El Capitán Hatteras, Jules Verne

[Le désert de glace, aventures du capitaine HatteraS]. Novela de aventuras de Jules Verne (1828-1905), publicada en 1870. El año 1860, el capitán Hatteras zarpa de Liverpool para llegar al Polo Norte; pero, en cierto punto del viaje, la tripulación se amotina y hace saltar el buque, salvándose en las chalupas. El ca­pitán, falto de suministros, continúa animo­samente su viaje sobre los hielos acompa­ñado por el doctor de a bordo y del con­tramaestre, guiados por las indicaciones de un documento hallado por casualidad. Du­rante su desesperado camino encuentran el barco americano «Porpoise», abandonado en­tre los hielos y del que sólo ha sobrevivido el capitán Altmont, que también partió con el propósito de alcanzar el Polo. Con los restos del «Porpoise» construyen una caba­ña y con las vituallas encontradas a bordo se disponen a invernar. Durante la larga es­tación polar nace entre los dos capitanes, alimentada por el orgullo de la nacionalidad y la rivalidad de intenciones, una diferen­cia que no acaba trágicamente sólo porque los dos abrigan sentimientos de agradeci­miento recíproco. Pasado el invierno, me­diante trineos y barcas llegan a la meta: entonces el capitán Hatteras, después de cla­var la bandera inglesa en la cima de un volcán en el que ha identificado el punto exacto del Polo Norte, cae en el pavoroso cráter, en el que habría perecido, si no le hubiera salvado el capitán Altmont. Pero Hatteras está ya loco, y en el manicomio en el que le encerrarán, seguirá «caminan­do hacia el Polo». Pocas veces ha terminado Verne sus libros con un episodio trágico como la locura del capitán Hatteras; y la atmósfera de pesadilla que acompaña toda la aventura la convierte en una de las me­jores novelas inspiradas en empresas polares.

A. Fabieti

El Capitán Fracasse, Théophile Gautier

[Le Capitaine Fracasse]. Novela de Théophile Gautier 1811-1872), publicada en 1863. Nos presenta al principio un abandonado castillo de Gascuña, en la primera mitad del siglo XVII, donde el último heredero de los Sigognac vive melancólicamente en la miseria, sin más compañía que la de un viejo criado, un rocín y un gato. Una compañía de cómi­cos de la legua interrumpe su perezosa so­ledad, pidiéndole hospitalidad por una no­che. Estos curiosos tipos (el Pedante, borra­chín insigne, el Tirano, especie de gigante colérico de buen corazón, el Matamoros, de delgadez espectral, Leandro y Escapín), acompañados por cuatro mujeres (la ama­nerada Serafina, primera dama, la delicada Isabel, «ingenua», la picante y maliciosa criadita y la Matrona), con su brío, con su lenguaje graciosamente artificioso (estamos en tiempos de las «preciosas»), con su des­preocupada alegría, encantan al joven ba­rón de Sigognac y le persuaden a unirse con ellos, al menos hasta llegar a París, donde encontrará mejor fortuna. El joven, además, acaba estrechando amistad con aquellas buenas gentes y, a la muerte del pobre Matamoros, acepta ocupar su lugar con el nombre de Capitán Fracasse. Un pro­fundo y delicado amor empieza a unirle con la joven Isabel. Se alternan entre tanto ex­trañas aventuras, agradables descripciones de lugares, pueblos, posadas, tabernas, tu­gurios, teatros y ciudades. Hasta que un poderoso gran señor, el duque de Vallombreuse, galán desdeñado por Isabel, la hace raptar y la lleva a su castillo. Los cómicos, bajo la guía de Sigognac, sitian el castillo libertando a la muchacha y el barón hiere gravemente en duelo al raptor. Llega el padre de éste, el príncipe de Vallombreuse que recoge al hijo, al que da por muerto y reconoce, al mismo tiempo, en Isabel a su única hija, raptada cuando niña. Entre tan­to Singognac, convencido de haber matado al duque, para eludir el peligro, consiente en separarse de los cómicos y vuelve a su castillo. Pero el duque de Vallombreuse no ha muerto; curado de la tremenda herida y de su pasión, va en busca de Sigognac, que se casará con Isabel y recobrará el ran­go que corresponde a su nobleza y valor.

La segunda parte de la novela es, como se ve, algo artificiosa (no falta un tesoro oculto en el viejo castillo y que consigue «in extremis» enriquecer al héroe), y resulta algo prolija. Es clara la influencia de la Novela cómica (v.) de Scarron. Una vez más la mejor inspiración de Gautier se muestra descriptiva: ha dibujado y coloreado aquí una hermosa serie de cuadros Luis XIII, como había tratado de hacer una colección de exquisitos cuadritos de fines del XVIII en la Señorita de Maupin (v.). Pese a sus defectos y a cierta lentitud, el libro es de todos modos considerado la obra en prosa más conseguida y característica de este pin­toresco escritor. [Trad. de C. Rivas Cherif (Madrid, 1921)].

M. Bonfantini

Théophile es un escritor de un mérito tan nuevo como único. (Baudelaire)

Es verdaderamente un maravilla de estilo, de color y de gusto. (Flaubert)

*    De la novela de Théophile Gautier, Caulle Mendés (1842-1909) sacó su libreto para la ópera cómica en tres actos y seis cuadros, Le Capitaine Fracasse, con música de Émile Pessard (1843-1917), y estrenada en París en 1878; Émile Bergerat sacó un drama en cinco actos, representado en París en 1896. Se titula El Capitán Fracassa [Kapitán Fracassa J una opereta de Rudolf Dillinger (1857-1910) representada en 1889, y tam­bién una comedia musical de Mario Costa (1858-1938), representada en 1909.

Capitán Dodéro, Antón Giulio Barrili

[Capitan Dodéro]. Novela de Antón Giulio Barrili (1836-1908), publicada en Milán, en 1865. El capitán Do­déro es un viejo lobo de mar que gana la atención de una peña de amigos al relatar una de sus aventuras juveniles. A los vein­ticuatro años se había embarcado como se­gundo en un buque con rumbo a Lima, cuando, pasado el Cabo de Hornos, naufra­gó, salvándose a duras penas en una isla habitada por salvajes antropófagos. Aquí, afortunadamente para él, había desembar­cado unos veinte años atrás otro náufrago, el señor Labsolu, curioso tipo de parisiense, maestro de baile y perfumista, que se había librado de ser comido gracias a la simpatía inspirada a la reina madre de la tribu, y que, casándose morganáticamente con ella, había educado en la civilización a la joven princesa «Rocío de la mañana». Gracias a la ayuda de Labsolu, el robusto Dodéro no sólo consiguió evitar el caldero, sino que acabó conquistando a la princesa, cuyo resplandor y cuya gracia le habían enamorado loca­mente en el acto, y vivió junto a ella en el encanto del edén salvaje, hasta el día en que el arma de un celoso rival le quitó la vida. Pero, con gran desilusión de los amigos que escuchan intrigados, todo el cuento no es más que la relación de un sueño que Dodéro había tenido en su ca­marote, presa de la fiebre, mientras su bu­que doblaba felizmente el Cabo de Hornos. El cuento, que es una de las primeras ten­tativas de Barrili como narrador, tuvo un gran éxito y ya presenta todas las carac­terísticas que distinguieron su abundante producción. Agradable y moral en la tra­ma, vivificado por alguna que otra chispa de modesto humorismo, llegó a ser un no­velista popular muy querido por un público honrado y de pocas pretensiones.

E. C. Valla

La indiferencia de Barrili no es tampoco esa ironía que se encuentra en algunos ar­tistas y que oculta un interés de género par­ticular; es, al contrario, verdadera super­ficialidad. (B. Croce)

Capitanes Intrépidos, Rudyard Kipling

[Captains Courageous]. Relato de Rudyard Kipling (1865- 1936), publicado en Londres en 1897. Al igual que en el Libro de la jungla (v.), en Kim (v.) y en Stalky & C. (v.), el autor estudia atentamente al hombre en forma­ción, al joven ya en lucha con la vida y con sus emboscadas: tema predilecto de Kipling, en parte derivado de Stevenson, en parte influido por los recuerdos de los años pa­sados en la India, es decir, en un país don­de el muchacho se desarrolla casi en la calle y donde, como consecuencia, las influencias y los contactos tienen una fuerza más activa que en Occidente. Estos «capita­nes intrépidos» son los marineros que si­guen las rutas de los mares del Norte para encontrar los grandes bancos de pesca, los solitarios de las goletas qué conocen las tempestades que no perdonan y los naufra­gios sin salvación, así como los sacrificios y heroísmos que los acompañan. Hervey Cheyne, un «desgraciado heredero de trein­ta millones», caído al mar por casualidad, es recogido por la tripulación de una gole­ta, la «Estamos aquí» y, obligado a com­partir la suerte de sus improvisados compa­ñeros, deja en pocos meses de ser «un ob­jeto de gran lujo con la marca de fábrica bien visible» y se hace hombre. Las finalidades didácticas del relato están hábilmen­te disfrazadas con su arte forjado de apa­rentes descuidos y coloraciones atrevidas y con su adherencia a la realidad lírica y hu­mana de algunos personajes, como el peque­ño Dan y Manuel el cantor, que confiere a muchas de sus páginas un carácter poético a la par que documental («Lo más intere­santes del mundo es conseguir saber cómo el prójimo se gana la vida») [Trad. de J. Novo Cerro con el título Capitanes va­lientes (Buenos Aires, 1948)].

E. Gara

Capitán Chimista, Pío Baroja

Las siete partes de que está formada La estrella del capitán Chimista, del buen novelista español Pío Baroja (1872-1956), son una serie de aventuras más o menos afortunadas, más o menos verosímiles, del capitán Embil y, en menor parte, o, si se quiere, de manera esporádica de Chimista. La novela carece de unidad, porque no se puede considerar como tal la narración en primera persona de Embil, esto es, la versión de Cincúnegui. La novela data de 1931: para esas calen­das, Baroja ya había definido qué cosa era un «hombre de acción» y había dado a la literatura española una riquísima galería de tipos. Genuinamente barojiana — de uno de los posibles Barojas, al menos— es esta novelesca narración desarrollada en Cuba, en Tahití, en las Filipinas, en el mar de la China, por los mares del Pacífico y terminada en Inglaterra, con incursiones al Perú y a España. Todas estas peregrina­ciones de los dos capitanes vascongados son pretexto para urdir una variadísima serie de descripciones que afectan a países, tipos, costumbres, y en las que el novelista reúne una rica información de lo que era la vida en sitios tan distantes y tan dispares como Lima, Manila, Cantón o el condado de Devonshire en el siglo XIX. Seguir los pasos de los capitanes, Chimista y Embil, sería interminable; en la carta de Hermann Schwarzenacker, fingido sabio alemán que abre las páginas de la novela, hay unas lí­neas que podrían suscribirse como punto de partida: «los dos tipos de su obra están bien: el uno es un jefe que sabe mandar; el otro, un escudero fiel, de la raza de los hombres leales, de confianza».

Las dos primeras par­tes están centradas por Chimista, por su heterogénea personalidad de pirata, médico homeópata, y combatiente contra el Viz­conde y el doctor Mackra, sus antiguos aliados. En Cuba, Embil se va con Chimista abandonando a Panchita, su mujer, y mue­re el Vizconde. El tercer libro son una serie de correrías por el Pacífico y por el Atlán­tico Sur (Tahití, Rio de Janeiro, las Filipi­nas), aprovechadas para presentarnos la gran variedad de motivos: logias masónicas, la vida en Lima, la historia del barco fan­tasma… La quinta parte es la historia de Embil por el mar de la China y la narración de usos y costumbres de aquellos puertos; aún se prolongan estas andanzas — entre­mezcladas con nuevas singladuras — en una sexta parte dedicada a gambusinos y pira­tas amarillos, con peregrinas historias como la de la estatuilla de Buda. La séptima par­te viene a ser el desenlace —cansino ya — de tanta .andanza. En un tifón, se pierde La Sampaquita; Embil es envuelto en un proceso como responsable; cuando va a ser condenado, Chimista le salva. Juntos em­prenden un viaje, encuentran al doctor Mackra que muere en manos de Chimista. Éste — enriquecido por una herencia en In­glaterra— se retira de toda actividad y se dedica — sólo — a su vida familiar; Embil redacta un Diario que en manos de Cincúnegui fue el pretexto retórico de la novela.

M. Alvar