José María Gironella comentado por Miguel Delibes

José María Girtonella

José María Girtonella

No pretendo clasificar por su calidad a los jóvenes escritores del medio siglo, sino hacer historia de ese momento de la novela española que trata de enderezarse tras el rudo batacazo de la guerra. La novela fue otra víctima de la guerra civil y todos los amantes de la literatura, una vez terminada la contienda, trataron reiteradamente de reanimarla. Así, es curioso que, tras Cela, me venga a la cabeza el nombre de José María Gironella como el del primer novelista de posguerra que consiguió para una novela, Los cipreses creen en Dios, la categoría de best-seller. Gironella ganó el Premio Nadal con su barojiana novela Un hombre, novela itinerante, de relativo interés, que fue acogida tibiamente. Gerundense, titular de una librería de viejo, casado con Magda, una mujer bella e inteligente, se encontró, a poco de ser lanzado, con las dos pegas que frenaron su arranque: su mal castellano (idioma de trabajo) y la falta de la deseada descendencia. Sin duda ambas influyeron en la vida del novelista pero no bastaron para desviar su vocación. Gironella siguió escribiendo con su prosa vulgar aprovechando cualquier ocasión para mejorarla. Éramos tan pocos los novelistas de entonces que no teníamos rubor en apoyarnos los unos en los otros. Gironella, cada vez y cada vez que venía por casa, en Valladolid, me pedía el manuscrito de El camino y una y otra vez se mostraba enamorado de él. «Dios mío, si yo tuviera tu castellano», comentaba, y en cada visita yo le decía lo mismo: «Escribí este librito en tres semanas, José María, veintiún días, veintiún capítulos». A Gironella se le mudaba el color. Pero si flaqueaba su castellano no así su imaginación, pues construía largas y audaces historias en el aire.

Su libro Un hombre fue la vida de su protagonista, que recorría Europa sin que su creador hubiera salido de Gerona. Un relato de fantasía sin límites. Su primera novela pasó sin pena ni gloria, lo que ya era bastante en un Nadal que había comenzado tan atractivo con la novela Nada, de Carmen Laforet. No obstante, Gironella era un hombre inquieto. Creía mucho en la influencia del medio y tenía la seguridad de que la novela que maduraba mentalmente sobre la guerra civil, sería mejor novela si la escribía en París que en Barcelona. Yo no estaba muy de acuerdo con sus teorías pero tampoco le quitaba las voluntades. «Tengo cuatro pesetas —me decía—, pero me las voy a gastar en París. Allí voy a escribir mi libro.» Su deseo de marchar a Francia a escribir fue creciendo y al año siguiente me visitó para despedirse: —He empezado el libro —me dijo; no podía ocultar su satisfacción. El arranque es muy bueno.

—¿Cómo empieza?

—Yo en el Seminario de Gerona. Los rojos en danza, esperando.

Era un arranque autobiográfico y típico. Gironella, entre sus numerosas dedicaciones, había sido seminarista. Esto le daba a la novela un comienzo atractivo y creíble. En realidad, el tema de la guerra era un tema que tenía para todos la misma dificultad: la imparcialidad era imposible. En la España de 1936 había dos bandos probablemente equivalentes, los que se llamaban rojos y los que se llamaban nacionales.

Lo imposible era que el autor se lanzase a la palestra sin ninguna idea previa en la cabeza. No digo que fuese un rojo bolchevique pero tampoco un franquista radical. Lo normal era que no fuera ni una cosa ni otra, pero resultaba imposible privarle de una determinada simpatía. De momento, los intentos de novelar la guerra civil habían fracasado por falta de objetividad. El republicano oscurecía la victoria del franquista, y 19 el franquista se ensañaba con la barbarie del bando republicano. Esto quiere decir que las narraciones de unos y otros, aunque tuvieran valores parciales, no eran publicables, las unas por miedo de los editores a la censura, las otras porque ni siquiera se llegaban a leer. Bajo los mostradores se vendía La forja de un rebelde, otra trilogía sobre la guerra, vista desde el lado rojo y, por tanto, tampoco imparcial.

—¿Y tú, estuviste en la guerra?

—Me pasé a los nacionales. La hice en el Pirineo, en un batallón de esquiadores.

Cuanto más profundizaba en Gironella —seminarista pasado al bando nacional— más difícil me parecía su objetividad. No obstante, Gironella había hecho con Un hombre algo todavía más complicado. Darnos una idea de Europa sin haberse movido de Gerona. No le faltaba imaginación. Su sueño, en cualquier caso, era correr mundo, conocer otras formas de vida y de pensar. Así, tan pronto el novelista ahorra dos duros, salva la frontera y fija su residencia sucesivamente en Francia, Finlandia, Suecia, Alemania y Suiza, cuando no viaja por América o Extremo Oriente. Su pasión divagadora es tan acusada que incluso cuando habita en España cambia de residencia frecuentemente. En mi libreta de direcciones es la de Gironella la que me ha obligado a mayor número de enmiendas. ¿Me hubiera sucedido otra cosa si Miguel Serra —el protagonista de Un hombre— hubiera sido un personaje real y amigo mío? No, Gironella, en potencia, está ya en Miguel Serra y demuestra su inquietud y su insatisfacción cambiando de oficio constantemente: en pocos años le vemos de dependiente de comestibles, de botones de banco y de librero de lance. Gironella, a mi entender, busca afanosa, desesperadamente, la paz. No quiere admitir que la paz no está en Berlín, ni en Helsinki, ni en Nueva York, ni dentro ni fuera del seminario, sino en el interior de uno mismo. Hombre de imaginación calenturienta, Gironella tocará todas las posibilidades humanas antes de admitir que cada cual ha de fabricarse —y ganarse— a pulso la tranquilidad.

—Miguel, soy millonario. Los cipreses son un pozo sin fondo; no hay quien los pare.

Lo veía tan alterado que no sabía si felicitarle o compadecerle. Pero aquello no fue más que el principio. Fue a más. Día a día iba a más. Gironella se desequilibraba; perdía su inestable serenidad. Y empezó a ponerse en manos de los psiquiatras.

«Vivo dentro de un hoyo», me escribía.

Y aunque Gironella no dejará de trabajar, se agudizan los titubeos notorios ya en etapas normales de su vida. Gironella, en este tiempo, pasa por fases de escepticismo a las que suceden otras de fervor casi místico. Con una sensibilidad a flor de piel, analiza dogmas religiosos, postulados filosóficos y situaciones políticas. Llega a decir que las tentaciones —y el triunfo o la caída— dependen de las drogas, pero, por otra parte, no separa el crucifijo de su mesa de trabajo. El sacerdote-novelista José Luis Martín Descalzo le pregunta un día: «Tú, ¿en qué porcentaje crees?», como si la fe pudiera reducirse a cifras o tantos por ciento.

Papini es su mentor. El de Gironella. Lo lee y lo relee. Las alucinaciones y genialidades del escritor italiano conforman en buena medida su mundo ideológico. Y cuando sana, una de sus primeras decisiones es visitar la casa donde Papini vivió, conversar con su hija y aun meditar dentro del mausoleo donde reposan sus restos. A Gironella siempre le gustó coger el toro por los cuernos. Tras su crisis nerviosa se hizo en él una costumbre frecuentar los sanatorios mentales, observar los tratamientos de electroshock, analizar las reacciones de los pacientes, elaborar estadísticas sobre los lugares y climas más propicios a la locura…; vivía inmerso en el morbo y, seguramente, todo este mundo de alucinación y dolor influirían, no sólo en su carácter, sino también en su obra. La inestabilidad parece haber sido la tónica de su vida, posiblemente porque 20 en su tránsito por diversos oficios y países Gironella no encontró lo que buscaba, seguía sintiéndose desplazado. Últimamente, Gironella, establecido en Barcelona, con piso propio y una esposa solícita que vigila hasta el menor detalle su régimen cotidiano y las menores alteraciones de su carácter, se dedica a la labor paciente de recopilar fichas con las que dar cima a su trilogía, sobre la guerra civil española, trilogía que, según me decía en carta reciente, se extenderá hasta el día en que Franco deje de ocupar el poder.

Dije ya que, en Gironella, la imaginación prevalece sobre los demás dones.

Imaginación volcánica, prefigurada por una honda preocupación metafísica —patente en alguna de sus obras— y orientada, sin embargo, en los más opuestos sentidos. La curiosidad de Gironella hacia el mundo que le rodea es literalmente insaciable. Cuando no conoce el mundo, lo inventa. Tal sucede en sus dos primeras novelas. Y una vez que lo conoce, advierte cuánto hay de valor en la propia experiencia vivida y, entonces, olvida la vida que le hubiera gustado vivir y nos narra simplemente la que ha vivido.

Tras su enfermedad, se acentúan su imaginación y su curiosidad hacia los hombres y las cosas. Durante su convalecencia recibí mucha correspondencia suya. Eran cartas dolientes en las que Gironella me refería sus más íntimas sensaciones. En ellas me pedía discreción, puesto que en este país —me decía— enseguida te cuelgan el sambenito de loco. Pero tan pronto se encuentra restablecido, le asaltan a Gironella las dudas, dudas comprensibles entre el pudor del hombre y la vanidad del artista. Como hombre prefiere silenciar sus terribles experiencias de enfermo; como artista le seduce contarnos una parte de la vida que los demás desconocemos. En lo que a mí se refiere, durante todo este tiempo, hasta que Gironella me comunicó su deseo de pronunciar una conferencia en Valladolid, observé la discreción que me pedía. Mas al escuchar su charla, mi sorpresa fue mayúscula. Gironella exponía una tras otra todas las experiencias que, encareciéndome silencio, había venido comunicándome a lo largo de los meses. Esta conferencia sería más tarde un libro, Los fantasmas de mi cerebro. El pudor del enfermo desapareció ante la vanidad del artista. Con una particularidad, el libro de Gironella resulta más pormenorizado que su conferencia. Su propia experiencia ha sido enriquecida por lecturas posteriores y aun por experiencias ajenas. A este respecto, recuerdo una anécdota que no puedo resistirme a contar. Durante su estancia en Valladolid, Gironella hacía las comidas en mi casa y tuvimos ocasión de cambiar impresiones y puntos de vista. Por entonces tampoco mis nervios eran demasiado fuertes, con lo que nuestra conversación resultó más sabrosa y apasionada. Gironella me contó cómo en el momento más crítico de su enfermedad, cada vez que acariciaba a un gato se le erizaban a éste los pelos del espinazo. Yo le conté, a mi vez, cómo tras la última Nochebuena, con ocasión de hallarme reunido con mi familia jugando a los naipes, me sentí poseído de un don profético y adiviné una tras otra hasta ocho cartas seguidas, hecho que me llenó de ansiedad. Gironella me escuchaba atentamente y meses más tarde, al leer su libro, Los fantasmas de mi cerebro, me quedé sorprendido porque, tras el episodio del gato, Gironella se atribuía el mío de las cartas como si fuera suyo y decía: «Adiviné uno tras otro hasta siete naipes y no acerté el octavo porque me eché a llorar». He aquí un detalle curioso que demuestra la amplia receptividad del artista, cómo una sensibilidad refinada puede adueñarse de una experiencia ajena seguramente sin advertirlo. El subconsciente ha operado sobre su confusión mental, de forma que Gironella ha llegado a considerar vivido algo que le ha sido relatado. En todo caso, Gironella es hombre puntilloso, de una honda preocupación ética, y cuando habla, busca la concreción, el detalle y, cuando escucha, inquiere pormenores en su afán de llegar al fondo de los asuntos.

Me detengo, tal vez demasiado, en nimiedades, y, por ello, sólo añadiré para terminar de perfilar la silueta de Gironella, que él lamenta no haber tenido un hijo y se 21 jacta de haber vencido a la inmodestia. «Ya en el seminario me llamaban “El Gallo”», confiesa él mismo. Después de su enfermedad me escribía: «He aprendido a ser humilde». Luego, esta pretensión de haber sometido la soberbia ha sido para él una obsesión, de forma que bien puede decirse que hoy día Gironella tiene la vanidad de la humildad, o, en otras palabras, se enorgullece de ser modesto, con lo que automáticamente deja de serlo.

Si reparamos en los libros más vendidos en España y fuera de ella en estos años, nos encontraremos en primer lugar con la novela de Gironella, Los cipreses creen en Dios. Si, por otro lado, tenemos en cuenta el precio de este volumen, concluiremos que Gironella es no sólo el único novelista español de este tiempo que se ha enriquecido, sino que se ha hecho virtualmente millonario, gracias a sus novelas. Esto, a la vez, quiere decir que José María Gironella es el novelista español más conocido dentro y fuera de España, en la mitad del siglo XX. ¿Responde este éxito a los méritos intrínsecos de su obra, esto es, podemos considerar a Gironella el número uno de entre los novelistas españoles de esta hora? A los artistas siempre nos queda el recurso —y el consuelo— de separar el éxito popular del éxito de la crítica. A menudo, el artista se siente desdeñoso para con la opinión de la masa. Cela afirmaba en Formentor —en el Coloquio Internacional ya aludido— que prefería que le leyeran unos millares de personas preparadas que no que le aplaudiera una masa estúpida y analfabeta. Por el contrario, el autor aplaudido por el público afirmará, en definitiva, que el veredicto de los lectores no tiene vuelta de hoja; esto es, la mayor parte de la gente compra lo que es bueno; su olfato es tan fino y desarrollado que rara vez se deja embaucar por la opinión de los escogidos. Sea como quiera, a Gironella no podremos nunca regatearle el gran mérito de haber llegado a la masa, de haberse hecho millonario en 1950, de haber acertado a tocar esa fibra sensible de la muchedumbre que le impulsa a comprar un libro y leerlo aunque éste cueste setenta duros y tenga una extensión de ochocientas páginas.

¿Qué fibra es ésta? ¿Cuál ha sido ese tema maravilloso que ha convertido en lectores a millones de españoles y extranjeros considerados como totalmente ayunos en letras?

Sencillamente, la política. Durante siglos ha sido la política el juego predilecto de los españoles. Un juego peligroso, es cierto, pero al que todos han jugado. Y este juego, en el que se ha puesto excesiva pasión, va a provocar una guerra fratricida, un conflicto feroz en el que dos bandos tratarán de aniquilarse mutuamente con un ensañamiento inimaginable.

Pero antes que Los cipreses creen en Dios existía Gironella. No obstante, Gironella era entonces un autor minoritario, de escaso atractivo para el público. Y esto era así, pese a que para algunos críticos, Hoyos, Pérez Minik, el Gironella de Un hombre era superior al Gironella de Los cipreses creen en Dios. Hoyos dice de aquel libro: Un hombre es una pieza comparable a las mejores que ha producido la literatura contemporánea». Pérez Minik, sin llegar a estos extremos, no oculta que le parece mejor libro que Los cipreses creen en Dios. Ante el fenómeno Gironella, es ya hora de decir que las posiciones críticas se muestran tan antagónicas como los dos bandos beligerantes en 1936. Torrente Ballester lo menosprecia, hasta el extremo de dedicarle apenas veinte líneas en su obra Panorama de la literatura española, en tanto que el citado Antonio de Hoyos afirma que Gironella «ha llevado a la novela española el viento de Europa… y que en él las voces “Dios” y “Hombre” suenan como la antigua buena moneda». Torrente, pues, lo desdeña; Hoyos, lo enaltece. En el aspecto político, en 22 cambio, su trilogía, aun sin completar, ha provocado las más enconadas reacciones en tirios y troyanos. Calvo Sotelo, hijo del diputado monárquico asesinado días antes de la guerra, censuraba a Gironella en el diario Ya su falta de objetividad, mientras que Ignacio Iglesias, exiliado en París, le echaba en cara la misma falta de objetividad en la revista Cuadernos, pero precisamente por su posición de simpatizante con los ejércitos de Franco.

De entrada, no necesito decir que no soy admirador de la novela-río. A la hora de escribir yo tengo presente una vieja anécdota que, como todas las anécdotas, se ha atribuido a muy diversos padres, según la cual un redactor de periódico presentó a su director el trabajo que le había encomendado y que le había resultado excesivamente largo: «Discúlpeme —dijo el redactor a su director—, no tuve tiempo de hacerlo más corto». Por regla general, los autores de novelas extensas no han tenido tiempo de hacerlas más breves; han abierto la compuerta y se han dejado arrastrar por el torrente; han perdido la aguja de marear; han sido dominados. No quiero decir que éste sea exactamente el caso de Gironella, supuesto que Gironella se ha encarado con un problema largo de por sí; y, sobre largo, enrevesado.

En principio, Gironella aún está en la tarea. Ha necesitado todo este tiempo para almacenar anécdotas que den al libro el mayor grado posible de verosimilitud. Hace tres semanas me escribía desde Barcelona inquiriendo detalles sobre el incendio de la Universidad de Valladolid, donde desde 1938 se guardaba —decían— un fichero político-masónico, que fue destruido por el fuego. Esto quiere decir que Gironella proceed por acumulación de fichas, procedimiento que envuelve riesgos inevitables.

Torrente Ballester dice a estos efectos: «A Gironella le falta perspectiva, pasión; la imparcialidad le es imposible». Cierto. He aquí una objeción muy frecuente entre los críticos profesionales y aficionados, siquiera no revelen más que una parte del problema. Quiero decir que si es «imposible escribir sobre tal tema con imparcialidad» no lo es menos «juzgar esos libros con imparcialidad». El autor del libro lo escribe con su verdad y los críticos lo juzgan con la suya. De aquí deduciremos no que Gironella esté equivocado o que lo estén sus críticos, sino que puede estarlo aquél, pueden estarlo éstos y pueden estarlo todos. El valor documental del libro de Gironella únicamente podrá dárnoslo el tiempo. La falta de perspectiva, la pasión ciegan al creador, es cierto, pero no ciegan menos a sus jueces puesto que tan parte son éstos en el drama como aquél. Es obvio que en estas enconadas cuestiones nadie miente del todo (ni lo hace a sabiendas), pero tampoco posee nadie toda la verdad. Cada uno dispone de su parte de verdad. El conflicto español, como todos los conflictos, es un conflicto de verdades parciales (las de los partidos), una madeja tan inextricable, que resulta utópico tratar de buscar al hombre que sea capaz de darnos una verdad objetiva total y satisfactoria.

Mejor dicho, la verdad-objetiva nunca la reconoceríamos nadie al compararla con nuestra verdad. Desde este punto de vista, tan vulnerables son los libros de Gironella como las críticas que se han hecho de ellos o de otros libros sobre el mismo tema.

Mas dejemos de lado este aspecto y vayamos al literario. En este punto, sería mezquino negar a los libros de Gironella el carácter de obra más ambiciosa que se ha abordado en España sobre este tema. Novela histórica, arrastra todo el lastre que ello comporta. Para Alborg «los personajes son agentes de la historia». Para Torrente «la visión de lo que aparece queda reducido a periodismo (es decir, historia efímera y precipitada) más o menos fiel, nunca hondo». Para Nora «más que la gran novela 23 histórica intentada, Los cipreses creen en Dios es una especie de monumental examen de conciencia». Para Hoyos, en fin, panegirista número uno de Gironella, «este autor se ha adelantado a los novelistas historiadores extranjeros ganándoles la partida» (¿cómo lo sabe si se ha adelantado?). Tengamos en cuenta que todos los críticos se refieren al primer tomo de la obra, esto es, a Los cipreses creen en Dios, cuando yo entiendo que es un error prejuzgar la totalidad, dictaminar sobre su significado y alcance desde la limitada atalaya que proporciona el primer volumen. Su enfoque político tal vez puede decidirse fidedignamente desde aquí; nunca su calidad literaria. Pretendo apuntar con esto que Los cipreses creen en Dios y Un millón de muertos, aun caminando ambas a lomos de la historia, tienen muy desigual valor literario. A mi juicio —dejando de lado las simpatías y antipatías del autor—, Los cipreses creen en Dios es una novela más lograda dentro de los límites que aquél se impuso. Gironella acierta no sólo al exponer la telaraña enrevesada que era la política española de los años treinta, sino también el proceso de enmarañamiento progresivo, de cerrazón recíproca, del desarrollo del odio y de la incomprensión. Con mejor o peor fortuna, Gironella intenta asomarse a las razones de cada uno de los personajes que componen el vasto retablo. De esta manera, su libro presenta un equilibrio, una cierta ponderación arquitectónica. Existe una adecuación entre las partes y entre cada una de las partes y el todo. Cierto es que sus personajes —salvo la familia Alvear— apenas se caracterizan por rasgos humanos; son las fobias y las filias políticas los que los retratan. Pero esto, aparte de venir impuesto por el tema acotado, era casi obligado en la España de 1934. En todo caso, Gironella procura no presentar tipos totalmente buenos ni totalmente malos. Y tengamos presente que en cada libro, en cada personaje de cada libro, Gironella trata de reflejar una de las tendencias políticas entonces en boga. Si es caso, en algunos aspectos, como el de la masonería, Gironella se muestra un poco ingenuo y convencional (o quizá es ingenua la masonería, supuesto que es arriesgado formar juicio propio sobre una sociedad secreta). Mas Gironella evidencia en el primer libro un gran acierto: acota el espacio novelesco (Gerona), el tiempo (los meses de la preguerra) y pulsa los acontecimientos desde un ser pretendidamente neutro: Ignacio Alvear. Gironella, desde un marco limitado, nos da una síntesis de lo que ocurría en España entera. Y a través de su personaje central —él mismo— vivimos las zozobras y angustias de una época y unos hombres que caminaban inexorablemente hacia su perdición. Los cipreses creen en Dios —título poco afortunado por inexpresivo— reúne los suficientes alicientes para que los idearios políticos de cada grupo, expresados hábilmente, no lo hagan indigesto ni aburrido. Y esto es mucho conseguir. Gironella lo logra imprimiendo a los personajes unos anhelos concretos, todos saben lo que quieren y, aunque en aspiraciones un tanto bajas de techo, nos lo hacen saber enseguida a los lectores. Repito, pues, que a mí este volumen me parece un libro denso y no mal compuesto. Al lado del objetivo fundamental que el autor persigue, importa menos la composición un si es no es arcaica, la endeblez de los tipos femeninos —salvo, quizá, el de Carmen Elgazu, mujer típica y tópicamente española y representativa de la clase media— y los limitados recursos expresivos del autor, quien, pese a la gratuita opinión de Antonio Hoyos de que Gironella escribe como si hubiera nacido en León o La Mancha, se resiente de una pobreza idiomática que, con loable tesón, va venciendo libro tras libro.

Más pobre opinión me merece el segundo volumen de la trilogía, Un millón de muertos, pese a ser éste un libro que el lector español devora, buscando en él no ya la anécdota vivida, sino una explicación, o mejor, una justificación de la general insensatez. Hay en él mil cosas —el enervamiento de los tipos, los zigzags cronológicos, la falsedad de la situación sentimental de Ignacio, etc.— que justifican el que mi aprecio de esta obra sea sensiblemente inferior al que me merece su antecesora.

24 Aunque, concretando, lo que a mi entender debilita a esta obra y la sitúa al borde de la frustración son dos cosas: primera, el afán de Gironella de embotellar en ella la guerra toda; y segunda, el hecho de haber operado sometiéndose en cada página a la servidumbre de un fichero. Me explicaré. Gironella, al llevar la acción fuera de Gerona, rompe la posible armonía de la pieza, la deja sin el apoyo de Ignacio Alvear, como referencia del retablo, y, consecuentemente, a decidir la diáspora de la población gerundense a capricho. Hay que enviar un personaje a Madrid, otro a Valladolid, otro a Burgos, otro a Barcelona; uno al frente de Zaragoza, otro a la marina, uno más a la aviación, si queremos estar al tanto de todo lo que sucede en España durante ese trienio.

Tal amaño distorsiona la narración, le resta verosimilitud, asoma excesiva y constantemente el artificio. Trasciende, en una palabra, el deseo de ubicuidad, el empeño de estar en todas partes y contarnos, punto por punto, todo lo que ocurre.

Siempre, claro está, a fuer de imparcial, de emplear la vieja técnica de una palada de cal y otra palada de arena. Falso. Tal vez menos que otras interpretaciones, pero falso al fin y al cabo. Probablemente su actitud ambigua le valió la conformidad de la censura.

En lo que concierne al fichero, cabe decir otro tanto. Gironella nos dice que ha leído centenares de libros, manipulado millares de fichas antes de abordar esta empresa.

El esfuerzo es evidente, se delata a poca atención que pongamos en la lectura. Gironella está maniatado por su fichero. Actúa sometido a una servidumbre: la de enhebrar esos millares de anécdotas seleccionadas en un argumento e imprimir a este argumento coherencia y verosimilitud. Tal cosa puede lograrse cuando se opera con unas docenas de fichas pero no cuando éstas se cuentan por millares. De aquí que sean muchos los momentos donde las cosas se nos traen por los pelos, sin intento alguno de justificación.

Me atrevería a decir que, sin salir de Gerona y sin ese tonto afán de encerrar en el libro millares de anécdotas accesorias, Gironella habría conseguido una obra quizá menos ambiciosa, pero literariamente más auténtica.

 

Miguel Delibes. Muerte y resurrecciónd e la novela.