Autobiografía de Vico.

En esta auto­biografía, escrita entre 1725 y 1728, con el título Vida de Giambattista Vico, escrita por el mismo [Vita de Giambattista Vico scritta da se medesimo], el filósofo napoli­tano (1668-1744) nos presenta una historia de su vida y de la evolución de su pensa­miento. Bajo la guía, primero de un filósofo nominalista, el padre jesuita Antonio dal Balzo, y después de un escotista de agudí­simo ingenio, el padre jesuita Giuseppe Ricci, pero sobre todo siguiendo su propia iniciativa, se aplicó a los estudios filosófi­cos, interesándole pronto la metafísica y después la filosofía del hombre y en parti­cular el estudio del derecho romano. En la soledad de nueve años en Vatolia, en el Cilento, «castillo de bellísimo emplaza­miento y de perfecto aire», donde ocupaba el puesto de preceptor del hijo del marqués Domenico Rocca, su espíritu se formó bajo la sólida guía de la doctrina platónica, en la que admira su verdadero valor metafísico y su carácter eminentemente ético-so­cial, pasando después a estudiar las doc­trinas epicúreas y la física cartesiana, que hubo de reprobar porque, partiendo del cuerpo ya formado, menosprecian el valor de la mente humana, viéndose precisadas a buscar explicaciones a menudo risibles en su propia base.

Vemos después cómo Vico comienza su carrera de literato con una oración latina compuesta para una co­lección de composiciones en alabanza del virrey de Nápoles; cómo obtiene por una­nimidad de votos la cátedra de Retórica; cómo va madurando un sistema de medici­na y luego trata de «establecer esta física sobre una metafísica propia» inspirada en los «puntos» de Zenón (v. Antiquísimo sa­ber de los itálicos). Sabemos por él que fueron cuatro los autores que concurrieron a su formación espiritual: Platón, excelso en la teoría; Tácito, que estudiaba la filoso­fía en la práctica; Bacon, «hombre universal en doctrina y en práctica» y por fin Hugo Grocio, cuyo saber admiraba y deseaba convertir «en uso de la católica religión». Sabemos también que, echando de menos en el mundo de las letras un sistema que pusiese de acuerdo a la mejor filosofía, que es la platónica subordinada a la religión cristiana, con una filología que tuviese ca­rácter científico en todas sus partes, que son la historia de las lenguas y la historia de las cosas, comenzó a meditar en segui­da sobre tal sistema. Le dio forma en su primera Ciencia Nueva (v.) que salió en 1725. Vico hace luego la historia de las va­rias ediciones de su obra capital y de las polémicas que desató, mirando con justo desdén a sus detractores y revelando con cierto simpático orgullo que todos los hom­bres doctos le honraban con su estimación y le daban claras pruebas de aprobación. Aquí se interrumpe la Autobiografía de Vico. La historia de sus últimos años fue después escrita por el marqués de Villarosa.

La Autobiografía es una obra sin­gularmente viva; en ella la vida de Vico está, en parte, transformada, en cuanto que las vicisitudes guardan en ella un orden más cerrado y tienen un valor más decisivo del que realmente tuvieron en su efectivo desenvolvimiento. Si la figura del autor queda en ella retratada a grandes rasgos, su historia interior aparece como idealiza­da y transfigurada, cosa natural por otra parte, porque ya en la vejez, si hemos de creer a Villarosa, se le debilitó la memoria y fueron huyendo en lento proceso evolu­tivo sus ideas juveniles, apareciendo en tanto las nuevas intuiciones abiertas súbita­mente como por encanto sobre los momen­tos precedentes. Tal vez, también él mismo anticipó los acontecimientos y los estadios de su vida espiritual, para formar así un todo orgánico, en que el pensamiento reco­rre en línea recta el proceso de su evo­lución. Vico se nos presenta tal cual era, un hombre de ánimo ingenuo y de férvido y orgulloso espíritu, consciente de su pro­pio valor, justa y simpáticamente orgulloso a la par que humilde; en él, el saber le dispone a una heroica simplicidad de áni­mo, y a la ingenuidad de gran pensador, todo lo cual da un carácter humanísimo y vivaz a la Autobiografía. [Trad. española de F. González Vicén (Buenos Aires, 1948)].

G. Alliney