Ayer, Hugo von Hofmannsthal

[Gestern]. Drama en un acto de Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), publi­cado en 1891. La acción transcurre en Imola «en tiempo de los grandes pintores». La es­cena está minuciosamente descrita: Rena­cimiento tardío. Andrés, el protagonista, tiene por lema de su vida: «déjate empu­jar. déjate determinar por cada instante». «Ayer» es el enemigo; el día que ya pasó, la acción del día anterior, el cuadro y el vestido que admiramos siete horas antes: ¿un abismo nos separa., siete horas». El hoy debe ser distinto del ayer; hoy todo ha cambiado: cielo, río. deseos, afanes; y los amigos o la mujer que nos recuerdan lo que ayer sucedió son un martirio, un peso insoportable. No se puede prometer ni de­sear la fidelidad: ¿quién sabe qué será ma­ñana de nosotros? Egoísmo y locura: el alma de Andrés que quiere cristalizar en esta fórmula. Pero le ilusiona vivir en el tiempo de los grandes pintores y quiere que su vestido y sus discursos armonicen con el color del cielo. ¿Vestirse de gris? No, no; el vestido gris es de ayer «porque ayer pendían alrededor nuestro grises cre­púsculos… Hoy es un día de Correggio, co­lor de exuberantes frutas maduras». Y hoy el vestido debe ser amarillo. Y cuando la mujer amada le es infiel, duda un momento si debe asesinarla, pero luego se contiene y afirma: «Ayer me amaste; hoy ya no soy nada para ti». Y la mujer parte, y él con­tinúa entre los poetas y los pintores y los comediantes predicando su palabra de des­trucción del ayer. Pero ayer su palabra era de alegría, y hoy es de desesperación. Y es que el amor de ayer vive todavía; y sólo puede darle muerte dándose muerte a sí mismo. Ayer es la primera obra teatral de Hofmannsthal, y es interesante sobre todo porque nos da la llave de su teatro: una áspera negativa contra el mundo, un desde­ñoso encerrarse dentro de sí, y la insufi­ciencia de uno para consigo mismo. El mun­do es más fuerte; nos domina y nos aplas­ta: hay que huir de él. Sólo hay un camino: el arte, la poesía, el sueño, la fan­tasía. Las mejores obras del autor han de nacer precisamente de una cruda aplica­ción de la fórmula «el arte por el arte».

A. Spaini