Calandria, Martiniano Leguizamón

Comedia costumbrista del escritor, historiador, profesor y periodista argentino, Martiniano Leguizamón (1858- 1935). Estrenada en 1896, evoca las andan­zas de un gaucho o paisano entrerriano, Servando Cardoso, a quien todos apodaban «Calandria» porque éste es el nombre del ave que imita burlonamente la voz de otros pájaros y que se resiste además a cualquier intento de domesticación. Tales caracterís­ticas se daban en Cardoso y así el autor lo presenta en estos diez breves cuadros, cuya acción abarca desde 1870 hasta 1879. Por haber desertado del ejército, ya que no quiere pelear contra hermanos en época de revoluciones, Calandria está ahora preso en un destacamento que comanda el capitán Saldaña. Quienes lo custodian sienten por él mucha simpatía y de ésta se vale para montar el caballo del capitán y huir. Nos enteramos de que logra escapar echando el poncho a los ojos del animal y lanzándose barranco abajo, para aparecer luego en me­dio del río haciendo alarde de la broma que acaba de consumar. Se convierte entonces en gaucho «matrero» o errante. Lo acompaña un muchacho muy valiente, el Boyero. No para Calandria en ningún lugar por temor a ser descubierto, pero ha ido hasta una tapera, o rancho en ruinas, bajo cuyo ombú cercano está la tumba de la madre.

Allí le rinde filial tributo. Después los dos apar­ceros, o camaradas, van hacia un rancho donde han acampado los soldados que los persiguen y que en ese instante duermen junto al fogón. Calandria y el Boyero apresan al centinela, le tapan la boca y lo atan con un maneador. Disparan unos tiros para despertar a los restantes y, después de reírse en sus barbas, huir de nuevo. Impo­sible darles alcance porque Calandria les ha soltado la caballada y les ha ocultado las armas entre el alto pasto vecino. Pero Calandria anda enamorado de Lucía, a la que llaman la Flor del Pago, hija de un viejo trenzador, ño Damasio, y de ña Trifona. Éstos y la gente moza que los rodea son afectos, como Calandria, a la guitarra y al canto. Se juntan muchachas y mucha­chos del contorno y van a una reunión. Cuando están bailando un gato, danza crio­lla, aparece Calandria y pide al acompa­ñante de Lucía que se la ceda. Participa en la fiesta hasta que alguien le avisa la proxi­midad de una partida de soldados al mando del comisario Mazacote, pero Calandria, provocándolos todavía con sus dichos y car­cajadas, logra escapárseles otra vez. La acción prosigue en una pulpería, negocio rural donde la paisanada come, bebe, jue­ga, pasa el rato y desde cuya puerta pre­sencia carreras de caballos. Su dueño es Ramón, un gallego acriollado y generoso. Llega Calandria, ya solo porque ha muerto el Boyero en una de sus habituales aventu­ras. Juega a la taba con el pulpero, pero de pronto se oye el rumor de que se acerca el comisario. Calandria lo enfrenta con sus boleadoras y Mazacote, acobardado, decide marcharse. Durante el cuadro siguiente Ca­landria va a visitar a Lucía, enlutada por la muerte de ño Damasio. Le propone que huyan al Uruguay. La muchacha se niega porque debe permanecer junto a la madre.

Y como nuevamente sabe que lo cerca la policía, Calandria trata de evitar el encuen­tro, mas sin éxito. Le quitan el caballo y queda a disposición de Saldaña, aquel ca­pitán que conocimos al principio. Compren­de entonces que concluye su vida errante y acepta ser puesto en la estancia donde Saldaña hará de mayordomo. Calandria, por amor a Lucía, se convierte, de gaucho pen­denciero, aunque no delincuente, en «crio­llo trabajador». Y éste es, dentro de la lite­ratura gauchesca ríoplatense, el sentido de Calandria, no propiamente una comedia, sino una sucesión de estampas costumbris­tas con valor documental y folklórico. Al escribirla el autor reacciona contra las an­teriores piezas gauchipoliciales, siempre en­rojecidas de sangre, y de la cual era espé­cimen Juan Moreira de Eduardo Gutié­rrez. Leguizamón también publicó cuentos y narraciones de grato sabor local («Recuer­dos de la tierra», «Alma nativa», «De capa criolla», etc.) y muchos estudios de firme valor histórico.

J. M.a Monner Sans