Diarios de Goethe, Wolfgang Goethe

[Tagebücher]. Los diarios co­mienzan el 15 de junio de 1775, durante el viaje de Goethe a Suiza, y terminan el 16 de marzo de 1832, seis días antes de su muerte. Comprenden 16 volúmenes — pero los tres últimos son de índices — en la gran edición de Weimar (1887-1919). La in­terrupción más larga es la del 1783-1785. Las anotaciones, durante los veinte prime­ros años, son generalmente sumarias, rara­mente interrumpidas aquí y allá por algu­nas observaciones meditativo retrospectivas, por algunas explicaciones imprevistas de pensamientos geniales, de algo súbito, casi un impresionista relámpago de imágenes poéticas. Detalladas v amplias sólo son las notas del viaje a Italia en 1786-87 (que se completan con los Fragmentos de un dia­rio de viaje durante 1788-89, con los que las ha reunido Erich Schmidt en Schriften der Goethe Gesellschaft — volumen II, 1886) y las del viaje a Suiza en 1797.

A partir de 1798 — y con los años de modo cada vez más marcado — los diarios adquieren su carácter definitivo: no son ya efusiones del corazón, confidencias que un alma se hace a sí misma, son registros objetivos de tra­bajos hechos, de visitas recibidas, de cosas vistas o pensadas en el curso de la jornada. Son sistemáticos, regulares, puntuales. El 16 de marzo de 1832, el gran anciano, ya enfermo de muerte, después de haber dic­tado al fiel John las palabras: «todo el día he leído porque no estoy bien», hacía todavía añadir en su Diario, por anticipa­do, ya desde aquel momento, el nombre del día siguiente: «Sábado».

Son los diarios algo fuera de las fluctuaciones de momentáneos estados de ánimo; tienen la meticulosidad de un «balance de empresa», constituyen el «libro mayor de los acontecimientos de la vida», preciso, minucioso, exacto. ¡Y cómo los apreciaba Goethe, precisamente por esto! Los apreciaba tanto que aconsejaba a sus amigos — y exigía de los que de­pendían de él— que hiciesen otro tanto; decía que solamente así — con estas diarias «reseñas por escrito»— el hombre se habi­túa a mirarse a sí mismo frente a frente, y de ese modo «atesora» todo lo que ha visto, lo que ha pensado, lo que ha hecho y lo «convierte en una fuerza para hacerse cada día mejor».

Él concebía la vida como un proceso gradual y continuo de crecimien­to y desenvolvimiento y no sólo condenaba todo lo que a esto puede servir de obs­táculo, sino también todo lo que directa­mente no sirve de impulso, de estímulo; aseguraba que la vida tiene para el hombre demasiado valor para que éste pueda permitirse el desperdicio de las propias fuer­zas. La elevación de la mente, la vastedad de la experiencia y la profunda compren­sión de la naturaleza humana, le colocaban por encima de todo peligro de querer pres­cribir su curso a la vida libre e incalcula­ble. Nadie mejor que él sabía cuán infinitas son las vías interiores de acrecentamiento de un alma, pero consideraba el primer de­ber del hombre el de «gobernar su propia vida», de modo que se pudiera tener motivo para una educación y continua formación de sí mismo. En su laconismo, en su tono seco y enunciativo, los Diarios son preci­samente la expresión —y al propio tiempo el instrumento — de una tal vida conscien­temente constructiva de sí misma.

Son re­cuerdos — antes de que el recuerdo se ex­tinga; documentos — a fin de que lo pasado no se desvanezca sin dejar huellas. Es el hombre «haciendo inventario» de su exis­tencia. Desde este punto de vista, se com­prende que las noticias más dispares pudie­ran ser anotadas, por Goethe, en los Dia­rios, sin clasificar, alineadas las unas al lado de las otras, sin otro orden que el de la sucesión en las horas de la jomada. Así, por ejemplo, el 2 de octubre de 1808, se lee sobre su encuentro con Napoleón — indi­cado sólo con las palabras: Au lever.

Después con el emperador»; o bien, en la fecha 19 de octubre de 1806, se lee a pro­pósito de la celebración de su matrimonio con Christiane — indicado con una sola palabra: «Traduung» (matrimonio); ¡y los dos acontecimientos — anotados «en passant» en medio de una multitud de cosas extra­ñas — no tienen mayor relieve que si se tratase de la visita número mil del buen Riemer o de la centésima invitación a Eckermann para que fuese a comer! Dado el modo de ser de los Diarios, todo esto es lógico y coherente, pues el fin de los diarios es ofrecer a través de los hechos y de las co­sas una «summa de lo que ha ocurrido», no de narrar la historia de ello, ni de estable­cer perspectivas. No toda la vida está hecha de «grandes cosas», y los diarios la regis­tran tal como es.

Sin embargo, alguna vez no se puede por menos de quedar sorpren­dido, como cuando se llega a la página que habla de la muerte de Christiane: — «6 junio de 1816. He dormido bien y me siento mucho mejor. Próximo fin de mi mu­jer. Una terrible lucha de su naturaleza. Murió hacia mediodía. Vacío y silencio de muerte en mí y en torno a mí. Llegada y entrada solemne de la princesa Ida y del príncipe Bernardo. El consejero áulico Meyer. Riemer. Por la noche brillante ilumi­nación de la ciudad. A las doce de la no­che fue transportada mi mujer a la cámara mortuoria. Yo me he quedado todo el día en cama».

Indudablemente, entre el «sueño» inicial y el último «quedarse en cama» de Goethe enfermo, el paso — con el duro y violento salto — contraste de sus notas — no carece de un egregio vigor evocativo; y la visión de aquella «casa de la Muerte» en medio de la ciudad iluminada y en fiestas, es cosa que difícilmente se olvida; pero el sentimiento humano de quien lee, se pone a dura prueba en aquellas «fiestas de la vida» mezcladas con tanta impasibilidad al «misterio de la muerte» ¡sobre todo cuando quien escribe habla de la muerte de su mujer! Precisamente en esta objeti­vidad imperturbada e imperturbable se pue­de captar un reflejo viviente del espíritu de Goethe, en el que el sentimiento de la vida universal — infinita y eterna — era de tal modo inmanente, de tal modo domi­nante, que, respecto a él, hasta los más grandes acontecimientos de la historia, has­ta las más profundas emociones personales, se convertían en no más que «un contin­gente» que ocurre en medio de todos los que constituyen la realidad.

Él era el hom­bre que en la Campaña de Francia (v.), narrando que había estado presente el 20 de septiembre de 1792 en Valmy, cuenta que por la noche, después del combate, estaban todos cansados, llenos de barro, hambrientos, y como el rancho no llegaba nunca, comenzaron a conversar y entonces él observó que «aquel día y en aquel lugar, comenzaba para el mundo una nueva histo­ria»; luego llegó el rancho, se sentaron al borde de un foso y comieron. Todos los detalles están colocados en el mismo pla­no: — la «nueva historia del mundo», el cansancio de los hombres sucios, debilita­dos, agotados, su avidez por la comida. Tam­bién el Diario registra sencillamente, cal­mosamente: «Marcha hasta el camino. Cañoneo. Noche de cielo descubierto. Mal tiempo».

En lo tocante al estudio de la na­turaleza, él había aprendido a reconocer que todas las cosas — hasta las más humildes — tienen su importancia en la economía ge­neral de la vida, porque tienen «una fun­ción propia», «un lugar suyo»; y hasta para el hombre — en cualquier plano de su existencia — éste le parecía el primero en­tre todos los valores: «proponerse una tarea adecuada a las propias fuerzas, estar en su lugar». Por lo tanto, en este caso, vivir quería decir, para el hombre, estar en ar­monía con el mundo y consigo mismo; por lo tanto, en este caso, la vida conservaba su espontaneidad ; más todavía : conservaba lo que era «la cualidad goethiana por ex­celencia»: la naturaleza.

En realidad, nunca existió ningún gran hombre que haya esta­do tan libre de toda sobreexcitación, de toda exaltación y de todo lo desmesurado como Goethe, tal como se fue formando después de su llegada a Weimar. Precisa­mente por eso, su poesía es capaz de todas las tonalidades — en el cielo, en la boca de los ángeles, al lado de Dios, y en la tie­rra, en boca de los estudiantes, en la taber­na de Auerbach— sin que jamás un solo acento aparezca forzado o con una embria­guez excesiva o — tanto menos, aunque sea ligeramente — artificial; siempre, y en todas partes, es como si las cosas hablasen su propio lenguaje, el congénito a su natura­leza. Más allá de la masa de experiencias que de día en día se suceden — tales y tan­tas que, en los índices, sólo las referencias a nombres de ciudades o de personas ocu­pan más de mil páginas —; más allá de las innumerables huellas que las poesías han dejado en ellos — tales y tantas que no es posible estudiar a Goethe sin recurrir a ellas continuamente —, los Diarios son preciosos también —y lo son sobre todo — porque, a quien los estudia, lo envuelven por completo dentro de su atmósfera. Son, por decirlo así, el clima humano propio de Goethe.

Constituyen la zona de espiritua­lidad en la que las raíces de su vida y de su poesía no sólo se entrecruzan, sino que visiblemente se unifican, y se identifican. Naturalmente que, por encima de la coti­diana realidad de los Diarios, la poesía, cuando surge, es luego «otra cosa». Pero ocurre siempre así. Lo dice también Otilia, en las Afinidades electivas, en una de sus «notas de Diario»: — «Cada cosa perfecta en su especie debe estar por encima de su especie, debe convertirse en algo diferente, en algo incomparable. En muchas de sus notas, el ruiseñor es también un pájaro; pero luego asciende por encima de su cla­se como si quisiera significar a todas las criaturas aladas qué es propiamente el can­to». [Trad. de Rafael Cansinos Assens, en Obras completas, tomo III (Madrid, 1951)].

G. Gabetti