Daniele Cortis, Antonio Fogazzaro

Es la segunda novela de Antonio Fogazzaro (1842-1911). Apare­cida en 1885; contribuyó a consolidar la fama de su autor, ya afirmada con Malombra (v.). Historia de un amor, basado en la perfecta concordancia de dos almas y obs­taculizado por todas las fuerzas que la ley moral puede poner en juego.

Las dos al­mas son las de Daniele Cortis (v.) y la de Elena Carres (v.). Esta mujer, verdadero ejemplar de pasión y delicadeza femenina en la literatura mundial, está casada con un barón siciliano, senador, que la quiere a su modo, pero que no la comprende, y la humilla al arruinarse en el juego y pretender ayudas económicas de los pa­rientes de ella. El primo de ella, Daniele, está lleno de fervor por sus sueños de re­forma, a la que se dedica, primero pre­sentando su candidatura política, luego, como diputado. Comprendiendo que su pa­sión por Daniele es correspondida, Elena, para no correr el riesgo de faltar a sus de­beres de esposa, renuncia a vivir en Roma, donde se hallaría muy a menudo con el primo diputado, y se destierra a Cefalú, la comarca de su marido. Sólo cuando lo ve a punto de sucumbir a las deudas, y de que lo arrojen del Senado por indignidad, se decide a reunirse con él en la capital; se ha propuesto salvarle, y lo consigue gra­cias a la generosidad de un tío que le sir­ve de padre y a los buenos oficios de Dá­mele; y como el pacto de salvamento exige que el senador salga de Italia, se declara dispuesta a seguirle. De este modo, los dos amantes sacrifican su felicidad: Elena par­te con el marido para el Japón; Daniele se absorbe en las batallas políticas. ¿Sa­crificio completo? No.

La renuncia a la felicidad no es la renuncia al amor. Se aman de lejos, en espera de una perfecta unión, en el más allá, en el mundo de las almas. La novela tiende a la idealidad, pero en tono realista. Esto se nota, sobre todo, en la intriga relacionada con la historia de los protagonistas. Daniele no ha cono­cido a su madre; sólo sabe de ella que estaba separada del marido, y la creía muerta. En cuanto se enamora de Elena, sale de su error. La señora Cortis es una vieja viciosa, ávida y consumida; para salvarse de la misma, da señales de vida re­presentando la comedia del amor materno. Daniele, por complacer a Elena, consiente en interesarse por ella. Así sabe que su madre, abandonando el techo conyugal, era la amante del que luego fue marido de Elena. Daniele Cortis es también famosa por las discusiones y las polémicas, no pre­cisamente estéticas, suscitadas al aparecer, y de las que hoy, de tiempo en tiempo, se oyen todavía ecos. Se acusa a la novela de aquel «amor platónico» al que se aplica el «subtiliter fornicatur» de San Agustín. El hecho es que las críticas sobre la du­dosa moralidad de la novela tuvieron sobre ella tal influencia, que el autor compuso una especie de palinodia en una composi­ción poética editada en 1891: Eva (hoy en la colección de Poesías de Fogazzaro).

P. Nardi