Poema breve en el dialecto criollo de Haiti, publicado en el año 1884, al que, por el dialecto y por el tema mismo, se le llama la «Mireya haitiana», y a su autor, Oswald Durand (1840-1906), el bardo de aquella república negra del Mar Caribe, «el Mistral haitiano». La literatura haitiana comienza inmediatamente después de la liberación de la isla en los albores del siglo XIX, teniendo por tanto poco más de un siglo de vida; pero es necesario llegar a Oswald Durand para encontrar un poeta verdaderamente grande de aquella tierra. Él es el iniciador de un modo de sentir afrolatino, típico de la lírica haitiana; es el padre de la poesía de su país, no solamente en lengua francesa — que ha sido hasta hoy la lengua literaria y oficial—, sino, además, en dialecto criollo.
Dentro de esta literatura es grande su importancia porque, mientras los poetas de las precedentes generaciones se habían preocupado de ser lo más literarios que podían, empapándose de Horacio, de La Fontaine, de Boileau, de Racine y más tarde de Lamartine y de Hugo, Oswald Durand, por vez primera, tuvo el valor de amar a su tierra y de cantarla, tal como es, con flores y árboles que no eran ni mucho menos violetas del Himeto, olivos de Kerkyra ni cipreses de Provenza, sino orquídeas, bananas y caimitas de las Antillas. Tras Oswald Durand, ya no fue una vergüenza poner en verso, en la poesía haitiana, a la mujer del país en su escenario natural; a la «payse», negra lasciva o criolla lánguida, con sus atributos reales. El poemita está escrito en el dialecto que se habla, en aquel criollo en que resulta muy difícil de reconocer el francés de los bucaneros y los filibusteros del siglo XVII y el de los colonos del XVIII, desarticulado, mezclado con vocablos autóctonos caribes, con voces importadas de África, con residuos del léxico de marineros españoles e ingleses; amalgama informe, pero deliciosamente musical.
La trama del idilio es muy simple. Pedro, el joven haitiano de color caoba, se enamora de Choucoune, bella muchacha de su raza, una haitiana marabú, o sea, mulata de piel muy oscura, de dientes blanquísimos y de labios violeta como el fruto de la caimita. Queriendo hacer las cosas honradamente, se va el joven a la cabaña de la madre para pedirla en matrimonio, y ésta se muestra contentísima. Todo está dispuesto, sólo faltan quince días para la boda, cuando aparece el blanco: barba rubia, piel rosada, hermosos cabellos, reloj en el chaleco. Encuentra a Choucoune fascinadora, y Choucoune, a su vez, se enamora de él, abandonando al pobre enamorado de piel oscura. Pero éste, con el corazón llagado de desesperación, continúa amándola a pesar de todo, a pesar de que la ingrata está para dar a luz a un pequeño «cuarterón» (como se llama a los hijos de mulata y blanco).
La belleza del poemita reside en el tesoro de fresco lirismo que Durand derrocha por todas partes. Gracias a él, el criollo de la parte francesa de la vieja Santo Domingo adquiría un imperecedero título de nobleza, y Choucoune se convertía en el poema nacional del que todo insular sabe alguna estrofa de memoria: «Dérié gnou gros touff’pingouin, / L’aut’jou, moin contré Choucoune; / Li souri l’heur’li oué moin. / Moin dit: Ciel’á la bell’moune. / Li dit: Ou trouvé ga, cher? / P’tits z’oézeaux ta pé couté nous lan l’air» (Detrás de un macizo de cactus, / el otro día encontré a Choucoune; / Sonrió al verme; / Yo dije: ¡cielos, qué hermosa criatura! / Ella me contestó: ¿Te parece así, querido? / Los pajarillos nos escuchaban en el aire).
L. Fiumi

