Cartas de Delacroix., Philippe Burty

Publicadas en principio bajo este título por el crítico de arte Philippe Burty (1830-1890), fueron des­pués objeto de una edición más copiosa (en cinco volúmenes) establecida por André Joubin (París, Librería Plon, 1936-1938) con el título Correspondance générale de Delacroix (1804-1863). Esta colección de car­tas es muy valiosa por venir a completar felizmente el Diario (v.) del pintor. Como su comentador hace observar, este último ofrece dos grandes lagunas en la vida de Eugéne Delacroix (1799-1863): el período anterior al año 1822 y el comprendido en­tre 1825 y 1847. O sea que sin esta corres­pondencia nada sabríamos de la madurez del gran pintor ni de su adolescencia. Gra­cias a la obra de A. Joubin, se puede seguir sin interrupción la existencia de Delacroix desde sus años de colegial hasta su muerte. La correspondencia podemos dividirla en cinco partes: los años de colegio y apren­dizaje (1804-1822); los años románticos (1822-1831); el viaje a Marruecos (1832); el período de los grandes trabajos (1833-1853), y los últimos años (1855-1863). La adoles­cencia del pintor fue una etapa difícil y melancólica. Huérfano a los quince años, físicamente débil y ansioso de afectos, el muchacho se ve obligado a vivir en casa de una hermana, que no le guarda mucho cariño, iniciándose así pronto en el apren­dizaje del dolor. Por fortuna hay otro aprendizaje, el de su arte, que, en cierto modo, le compensa del primero. A los die­ciocho años entra en el estudio de Guérin, mostrándose desde el principio rebelde a las enseñanzas académicas.

Experimenta, por el contrario, la influencia de Géricault y se aplica al trabajo buscando certeramente su verdadero camino. Su obstinación no es arbitraria, se asienta en base firme: su Bar­ca de Dante, que presenta al Salón de 1822 produce el efecto de un trueno y crea su reputación. Dos años más tarde (Salón de 1824), la Matanza de Scio consolida su prestigio, y Delacroix se convierte en el jefe de la escuela romántica. Los encargos oficiales se suceden junto con las adquisi­ciones de sus cuadros por el Estado, y todo parece indicar que Delacroix reina ya sobre país conquistado. Nada de eso. En 1827, su prodigioso Sardanápalo escandaliza a las gentes y le lanza al arroyo, viéndose obli­gado a vivir con suma estrechez. Bien es verdad que una nueva obra maestra le destaca nuevamente en 1831: la Libertad en 1830. Por entonces, su fama es tal que se acuerda autorizarle para que se una al conde de Morny en su embajada cerca del Sultán de Marruecos. Esta etapa de seis meses ejerce una influencia decisiva en la vida de Delacroix al arrancarle de su taller y hacerle entrar en contacto con el mundo islámico. Aquí el pintor cobra afición por los caballos y tigres, por el mar y sus cria­turas. Por otra parte, este descubrimiento le iba a servir de puente para penetrar en el mundo antiguo, y la visión de los árabes le sugiere la antigüedad griega y romana. Ayudado por su genio, el artista evoluciona de este modo del romanticismo al clasicis­mo. De estos hallazgos tan importantes para su obra nos hablarán las gozosas cartas que dirige, no a sus camaradas de juventud, sino a Balzac, Dumas, Stendhal, Víctor Hugo y al Director de Bellas Artes, Sosthéne de la Rochefoucauld.

A partir de su regreso de Marruecos, se abre para Delacroix el período fecundo de sus grandes trabajos: veinte años de incesante producción, duran­te los cuales el maestro dotará a la pintura francesa de algunas de sus más auténticas obras maestras (cuadros de caballete) junto con numerosas composiciones decorativas: el Salón del Rey i 1833-1837), la Biblioteca de la Cámara y del Senado (1838-1847), el techo de Apolo en el Louvre (1848-1850) y el Salón de la Paz en el Ayuntamiento (1851-1853). Como un verdadero titán, lu­cha con las formas hasta dominarlas sin que su inspiración dé paso a un momento de desmayo. Toda la correspondencia que se relaciona con esta época (1833-1853) es particularmente numerosa y fiel reflejo del poder creador de su espíritu. Leyéndola se comprueba que su existencia fue un per­petuo combate. Théophile Gautier hace ob­servar en alguna parte: «Aunque hablando afectaba cierta frialdad, Delacroix partici­paba más que nadie de la fiebre de su épo­ca». Y refiriéndose más adelante al escán­dalo que suscitaba con cada uno de sus cuadros, resumía así la situación: «Se le atacaba con tales injurias, que no se ha­brían podido encontrar otras más groseras dirigidas a un asesino». Registremos, en fin, este rasgo sobre su genio: «Aunque trabaje como pintor, siente como poeta, y el fondo de su talento está hecho de literatura». Le­jos de encerrarse en la representación ex­clusiva de los mismos objetos, Delacroix tendió toda su vida a traspasar los límites de lo posible. La Exposición Universal del año 1855 fue decisiva en este sentido, encontrándose reunida en ella su obra entera. A partir de aquí, la Correspondencia del pintor cobra un tono patético y los últimos años de su vida nos brindan un espectáculo de sombría grandeza. Afectado desde hacía tiempo por una laringitis, la enfermedad, de carácter tuberculoso, hace de pronto rápi­dos progresos y sus cartas aparecen domi­nadas por la angustia de la muerte.

Esti­mando que aún no ha acabado su obra, Delacroix se encierra en la soledad. «Cuan­do en este mundo — escribe a una de sus bellas amigas — ya no queda nada por ha­cer, es preciso seguir trabajando so pena de morir de tristeza». Sus últimos años los emplea en la decoración de la capilla de los Ángeles, de Saint-Sulpice. Empresa titá­nica. Se sabe que el viejo maestro residía entonces en Champrosay. He aquí cuál fue su régimen de vida en estos terribles meses: «Todos los días — escribe a uno de sus pri­mos — me levanto a las cinco de la ma­ñana, para poder coger el primer tren, y hacia las ocho y media ya estoy en el tra­bajo. A las tres regreso a Champrosay y aquí ceno temprano para acostarme también pronto. Haciendo esta extraña vida, espero poder terminar mi obra». En su estudio de la calle Furstenberg (que él llamaba su madriguera) muere en presencia de la vie­ja bretona Jenny Legnillon, entregada fiel­mente a su servicio desde 1820 para cuidar de él sin descanso en su largo martirio.