Comentarios a la «Divina Comedia»

[Commenti alia «Divina Commedia»]. Los comentarios al poema dantesco empiezan a florecer desde la aparición primera de la Commedia y han continuado casi inin­terrumpidamente hasta nuestros días. Po­demos considerarlos en las tres mayores épocas de su aparición: los del siglo XIV, los del Renacimiento (incluyendo en este período también los pocos de los siglos XVII y XVIII) y los del Risorgimento literario y político italiano de la segunda mitad del siglo XVIII hasta nuestros días.

Los comen­tarios del siglo XIV, generalmente no se preocupan de las figuras en particular, de las escenas plásticas y grandiosas, y tampo­co de la ordenación y de las simetrías ca­racterísticas del poema que para nosotros son, por el contrario, una parte tan impor­tante del arte dantesco considerado como alta intuición estética o como armónica con­cepción de un genio soberano. Muchos co­mentarios son totalmente fragmentarios y se reducen a modestas apostillas que son poco más de una paráfrasis ampliada de todo lo que expresa el poeta mismo; son frecuentísimas las glosas que aclaran el sen­tido de esta o aquella palabra o expresión más desacostumbrada; abundan además, las pequeñas noticias referentes a este o a aquel poeta clásico o a tal o cual episodio a que Dante alude, hoy día superfluas, incluso para los estudiosos. Estas características de los más antiguos comentarios son debidas en parte al hecho de que la Commedia, cin­cuenta años escasos después de la muerte de Dante, era leída públicamente en alguna Universidad y en diversas ciudades, de tal manera que los gramáticos se llamaban a sí mismos dantistas para poder desempeñar cargos públicos de enseñanza. El mismo Boccaccio fue uno de sus primeros lectores pú­blicos en Santo Stefano di Badia, en Flo­rencia, desde el 23 de octubre de 1373 a ju­lio de 1374. El mismo atendió, copiando a menudo de su puño y letra, a las primeras copias de las obras poéticas del Alighieri (Vida nueva, Canciones, Comedia); y lo mismo hicieron otros escritores y literatos de la época que, como él, presentaron co­mentarios casi siempre fragmentarios y a menudo incompletos. Son frecuentes en esta época los resúmenes y compendios en verso de los tres cantos; es una laboriosidad, mo­desta en los resultados críticos, pero Utilí­sima para la primera divulgación que atrae al pueblo hacia el magno poema y conserva para la posteridad ya lejana el significado especial de algunas locuciones característi­cas o fácilmente caídas en desuso y algu­nas noticias peregrinas sobre personajes his­tóricos de segunda fila. En este sentido son, aún hoy en día, preciosas las glosas al pri­mer canto de Iacopo Alighieri, segundo hijo de Dante, de Graziolo de Bambaglioli, can­ciller del municipio de Bolonia, de fray Guido da Pisa (cuya obra en gran parte continúa inédita) y de un anónimo de Siena, que prometió, pero no llegó a escribir, las glosas al «Purgatorio» y al «Paraíso».

Com­pusieron resúmenes en verso del poema Iacopo Alighieri, Bosone da Gubbio, Guido da Pisa, Giovanni Boccaccio, Cecco di Meo degli Ugurgieri da Siena y Mino di Vanni d’Arezzo. Comentaron más o menos com­pletamente los tres cantos el boloñés Iacopo della Lana inmediatamente después de la muerte de Dante; un anónimo florentino que se suele denominar el Optimo commento (algunos opinan que se trata de Andrea Lancia) del cual se tienen tres redacciones distintas; Pietro Alighieri, primogénito del poeta, que también rehízo por lo menos tres veces su trabajo, del cual se derivan también las denominadas Casinens’es [Chíos casinas]. Los comentarios más minucio­sos y completos son: el de Boccaccio (de los dieciséis primeros cantos del «Infierno» aunque han surgido no pocas dudas respec­to a su autenticidad o respecto a la de determinadas partes; es obra erudita, dili­gente y minuciosa, y da fe, junto con la conocida Epístola de reprensión a Petrarca y la Pequeña disertación en loor de Dan­te (v.), del fervoroso culto de Boccaccio por Alighieri); de Benevento da Imela, que fue lector de Dante en Bolonia y dejó escritas varias de sus animadas disertaciones; de Francesco di Bartolo da Buta, lector de la Commedia en la Universidad de Pisa; de un anónimo florentino de fines del siglo XIV, gramático y conocedor de clásicos y de au­tores vulgares, de historia y de costumbres toscanas. A pesar de que el humanismo del siglo XV, por su culto a la lengua latina y por la debilitación de las concepciones religiosas y filosóficas de la Edad Media, dejase a Dante y a su obra algo en la pe­numbra, en Florencia su culto era perma­nente y se manifiesta especialmente en la obra de Crisóforo Ladino, quien recoge y conserva con afecto lo mejor que se ha­bía dicho como comentario de la Commedia por los intérpretes precedentes. También el petrarquismo, que en el XV se impuso como norma general del gusto literario, hizo con­siderar a Dante como escritor oscuro y de gusto bárbaro. No obstante, no le faltaron defensores entre los cuales podemos recor­dar, por lo menos, a G. B. Gallo y Benedetto Varchi. Con la reivindicación de la lengua vulgar como medio de expresión ar­tística y literaria llevada a cabo especial­mente por obra de Pietro Bembo, Dante (más bien por sus teorías lingüísticas que por el léxico empleado en la Commedia), vuelve a valorizarse y se convierte en ob­jeto de estudio, mientras la imprenta, cada vez más extendida, publica los comentarios hasta entonces inéditos de fray Giovanni da Serravalle y de Guiniforte Bargigi, reedi­ta los de Iacopo della Lana y de Crisóforo Landino, y divulga desde Venecia, a me­diados del siglo XVI, dos nuevos comenta­rios de Alessandro Vellutello y de Bernardino Daniello, ambos de Lucca. El XVII no ha dado obras sólidas y completas sobre el poema dantesco; el barroco no podía com­prender la concepción sobria y rectilínea de Dante. Pero, en compensación, el XVIII ofrece dos comentarios que ya dan principio a interpretaciones más completas y de vi­sión más moderna son los del padre Pom­peo Venturi y de fray Baldassare Lombardi.

Precisamente el XVIII da y vence una gran batalla en favor de Dante y echa las pri­meras bases de un estudio filológicamente cuidado y estéticamente fundamentado ha­ciendo enmudecer con la apasionada De­fensa de Dante (v.), de Gaspare Gozzi, las incomprensiones y las superficiales y limi­tadas valoraciones de Saverio Bettinelli. En resumen, la obra de Gozzi es la primera que considera el poema como la armoniosa rea­lización de una construcción majestuosa­mente arquitectónica, iluminada por episo­dios vivísimos y plásticos. Más geniales, aunque diferentes, encontramos sobre las huellas de Gozzi para honrar y celebrar a Dante a los máximos renovadores contem­poráneos de las letras italianas: Parini, Alfieri, Monti y Foscolo. Han enmudecido ya las voces en contra. Son tantos los litera­tos del XIX, grandes y pequeños, que si­guen estos ejemplos, que no podríamos mencionarlos sin hacer una larga lista. Mazzini, Balbo, Lomonaco, Troya, introducen con alta devoción de admiradores e incluso con algunos resultados científicos, el culto de Dante en el problema del Risorgimento de Italia y el divino poeta se convierte en «segnacolo in vessillo» para el creciente movimiento de liberación. Todos le aman, le buscan y quieren como bandera; todos le veneran a pesar de que para algunos es inaccesible. No se puede negar que, a pesar de que los estudios dantescos de entonces sean desproporcionados con respecto a fama tan grande e incluso a veces críticamente utópicos, han servido para dar a conocer el poema de una manera más vasta y para ahogar para siempre las interpretaciones mezquinas, moralistas, estrechamente con­fesionales y, lo que es peor, pedantescamen­te retóricas. Entre la vasta y multiforme producción de ensayos, discursos, investiga­ciones parciales, comparaciones y exposi­ciones retóricas, destacan los comentarios completos y basados sobre una concepción personal de Giosafatte Biagioli, de Paolo Costa, de Niccoló Tommaseo (muy amigo de comparaciones extensas y de considera­ciones morales y religiosas), de Brunone Bianchi, de Pietro Fraticelli (minucioso y muy cuidado), de R. Andreoli y de G. B. Giuliani.

Ejercieron gran influencia en la inter­pretación de Dante las dos grandes corrien­tes críticas de la segunda mitad del siglo pasado, derivadas, para entendernos, del dis­tinto magisterio literario de De Sanctis y de Carducci: por una y otra parte la exégesis y la interpretación dantesca fueron profun­dizadas y enriquecidas especialmente en la obra de algunos tratadistas insignes como D’Ancona, Del Lungo, D’Ovidio, Bartoli, Parodi, Barbi, cuyos seguidores continúan hoy día trabajando con resultados, que dos in­signes revistas, II Giornale Dantesco, y el Bollettino della Societá Dantesca Italiana, a la cual ha sucedido desde hace algunos años los Studi danteschi, registran y dan a conocer a los investigadores. Una aporta­ción notable al conocimiento de Dante en todo el mundo, y a veces también para co­nocimientos especiales de cuestiones filoló­gicas, es la de los investigadores no italia­nos, entre los cuales encontramos en gran número los de alemania además de Suiza, Francia, Inglaterra y América. Y, finalmen­te, es conveniente recordar, por lo menos, la obra de G. A. Scartazzini, llena de ardor y de entusiasmo divulgador, a pesar de no ser siempre segura en los resultados, con todo y la gran información bibliográfica. Son numerosísimos los modernos comentarios es­colares, pertenecientes a casi cada una de las casas editoriales; en ellos se insertan breves resúmenes de los últimos resultados críticos, puestos al día. Si quisiéramos re­cordar los autores haríamos una lista de poca utilidad y por lo demás fácil de en­contrar en cada caso. Recordemos, final­mente, la obra de varios institutos culturales y las dos colecciones de Lecturae Dantis, de Roma y Florencia, que publican las leccio­nes públicas dadas por dantistas más o me­nos valiosos.

G. Geryasoni