Drama en prosa, en cuatro actos, del escritor español José Echegaray (1832-1916), representado en 1900.
Fuensanta, viuda rica y joven, de salud delicada, vive constantemente rodeada de parientes que esperan la herencia. Gabriel, un abogado inteligente, ama a Fuensanta, y aspira a casarse con ella. Para enriquecerse y poder así realizar su sueño, se va a América. Cuando vuelve rico, todos, a excepción de su novia, creen notar en él síntomas de locura. Y como la proyectada boda de Gabriel y Fuensanta constituye un grave obstáculo para la soñada herencia, los parientes deciden abrir los ojos a la joven viuda; su futuro esposo está afectado de una extraña forma de locura que le hace creerse Dios, creador y señor, de todas las cosas. A pesar de todo, la boda se celebra; pero la locura de Gabriel se hace evidente cuando quiere matar a don Baltasar, uno de los parientes de Fuensanta, al que el loco cree encarnación de Lucifer. Denuncian la locura a las autoridades, y Fuensanta se apresta a huir con su marido cuando llegan los enfermeros que se lo deben llevar.
Gabriel, aprovechando la confusión, incendia la casa, y con la esposa en brazos, lanza una tremenda maldición contra los parientes. Es un drama simbólico del segundo período de Echegaray. En el primer período, que ocupa el último cuarto de siglo XIX, el escritor aparece como neorromántico. Escribe dramas en verso, llenos de cárceles horrendas, castillos, cadenas e hijos ilegítimos. En 1881 escribió la obra considerada como la mejor del período: El Gran Galeoto (v.), sátira social. La lectura de los grandes dramaturgos alemanes y escandinavos, Sudermann, Strindberg, Ibsen y especialmente Bjornson, lo llevó hacia el drama simbólico, cuyo ejemplo más logrado es El hijo de don Juan (v.) y El Loco Dios. En este drama, la indudable locura de Gabriel significa la grandeza de los nobles propósitos que viene a ser sofocada por el complejo de mezquinos egoísmos, representado por los parientes de Fuensanta como fuerzas del mal. La obra, al modo de Echegaray, abunda en efectos escénicos, el más notable de los cuales es el incendio final. La prosa es vibrante, aunque alejada de toda naturalidad.
N. González-Ruiz

