Canciones de Schumann

El «Lied», o canción, no es invención de un músico, sino del pueblo. Schubert sólo aspiró a enriquecer este folklore escribiendo sim­ples canciones, fáciles de retener, y cuyo acompañamiento, salvo contadas excepcio­nes, apenas desempeñaba otro papel que el secundario. El mismo aire servía para las diferentes estrofas, sin reclamar de los can­tores una técnica vocal que fuese compli­cada. Pero con Robert Schumann (1810- 1856), el «lied» se convierte en algo más complejo, al expresar una gama de senti­mientos más dolorosamente expresiva, pro­funda y atormentada. Schumann se apoya en los textos de los más grandes poetas de su tiempo: Herder, Goethe y sobre todo Heinrich Heine, pero sin que, al escribir canciones, se olvide de su calidad de pia­nista. ¿Qué son la mayoría de sus obras para piano — Escenas de niños (v.), Kreisleriana (v.), el Carnaval (v.)—sino «Lieder» sin letra? Con él, el acompañamiento cobrará una importancia considerable, bor­dando en torno de las palabras un tejido armónico tornasolado, coloreado, amorosa­mente evocador. Schumann no se conten­tará, como Schubert, con repetir muchas veces el mismo aire, y para cada verso de las diferentes estrofas, inventará una nue­va melodía, siguiendo siempre el texto muy de cerca a fin de extraerle toda su subs­tancia poética y dramática. El Liederkreis opus 24, ciclo de nueve canciones, contiene «Mirtos y rosas», donde palpita una poesía ligera, sutil y punzante, característica del estilo de Schumann.

El ciclo del opus 25, que agrupa veintiséis melodías, encierra dos obras maestras: «El nogal» y «A una novia». Entre las cinco melodías del opus 27, citemos «El jazmín», que ya recuerda el estilo de Mendelssohn; en el opus 35, «Noche de tormenta»; y en el opus 36, «No­che sobre el Rhin». En «Claro de luna» y «Noche de primavera», del opus 39, el acompañamiento se aparta del canto para expresar los anhelos más íntimos y secre­tos del alma. El año 1840 ve nacer los ocho «lieder» de «El amor y la vida de una mu­jer» sobre versos de Chamisso; la octava canción vuelve a tomar el tema de la primera, cerrando así el ciclo completo. Aquí Schumann despliega todos los encantos de su romántica inspiración, pero sin alcanzar la mágica belleza que logra en los dieci­séis «lieder» de los «Amores del poeta», compuestos a continuación: dieciséis tem­blorosos estados anímicos que son otros tantos gritos de dolor y de esperanza eter­namente desfallecida. «Los dos granade­ros» del opus 49 son más novelescos que románticos y la sombra de la Marsellesa (v.) se proyecta en los sueños épicos del compositor. A partir de 1841, Schumann se consagra casi exclusivamente a la música sinfónica pero sin abandonar jamás los «lieder», que posiblemente constituyeron su forma expresiva más elocuente. El propio Schumann, hablando de sus «lieder», decía que «algunos son de lo mejor que he hecho y de lo mejor que pueda hacer». Citemos también en el álbum de «Canciones para la juventud», fechadas en 1849, «El músico rural», donde Schumann cuenta la historia de un violinista aldeano “ebrio de amor que acaba en la locura creyéndose ya a punto de casarse con la mujer que ama. Los «Lie­der» de Schumann exigen de sus intérpre­tes un perfecto dominio de sus facultades vocales y la completa renuncia a todo vir­tuosismo, para expresar únicamente el sen­timiento dramático a través de matices im­palpables y fugitivos.