El Retablo de Maese Pedro, Manuel de Falla

Adaptación musical y escénica de un co­nocido episodio de Don Quijote (2.a parte, v.), compuesta en 1920 por Manuel de Falla (1876-1946) y estrenada en Sevilla en 1923.

En el corral de una venta de la Mancha, el titiritero Maese Pedro ha levantado su teatrillo para representar la liberación de Melisendra, esposa de don Gaiferos, pri­sionera del rey moro Marsilio (v.) en un castillo de Zaragoza. Entre la muchedumbre de espectadores está don Quijote (v.) con Sancho (v.). Una voz juvenil va refiriendo los varios episodios de la historia, que uno tras otro se representan en el retablo. He aquí la corte de Carlomagno (v.), y la de­cisión de don Gaiferos de acudir en auxilio de Melisendra; aparece el Alcázar de Zaragoza, donde se ve a Melisendra esperar la llegada del libertador; entretanto, don Gaiferos cabalga en dirección a Zaragoza y llega por fin al pie de la torre; Meli­sendra reconoce a su esposo, se descuelga de la torre, monta a caballo con don Gai­feros y huye con él. Pero se da la alarma en el castillo; Marsilio reúne entonces a sus soldados para lanzarse en persecución de los fugitivos.

En este momento, en la imaginación de don Quijote — que había seguido el espectáculo con atención cada vez más intensa y nerviosa —, ficción y rea­lidad se confunden. Salta de su asiento con la espada desenvainada y se arroja sobre el retablo gritando: «¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en batalla!» Y comienzan a llover mandobles de su espada sobre los muñecos, que quedan hechos pedazos. Mae­se Pedro, espantado y desesperado, presen­cia impotente aquella furia. El espectáculo termina con un elogio de don Quijote a la caballería andante. El Retablo es una de las joyas de la música moderna: reali­zado con arreglo a los cánones de una ins­piración purísima, para un conjunto ins­trumental de cámara, puede considerarse como la obra más señera de Manuel de Falla.

La partitura se mantiene en el plano de una perfectísima y finísima caracteriza­ción musical para títeres hasta la última es­cena; cuando interviene don Quijote con su trágica locura, súbitamente se expande en notas de humana compasión. Es un mundo que hasta aquel momento vemos a través de un anteojo invertido, que reduce sus proporciones, y súbitamente las propor­ciones de los sentimientos vuelven a ser normales y la figura de don Quijote cam­pea trágica y compasiva, en su eterna hu­manidad.