Los garibaldinos han desembarcado en Sicilia. Hay agitación en la isla: entre la nobleza corren presentimientos de ruina, la burguesía intrigante se dispone a apropiarse de sus despojos. Don Fabrizio, el príncipe de Salina, espera la ruina de su clase y de su familia sin reaccionar: a pesar de no amar lo nuevo, es consciente de que lo viejo no puede sobrevivir y no siente deseo alguno de mover un dedo por salvarlo. Es más, en su corazón aprueba a su sobrino Tancredi, un joven desprejuiciado que está convencido de que «para que todo permanezca igual es preciso que todo cambie».
Permite que se una en matrimonio con la hija de un astuto nuevo rico, don Calogero Sedara: Tancredi es pobre y para seguir perteneciendo al bando de los dominadores precisa de una crecida dote. Pero en cuanto a él, don Fabrizio, la cuestión es distinta: al enviado de Turín que llega para ofrecerle un sillón en el senado don Fabrizio le responde proponiendo en su lugar a don Calogero Sedara. Desencantado de todo, no espera más que la muerte. Su linaje no lo sobrevivirá por mucho tiempo.

