La Retama o La flor del desierto, Giacomo Leopardi

[La ginestra o il flore del deserto]. Es la última composición poética de Giacomo Leopardi (1798-1837), publicada en la edición pos­tuma de los Cantos (v.), en el año 1845. Si hubiese quedado de Leopardi únicamente este canto, él solo, en una suprema síntesis, podría dar la medida de su arte y de su mente.

Ninguna de sus composiciones en verso o prosa lo muestra tan íntegramente como ésta, que es elevada y fértil, aunque no en todo igual y no en todo poética. El poeta había sentido el reproche de cantar su dolor y no «las necesidades de nuestro siglo»: quiso romper la costumbre, no con una apología de su sistema, como es la Pa­linodia (v.), sino con un canto de alto alien­to social, donde se sintiera la austera moral de su dolorosa concepción; la que persuade a los hombres a ayudarse recíprocamente para llevar mejor esta miserable vida y oponerse de esta manera a la naturaleza enemiga.

Por este origen polémico, a pe­sar de la segura fe de Giacomo Leopardi en los principios que profesaba y el sincero sentido de amistad hacia los hombres, La retama, en la que indecibles movimien­tos poéticos prevalecen sobre todo esquema, se desarrolla sin embargo sobre un razona­miento, como en un discurso dividido en varias partes: preludio descriptivo, motivo para el paso a consideraciones filosóficas con el apostrofe contra el siglo ingrato y vil; corrección de la filosofía optimista con la sentencia de la infelicidad universal gra­cias a la naturaleza: los hombres, por con­siguiente, han de considerarse aliados en la guerra común contra la enemiga, madre por parto, pero por su voluntad madrastra, que se divierte con la pequeñez humana; ejemplo de ello, las ruinas de Pompeya en la erupción que la sepultó, con el retorno al mismo motivo del preludio, como pero­ración final. El razonamiento es muy falaz, ya que en un sistema materialista como es fatalmente el leopardiano (desmentido en cada instante por el vivo sentimiento del poeta), también la llamada lucha contra la naturaleza es un movimiento de natura­leza y casi la burla y la extrema diversión de la enemiga.

Pero el poeta dice que cuando el vulgo se dé cuenta de la infeli­cidad humana, la unión de los hombres en el recíproco amor tendrá otra y segura base que no las «soberbias patrañas»; y, una vez más, el que consideró las ilusiones como un amado engaño contra la hórrida verdad, asume precisamente él la tarea de quitar a los hombres toda ilusión, soberbia o hu­milde, y enseñarles, sin caridad alguna, el rostro de la verdad. Pero aquel rostro, afor­tunadamente, también era un embuste, no menos soberbio que el de los optimistas; y ya era el primero en contradecirlo el mismo Leopardi en su canto, donde la infelicidad del mundo era asumida como materia de una no caduca poesía.

Y en cuanto se sale del razonamiento, en el que parece continuarse la Palinodia, he aquí que a mitad del canto la inspiración más profunda, del volcán y de la flexible retama, irrumpe co­mo una imprevista ternura, demasiado lar­gamente contenida, y dice palabras de so­brehumana belleza. La sabiduría técnica del poeta pasa aquí por una prueba muy seve­ra, y aun la parte menos poéticamente feliz está trabajada con aquel sentido de inmi­nente poesía que por entonces se anuncia en los detalles.

F. Flora

Ahora ya no soporto más que a poetas que por lo menos tengan algún que otro pensamiento, como Píndaro y Leopardi. (Nietzsche)

La retama es la más solemne queja que se ha llorado sobre la fatal miseria del mundo, pero también es una poderosa y fa­tídica llamada a la solidaridad del trabajo humano: llamada tan fiera y fraternal que sólo podía ser levantada en este siglo XIX, quiero decir, antes que este siglo XIX, que se abrió teniendo en la frente el fulgor de las ideas humanas y de la luz, se hundiese a su fin en la tiniebla de los hechos bru­tales. (Carducci)