[Das ewige Licht]. Novela de Peter Rosegger (1843-1918), publicada en 1894 en la revista «Heimgarten» bajo la forma de «memorias y confidencias de un párroco de montaña». Un sacerdote acusado de modernismo es enviado por su obispo a una pequeña parroquia alpina, para frenar su inoportuno deseo de reformas. Acepta con resignación aquel destierro en Santa María de Torwald, con el propósito de elevar el alma de sus feligreses por encima de la materia, enseñándoles el amor mediante el amor. Se multiplican los obstáculos que impiden su acción. Sus aliados mueren, como Simón Eschgartner, o desertan, como Kornstock, el maestro de escuela, maniático compositor de música.
Rolf, su discípulo preferido, se aleja de él para vivir en inquietante exaltación la imagen que él se ha creado del cristianismo primitivo. Luciano Stelzenbacher, el pequeño montañés enviado al seminario para hacer de él un buen sacerdote, fracasa, se convierte en agitador socialista y sólo se arrepiente cuando advierte que ha desencadenado el mal; Otilia, la querida muchacha educada por caridad en su parroquia, se va de su lado para casarse con el filantrópico hijo del gran industrial esquilmador del país. Pero, sobre todo, la masa se le vuelve hostil: Torwald es lentamente presa de los males de la ciudad. Sus bellezas naturales atraen y retienen a caravanas de frívolos ciudadanos que llevan las necesidades, las pasiones, la fiebre, al valle. Convertido en estación alpinista, el país se transforma en centro industrial, cuando una circunstancia fortuita hace descubrir las riquezas del subsuelo. Una población obrera emigrada puebla las fábricas y abre hospederías donde antes había granjas.
El párroco deja caer la pluma en el momento en que la revuelta se agita en torno a la grandiosa quinta que el especulador sin escrúpulos, el señor von Yark, artífice de todas aquellas funestas novedades, se ha construido. La muerte le sorprende una noche, mientras deambula por las montañas con la linterna en la mano, buscando las setecientas almas que Dios le había confiado y que él se reprocha no haber podido mantener en el buen camino. Y con un acto de fe: «El amor es la luz eterna» termina el libro.
A. Bernard

