Novela de doña Emilia Pardo Bazán (1851-1921), publicada en dos tomos en 1887. Es la segunda parte de Los pazos de Ulloa.
En ella, las almas y los cuerpos de dos hermanos — que ignoran que lo son — se unen «por el vínculo de un amor incestuoso, nacido de la fatalidad imperativa, sexual y fisiológica, centrado por la convivencia y la atracción recíproca del temperamento y consumado al impulso de las circunstancias, entre los acariciadores brazos de la Naturaleza y los mórbidos atractivos de una vegetación lasciva y exuberante». Comienza la novela con una lluvia estival violentísima de la cual se protegen Perucho y Manolita, primero bajo un patriarcal castaño y luego en una gruta tapizada de he- lecho y escolopendras, adonde llegan protegiéndose con la arremangada falda de ella; la tierna confianza comienza ya a afectarse del recelo e inquietud de la adolescencia que va sustituyendo a la convivencia infantil.
El viejo clima pagano de Galicia— mezcla de ancestrales supersticiones, bárbaros hábitos, y la más ingenua práctica religiosa — queda magistralmente reflejado en la obra. Entre unas gentes atentas solamente a primitivas satisfacciones, que dejan ajena toda ingerencia de persistentes virtudes, se desarrolla la vida de estos muchachos, Perucho (hijo bastardo del marqués de Ulloa y una moza de su servicio, Sabel, hija a su vez del mayordomo Primitivo, tipo falaz que encuentra muerte dura por traicionar a su amo en unas elecciones políticas), y Manolita (la hija legítima del marqués con su desventurada esposa, muerta prematuramente y no sólo por culpa de la tuberculosis). La libertad salvaje en que se crían, maravillosamente descrita, con lujo de estilo opulento, les permite entregarse a su instinto; que si bien es verdad que les lleva a amarse con ciega entrega ignorante de los lazos de sangre que les unen, lo hace por un camino lógico y natural. La llegada del tío Gabriel, hermano de la madre de Manolita, que con demasiado retraso se acuerda de su sobrina y con un inútil enternecimiento tardío intenta casarse con ella, para rescatarla del ambiente rural y aplacar la propia necesidad de ternura familiar que él sufre desde que perdió a su hermana predilecta, Nucha, la madre de Manolita, precipita el desenlace.
Por celos, Perucho arrastra a Manolita más lejos del caserón paterno que de costumbre, y en un rapto de juvenil entusiasmo y de dulce abandono femenino, la posee… Inquieto Gabriel por la tardanza de los chicos, al ver, por fin, a Perucho por la noche, le desafía y riñe con él, llegando a las manos. La verdad fluye entonces de labios del tío de la niña, y al oírla Perucho y comprobarla, enloquecido, por boca de su padre el marqués de Ulloa, de que él y su amada son hermanos bastardos, desesperado y ciego de dolor, huye. Manolita enferma, el marqués también. Y todo lo más que se consigue, incluso con la intervención del venerable sacerdote don Julián, que tanto ha conocido y amado a la triste madre de Manolita, es que ésta (que renuncia a la boda que su tío le ofrece y que se celebraría a pesar de todo) diga que se irá a un convento, pero que vuelva Perucho al lado del marqués «para que así todo esté mejor». Gabriel, yéndose a cumplir el encargo de su sobrina de devolver al apasionado y hermoso mancebo al solar paterno, y contemplando el paisaje que se va rezagando en una belleza de gloria, reprocha a la Naturaleza su condición tremenda, no de madre, sino de madrastra. Novela rica, de pensamiento profundo y lenguaje óptimo, con perfecto conocimiento de las criaturas y de las cosas gallegas, en que la autora hace gala de su gran cultura y de su sentido crítico extraordinario.
C. Conde

