El Solterón, Adalbert Stifter

[Der Hagelstolz]. Narra­ción del escritor austríaco Adalbert Stifter (1805-1868), publicada en 1815 en su serie de Estudios (v.). Un joven, Víctor, perdió en su infancia a la madre y hubo de que­dar confiado a la madrastra, viuda que ya había tenido una hija de su primer mari­do. Pronto muere también el padre, pero la madrastra educa a Víctor junto a su hija Hanna, como si fueran dos hermanos. Hasta que un día, llegado a la mayoría de edad, el joven debe separarse de los suyos y mar­char a ocupar un empleo, no sin pasar por casa de un viejo tío, que desde ahora se convierte en el verdadero protagonista del relato. Víctor inicia su viaje, abandonan­do con dolor su tierra, aquella mujer que ha sido una verdadera madre y Hanna, a la que quiere más que a una hermana. Des­pués de tres días de viaje, lo alcanza, ago­tado, su fiel perro.

Parece un detalle sin importancia; pero, sin embargo, constituye una de aquellas sutiles pinceladas con que Stifter acierta a dar un creciente sentido de humanidad a la vida. En casa del tío solterón halla Víctor una extraña aco­gida: el viejo se diría que se ha refugiado en un reducto y, súbitamente, aunque sin éxito alguno, pretende que el joven ahogue al perro, antes de entrar en su morada. Luego le da a conocer su vida regular y monótona y le hace saber que no podrá marchar sino en un día señalado. Encerra­do en aquella especie de prisión, es na­tural que Víctor suspire esperando que llegue el momento en que pueda marcharse, aun cuando comienza a observar cómo se van dulcificando las maneras de su car­celero; y el día antes de la partida, el extraño tío, casi con rabia, acaba revelándole su verdadera naturaleza. En silencio, sin que nadie lo sospeche, ha logrado arrancar su posesión a los acreedores del padre de Víctor y lo ha destinado al so­brino; el aislamiento de la vida monótona que arrastra no es sino una consecuencia de su estado de solterón; aconseja enton­ces al joven que se case a tiempo, no sin haberle revelado antes que él amó ardien­temente a su madrastra y que aquella exis­tencia gris, envuelta en la desconfianza, es el resultado de un amor truncado, de una fe burlada.

El fin se imagina fácilmente: Víctor regresa a su tierra y se casa con Hanna. El asunto, como acontece casi siem­pre en los cuentos de Stifter, no deja sen­tir esa íntima vibración poética con que el autor sabe animar su relato. La partida y el retomo de Víctor a los suyos están descritos con un calor y una sencillez ma­gistrales. Todavía está más logrado el en­cuentro de Víctor, joven, ingenuo, gene­roso y abierto a toda belleza y a todo sen­timiento noble, con el viejo desilusionado y encerrado en sí mismo, desconfiado de todos y sin embargo tan resignadamente desesperanzado en su soledad. En ciertos momentos, el realismo de la acción está en­cuadrado por una luz tan poética y huma­na, que se tiene verdaderamente la sensa­ción de una ión; tan feliz es la fusión de los elementos inventivos y es­tilísticos.

R. Paoli