El dodecálogo del gitano, Kostis Palamás

Poemita polimétrico en doce cantos, compuesto en 1907 por (1859-1943), el mayor poeta de la Grecia moderna. Se trata de una leyenda epicolírica, inspirada en la historia de los gitanos, desde su primera aparición en Tracia, anterior a la caída de Constantinopla (1453). Los gitanos llegan frente a Constantinopla, presentada en su máximo esplendor y en su fatal decadencia, y uno de ellos, el Elegido, exalta líricamente la vida libre de su estirpe. En medio de la incomprensión general, le anima la fiebre creadora, para el triunfo de la Belleza sobre la Necesidad. Pero cansado, lleno de des­confianza, en vano pide el secreto y la fuer­za de la vida al amor y a la fe.

En tanto que los sabios, arrojados de Constantinopla por la irrupción de las hordas turcas, lle­van la civilización al occidente, arrojando las semillas fecundas del Renacimiento, él condena el error común a cristianos y poli­teístas, que quieren resucitar la gloria del pasado, y se queda esperando una nueva era. Los gitanos, entre tanto, celebran su pintoresca fiesta del 1.° de mayo y un en­viado del emperador de Bizancio, que viene al campamento, les propone cambiar de vida e ir a establecerse en las ruinas de la antigua Esparta; pero el Gitano, consciente de la misión de su pueblo, rehúsa por todos y la fiesta continua desenfrenada. El cantor entra en Constantinopla, mientras se ave­cinan los turcos victoriosos y un profeta predice a la muchedumbre la ruina del im­perio y el triunfo del futuro helenismo.

Entonces, el Elegido comprende que todo es en vano, hasta el ideal de Patria, y no sabe dónde dirigirse. Encontrando por ca­sualidad, dentro de una gruta, el violín de un santo ermitaño, se entrega a la música; y la armonía de la música, incomprendida to­davía por los hombres, pero entendida y se­guida por los niños, presagios y heraldos del porvenir, animándole, le hace olvidar el pasado y le impulsa hacia nueva vida. En­tonces, habiéndose despertado de sus an­tiguos sueños el Amor, la Patria, los Dioses, vuelve a Tracia, donde la naturaleza le in­vita a cantar la verdad y el resurgir de un nuevo Olimpo, iluminado por la Ciencia. El poemita, que abunda en motivos simbólicos, se dirige por fin a una mujer, imagen, acaso, de la Patria, a la que el poeta confiesa su falta de fe, ya que no ve la manera de que surja y actúe el Hombre, el Fuerte, capaz de dirigir y de regentar a su pueblo.

C. Brighenti