[Das Schweisstuch der Verónica]. Novela de la escritora alemana Gertrud von Le Fort (n. en 1876), publicada en 1928. Como los Himnos a la Iglesia (v.) también esta obra es un documento del esfuerzo interior que ha conducido el espíritu de la autora a encontrar la paz en la Iglesia católica.
Roma, con sus monumentos cristianos y paganos, es el fondo del argumento que se desarrolla en la época precedente a la guerra de 1914. En un antiguo palacio entre el Panteón y Santa Maria sopra Minerva, vive una anciana y culta dama alemana que ha convertido su casa en el centro de la mejor sociedad internacional. En contraste con ella, que ama y admira la Roma de los tiempos antiguos, su hija Edelgart, de complicada psicología, es hostil al mundo de la belleza pagana y, católica fanática en sus formas exteriores, retarda el trance de la conversión definitiva, proyectando sobre los demás la sombra de su turbación interior. Su novio, a cuyo amor ella no ha sabido corresponder, desilusionado, se casa, casi para vengarse, con su hermana, la cual, unos pocos años después de su matrimonio, enamorada de su marido, no puede soportar su frialdad y se suicida dejando una niña, Verónica» que según su deseo deberá ser educada por Edelgart.
El marido, desconsolado por aquella muerte de la que se siente culpable, no osa oponerse a la última voluntad de la esposa, pero pone como condición que Verónica no reciba educación religiosa. Así la niña crece junto a la abuela a quien ama tiernamente, a su tía, para ella incomprensible y extraña, y a la institutriz Jeannette, suave criatura profundamente religiosa. Ya muchacha, Verónica conoce a un joven poeta, hijo de un amigo de infancia de su abuela, egoísta, despreocupado y genial. Con él visita las bellezas de Roma. Cuando Verónica, el día de Viernes Santo, en la iglesia de San Pedro, iluminada por la gracia, se arrodilla y ora, él la envidia y casi la odia porque no sabe adorar humildemente aquello que desearía en su interior. El poema que escribe antes de que el paludismo le obligue a dejar la ciudad está impregnado de este sentimiento.
La abuela, en cuanto intuye y prevé la conversión de Verónica, temiendo para ella la suerte de su tía, le recomienda antes de morir no «hacer nada a medias». La conversión de Verónica aumenta la turbación de Edelgart, que casi enloquece; en un acceso de locura intenta golpear a su sobrina con un pesado crucifijo, pero se golpea ella misma. Durante la noche vuelve en sí, llama a un sacerdote y reconociendo su propia culpa, su falta de amor hacia Dios y hacia los hombres, se entrega a la gracia redentora. Después de su muerte, Verónica es reclamada desde Alemania por su tutor (el padre ha muerto en una expedición) y de mala gana abandona ella Roma, pero el sacerdote que la ha bautizado la consuela diciéndole que «Roma está en todas partes, que Roma es eterna, como es eterno Cristo, su rey». Y con el nombre de Roma, síntesis de los más altos valores del paganismo y del cristianismo, se cierra el libro, que es un gran homenaje de comprensión y devoción hacia la Ciudad Eterna. [Trad. de Valentín García Yebra (Madrid. 1944)].
E. Rosenfeld

