[Bygmester Solness]. Drama del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), escrito en 1892. Halvard Solness, constructor de mucho renombre, vive obsesionado por el temor de que le aventajen los jóvenes. Pero la juventud se le presenta de otro modo: para dar y no para pedir. Hilde Wangel, la joven hija del doctor Wangel de la Dama del mar (v.), llega para recordarle una promesa que él hizo diez años antes. Solness, que en principio casi no la reconoce, la escucha entre divertido e intrigado; pero acaba turbándose y exaltándose escuchando la evocación de las vicisitudes de aquel día lejano. Había construido, en el pueblo de Hilde, una alta torre y, según las costumbres, había subido a la terraza para colgar la corona inaugural. Verle solo, a aquella altura, impresionó profundamente el alma de Hilde, entonces niña. Después de la ceremonia Solness se fue a una velada organizada en honor suyo y en una habitación encontró a la niña; se detuvo para mirarla, le dijo que cuando llegara a ser mayor, él la elegiría como su princesa y le regalaría un reino. Luego —dice ahora Hilde— la besó unas cuantas veces.
Solness ya no se acuerda si en realidad la besó, o si sólo deseó besarla, pero admite haberla besado, pues en su interior, ya desde hace bastante tiempo, actos, pensamientos y deseos se confunden de una manera muy rara, hasta parecerle todos igualmente reales. Hilde se considera dueña del reino que le prometieron, pues siente que ya ha entrado en la vida y en el corazón del hombre. Solness se le confiesa enteramente. Está obsesionado por el pensamiento que los jóvenes lleguen a tomar su puesto, en expiación de una antigua culpa suya. Su fortuna de constructor empezó el día en que un incendio destruyó la casa materna de su mujer, causando la muerte de sus dos hijos. Él había deseado aquel incendio para poder construir una casa nueva en lugar de la vieja, y no había arreglado una hendidura del tubo de la chimenea precisamente porque esperaba que de allí entrara, con las llamas, su fortuna. El incendio no fue causado por la hendidura aquella, pero esto, según Solness, no disminuye su responsabilidad. Le parece haber conquistado la fortuna a cambio de la vida de sus hijos, es decir, lo mejor de sí mismo.
Para poder construir cómodos hogares, él tuvo que renunciar al suyo; su posición de artista fue pagada con su felicidad y la de su mujer. Esta pena aparece a la vista de su esposa — mujer envejecida precozmente y que piensa sólo en cumplir con sus deberes — como una señal de enfermedad. Pero Hilde comprende mejor la verdadera naturaleza de aquel supuesto mal: es conciencia excesivamente delicada, incapaz de soportar el menor peso. Haría falta tener una conciencia sana y fuerte, como la de los vikingos de las Sagas, aventureros, saqueadores, incendiarios, raptores de mujeres, y siempre alegres como niños. Pero una conciencia así no la tiene tampoco la salvaje Hilde, la que, tan sólo vislumbrando el alma apenada de la mujer de Solness, ya duda de su derecho a alargar la mano para recoger la fortuna y la felicidad. Sólo si se realizara lo imposible podrían ellos olvidar los vínculos y las reservas morales, elevándose a un clima donde su felicidad sería completa. Y Hilde exige que Solness realice lo imposible: que suba, él que ahora sufre de vértigos, a la terraza de su nueva casa para colgar la corona inaugural. El viejo constructor se exalta con esta idea: subirá a la torre y de allí dirá al Todopoderoso que dejará de construir casas para los hombres, para poder alzar solamente el castillo para su princesa, es decir, por fin, el castillo de su felicidad.
Sube, por lo tanto, a la terraza de la torre, y, en cuanto cuelga la corona, se precipita abajo. «Pero tocó la cumbre — grita Hilde, triunfante y turbada — y oí sones de arpa en el aire». El constructor Solness es el drama en que Ibsen más abiertamente se confesó. La correspondencia de su trama con la vida espiritual del autor es tan inmediata y transparente que a veces parece escucharse un afligido monólogo del poeta. Solness es uno de los personajes más conseguidos de Ibsen, y su mujer y Hilde son dos de las más hermosas figuras femeninas de su teatro. En la obra de la madurez del dramaturgo noruego, El constructor Solness resalta por otro motivo. Aquí, por primera vez, a la confesión de la culpa no se sigue la expiación, sino la tentativa de renacer en un clima donde no haya ni siquiera el conocimiento de la culpa. Tentativa alocada que surge de una duda que parece arrollar hasta la legitimidad de la misma conciencia moral. Ello nos ofrece otra prueba del sustancial lirismo de la obra ibseniana, en la que se reflejan también los más leves movimientos de una existencia que fue fatigosa hasta sus últimos años. [Trad. de José Pérez Bances, en Dramas, tomo I (Madrid, 1915) y de Pedro Pellicena Camacho, en Teatro completo, tomo XIV (Madrid, 1922)].
G. Lanza

