Ariel, José Enrique Rodó

Prosas del escritor uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917), publicadas en 1910. Ariel no es una novela ni un libro didáctico, sino que pertenece a ese género intermedio cultivado por franceses e ingleses; una prosa «renaniana», casi un discurso de maestro a discípulos. A diferencia de muchos escritores hispanoamericanos (Darío, Nervo, Vasconcelos, Vargas Vila) que acreditaron el tipo de poeta-diplomático-bohemio, Rodó se formó a base de sólidos estudios; profesó en la Universidad de Montevideo, dirigió la Biblioteca Nacional y luego se dedicó a la política con una orientación sociológica de la que dejó huellas en la interesante obra Liberalismo y jacobinismo, de 1907. En Ariel, su obra maestra, Rodó, influido por Darío, que había levantado la bandera de la hispanidad en América del Sur, contra el coloso del Norte, invita a su América a «dejar los caminos de Calibán» (v.), aludiendo con ello al utilitarismo y pragmatismo anglosajón y norteamericano y oponiendo un idealismo inspirado en las tradiciones europeas.

En su libro, verdaderamente notable y original, compite como estilista con los mejores contemporáneos españoles, desde Galdós a Valle-Inclán y Azorín. La intención del título, aclarada por la frase que hemos citado, se desenvuelve con metódica amplitud en la prosa tersa y fluida de Rodó, con su idioma rico y puro, de verdadero «ensayista», experto en temas ideales y en visiones de síntesis históricas, y nutrido de pensamiento enciclopédico. A la enorme expansión práctica y cultural anglosajona, contrapone así, netamente, la tradición clásica griega y la cristiana que, según él, se unieron en San Pablo, «el más cristiano de los griegos, el más griego de los cristianos». Bellas, fervorosas y, al mismo tiempo, tranquilas páginas, dedica a un sabroso elogio del «otium sacrum» de los antiguos paganos, de un Horacio y de un Séneca, de la vida saboreada con deleite no hedonista sino espiritual. Esta obra, como todas sus recopilaciones de ensayos, ya libros o páginas periodísticas, inspiraron y educaron a toda una generación de pensadores y críticos hispanoamericanos, desde el mejicano Vasconcelos hasta el venezolano Blanco-Fombona, al chileno Ornar Emeth, y el argentino Jorge Luis Borges, y es altamente representativa de la noble empresa espiritual que, tras la victoria creadora de Rubén Darío, ha conmovido a las mejores mentes del mundo hispanoamericano.

Para comprender su sentido basta leer con qué agudo examen de las reacciones antirrománticas — objetivo y tendencia de su misma generación — define y encuadra en sus límites la originalidad sudamericana. Puede afirmarse que Rodó, si no consiguió organizar su pensamiento en un sistema de valores universales — y ésta fue su mayor aspiración —, tuvo en cambio una alta capacidad poética de iluminación e intuición y con sus ideas ejerció una estable y fecunda acción educativa sobre su continente.

U. Gallo