De la naturaleza de las cosas (h. 53 a.C) poema de Lucrecio en seis libros

El tema se abre con una in­vocación a Venus, como símbolo de la voluptas, del pla­cer, esto es, de la energía generadora que existe en la naturaleza.

Libro I: Exaltada la victoria de Epicuro sobre la supers­tición religiosa y afirmada la necesidad de una doctrina verdadera y racional de la Naturaleza, se exponen sus principios fundamentales: nada nace de la nada y nada es originado por un principio divino; nada se destruye. El todo consiste en materia y vacío; el vacío permite el movimiento de los átomos, y éstos, al unirse forman los cuerpos. Refutadas las doctrinas del materialismo preso- crático, de Anaxágoras, Heráclito y Empédocles, el dis­curso se reanuda con la demostración de que son infini­tos los átomos e ilimitado el vacío.

Libro II: Se inicia con el elogio de la filosofía epicúrea, que procura por sí sola la tranquilidad de ánimo elimi­nando los miedos inútiles. Las dos leyes que rigen los áto­mos son la gravedad y la desviación espontánea, y de ellas depende su unión. Existen infinitos mundos y todos (comprendido el nuestro) están destinados a una muerte inevitable.

Libro III: Se abre con el elogio de Epicuro, cuyas ense­ñanzas ayudan a superar el temor al más allá a través del estudio del alma. En el hombre existen el anima (fuerza vital esparcida por todo el cuerpo) y el animus (parte ra­cional con sede en el pecho); éstas son de naturaleza cor­pórea, están compuestas de átomos sutiles que se hallan destinados también a separarse con la muerte: los tor­mentos del infierno no son sino meras fábulas, en cam­bio son reales los causados por la estupidez de los hombres.

Libro IV: Tras reafirmar la originalidad de su empresa poética, Lucrecio pasa a ocuparse de la teoría del cono­cimiento. Éste es debido a ios simulacro, sutiles membra­nas de átomos que se desprenden de los cuerpos y per­miten las sensaciones. Siguen el examen de la vista (y las explicaciones de las ilusiones), del oído, del gusto y del olfato. También las imágenes pensadas provienen de los simulacra, que se agitan en el aire: pensar significa con­centrarse en algunos de ellos. Sobre la base del principio según el cual la función crea el órgano, son examinados el hambre, la sed, el movimiento, el sueño, las ensoña­ciones y el amor. Éste, fuera de los impulsos fisiológi­cos, es una pasión terrible, por cuanto es irracional. Si­guen los problemas relacionados con la herencia, la este­rilidad y la fecundidad.

Libro V: A una nueva exaltación de Epicuro, sigue la ex­posición de su teoría cosmológica, que comprende el na­cimiento y la formación del cosmos, el movimiento de los astros y sus causas, la ubicación de la Tierra, inmóvil en el vacío, los problemas relacionados con el sol y la luna (las órbitas, el día, la noche, los eclipses, las esta­ciones), y el origen de la Tierra y sus vicisitudes antes de la aparición del hombre. Se pasa, luego a la historia de la civilización humana, interpretada como un progre­sivo alejamiento de la felicidad de los orígenes.

Libro VI: Tras un último elogio de Epicuro, al que Ate­nas dio sus orígenes (cosa más importante que el haber dado las primeras mieses —el trigo de Dcmétcr— y las primeras leyes), se analizan algunos fenómenos atmosfé­ricos y telúricos, cataclismos y pestes, siempre con el fin de mostrar en ellos la acción de causas naturales y no di­vinas. El tratamiento de las enfermedades y de las epide­mias concluye con la descripción de la peste de Atenas del 430 a.C.