraciones de Jules Barbey d’Aurevilly (1808-1889) y una de las más bellas del volumen Las diabólicas (v.).

El joven Robert de Tressignies, rico, curioso y despreocupado, persuadido de tener una completa experiencia en lo que a las muje­res se refiere, viene a desengañarse de ello por una singular aventura, ocurrida hacia 1830. Una noche, en París, en los boulevares, deja que se le acerque y que le acom­pañe una mujer en la que no tarda en reco­nocer a una profesional del amor. Sin em­bargo, la dureza de sus modales le deja asombrado; en su casa ve el retrato de un hombre lleno de noble sosiego: un Grande de España indudablemente. Le cuenta que se trata de su marido, y le indica la placa de la puerta, que al entrar pasó inadvertida al joven: «Duquesa de Arcos de Sierra Leona» y, más abajo, una innoble palabra que indi­caba claramente la profesión de la men­cionada mujer.

Sigue la historia: un gran amor la había unido a un joven caballero en su país; el marido había mandado matar a su rival, y luego, subrayando un motivo predilecto de la novelística medieval, había dado a comer su corazón a la mujer. Enton­ces ella había escogido la única venganza que verdaderamente podía afectar a un hombre como el duque: llevaba ya un año en París ejerciendo aquella profesión y a todo el mundo contaba su historia, para que la difundieran lo más posible. El joven, entre tanto, recordó haberla ya conocido en el gran mundo, y no puede dudar de la ver­dad de la aventura, de la cual a nadie se atreve a hablar. De todos modos calla.

Al cabo de un año se entera de que la mujer murió a causa de una atroz enfermedad en el hospital de la Salpêtriére, y quiso la siguiente lápida, que en cierto sentido per­petuaba su venganza: «Ci-gît — Sanzia-Florinda-Conception — de Turre-Cremata — Duchesse d’Arcos de Sierra-Leone — filie repentie — morte a la Salpêtriére le… — Requiescat in pace». En su paradójica extrañeza, en su frenética audacia, esta narración al igual y mejor que la otra a la que se puede acercar, El amor más bello de Don Juan (v.), caracteriza la singular manera del arte de D’Aurevilly, los límites y la naturaleza de su mundo de narrador.

Este desdeñoso e irascible reaccionario, católico y realista, parece obsesionado por la idea de la secreta y continua presencia del de­monio en nuestra vida: las audacias de la literatura contemporánea le hacen sonreír si las compara a lo que nos revela la vida real. Y se complace en descubrir estos trá­gicos y pavorosos errores, con una mali­ciosa sonrisa, en las más altas esferas de la sociedad. Arte limitado, pero de innegable potencia: una especie de alucinado realis­mo. [Trad. española de «La España Moder­na» (Madrid, hacia 1900)].

M. Bonfantini