Lecturas Compulsivas (Félix de Azúa)

Creo que nunca había sentido una “metacompulsión”. Pero no conozco mejor modo de llamar a lo que me sucedió en cuanto me hice con Lecturas Compulsivas, de Félix de Azúa. Me aferré al libro y dejé que gobernase mi vida durante una semana. Nunca me había saltado deliberadamente mi parada de Metro. Hasta que una extensa “benetiana” se reveló más larga que mi trayecto habitual. En cualquier caso, no me arrepiento. Leerse un "azuíta" sigue siendo una aventura hacia el conocimiento. Con Lecturas Compulsivas he descubierto nuevas formas de leer libros que yo ya había leído; he conocido nuevos autores que, al parecer, merecen la pena; me he maravillado ante la perfección de las lecturas de Félix y he aprendido muchas cosas de mi propio proceso lector.

En primer lugar, me tuve que sonreír, cuando apostada en mi butaca del TALGO leía el artículo “Por una lectura ferroviaria”. Y este libro ha sido mi lectura ferroviaria en los tres viajes que he hecho entre mi tierrina astur y Madrid en esta semana.

http://blogs.ya.com/lomejordeloslibros/200412.htm
Lecturas Compulsivas es una recopilación de artículos publicados en periódicos (EL PAÍS, La Vanguardia, Diario de Barcelona) y revistas (Archipiélago, Claves o Lateral entre otras); de conferencias dictadas en universidades o leídas en homenajes; de prólogos a ediciones de libros; de apuntes nunca publicados e incluso del prólogo presentado a los ganadores de un concurso de relatos en el que Félix actuaba como juez.

Como podemos ver, se trata de una antología que reúne textos de muy diferente origen, realizados para medios de diferente especialización, de distinta extensión y también de calado distinto. Esta variedad ya supone toda una riqueza para explorar los diferentes recursos y estilos de la prosa reflexiva de Félix de Azúa. Comparar el texto escrito como homenaje a Benet con un estudio más sesudo sobre el poeta Rimbaud (autores que según Azúa tienen mucho que ver, por cierto), no supone constatar ninguna diferencia en la profundidad y en la precisión de las ideas y reflexiones que exponen. Félix adelanta a Penélope por la derecha y ata absolutamente todos los hilos en una extensión pasmosamente corta. Sin embargo, la concisión no va en detrimento de la calidad. Ni siquiera al contrario. Félix parece encontrar siempre la idea que encaja en el hueco, la que puede rellenar un silencio, sin retumbar ni dejar retazos sin cubrir. Nunca sobra una palabra, aunque tampoco falta nunca: son las necesarias para la comprensión y el disfrute de la idea. Azúa no se anda con ornatos gratuitos e innecesarios ni escatima una sola explicación cuando cree que no va a ser comprendido de inmediato.

Reflexiones como: “Queremos habitar la tierra como si fuera nuestro hogar, aunque para ello debemos reventarla y explotarla hasta dejarla irreconocible” no sólo contribuyen a comprender mejor la obra de Kafka, sino que también aportan un conocimiento tan pasmoso y tan sosegado sobre el mundo y sobre el ser humano, que ante ellas sólo cabe esgrimir el lápiz, liarse a subrayar y asentir incansablemente con la cara de anonadado que se le queda a uno cuando le enseñan una verdad con mayúsculas y sin tapujos.

Según el propio autor, la motivación para compendiar todos estos textos nace del entusiasmo con que se crearon y del entusiasmo “que desean inducir en los siempre imprevisibles lectores”. Y Félix de Azúa parece ser un experto en inducir ese entusiasmo: leyendo este refinadísimo catálogo de lecturas, se experimenta el deseo de romperse una pierna para poder ponerse con Thomas Mann; el orgullo enormísimo de haber devorado muchos “dostoievskis”; el remordimiento por haber pasado de largo por la prosa de Benet; la curiosidad por leer supuestas joyas casi totalmente desconocidas como El Concierto de Harmut Lange; la melancolía de no poder volver a leer a James por primera vez; el alivio ante la desmitificación de Kafka; la satisfacción de ver subsanada la propia ignorancia a cada hoja y, en definitiva, la incertidumbre ante la elección del próximo libro: ¿Otro de Azúa o uno de los que él recomienda?

Me ha encantado descubrir esta galería de obras y autores, en la que parece que convergen estilos muy distintos: el retrato cariñosísimo y en términos de gran admiración que hace Azúa de Rafael Sánchez Ferlosio difiere totalmente del estudio concienzudo y pormenorizado de Arthur Rimbaud; la dulcísima e intrincada ironía con que habla de Unamuno no tiene nada que ver con el tono íntimo que utiliza para hablar de Lange. Y así, siempre. En este libro no se descubren y redescubren autores de todas las épocas, nacionalidades, lenguas y formas de escribir la vida posibles, sino que se descubren y redescubren azúas de todo tipo: desde el más campechano al más académico, desde el más irónico al más serio.

Y al cerrar el libro y rezarle a San Anagrama por publicar esto a precio asequible, se formula uno otro deseo: no aprender a escribir como Azúa; aprender a leer como él.

En Internet puedes encontrar entrevistas con el autor y Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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El alma del hombre bajo el socialismo (Oscar Wilde)

Esta es una curiosa obra de ensayo del genial autor irlandés en la qque hay que decir que el título no tiene nada que ver con lo que el autor aborda, pues para Wilde el socialismo, tal y como él lo planteaba, no tiene nada que ver con la corriente política que luego se fue extendiendo por Occidente.
El socialismo de Wilde es una especie de cristianismo humanitario y solidario sin mención alguna a la colectivización de bienes, y sin mención alguna al reparto o creación de la riqueza, que es lo que el socialismo propugnaba en la época del autor.
Digamos que el socialismo de Wilde es una especie de mundo feliz en el que todo el mundo quiere a todo el mundo, y no existe competencia de ningún tipo. Es una especie de cooperativismo a lo Walden, con gentes empeñadas en aunar esfuerzos por un fin comñun. Es unaobra de ciencia ficción, vaya, o de comuniñón de los santos, si nos ponemos más teológicos, pero no tiene nada que ver con la naturaleza humana.
No deja de extrañar que un individuo como Wilde, tan ácido en otras ocasiones, escribiese semejante ensato, más cerca a sus cuentos, bellísimos pero algo  algo empalagosos, como el gigante egoísta, que a las obras teatrales que el han hecho verdaderamente famoso. O al retrato de Dorian Grey incluso.
Quien se acerque a esta obra, que lo haga oensando que por una vez, el autor, ono sabía d elo que hablaba. O por lo menos, no hablaba de lo mismo que nosotros cuando nos referimos al socialismo.
Es lo que tienen laspalabras. que van cambiando.

www.javier-perez.es

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Apocalípticos e integrados (Umberto Eco)

 

A Umberto Eco se le conoce por estas tierras, en líneas generales. Todos hemos leído “El nombre de la rosa” para poder decir después lo buena novela que es (y, efectivamente, lo es). Incluso la hemos comprado en edición barata en alguna feria del libro del parque. “El péndulo de Foucault” ya es menos leído, pero quien más quien menos sabe que después de las primeras cincuenta páginas volando agarrados al péndulo como un auténtico Pinito del Oro de la postmodernidad literaria, encontraremos una gran novela con templarios y ordenadores a partes iguales. “La isla del día de antes” es más propia ya de científicos (a mi me costó grandes esfuerzos, la verdad, y me aburrí soberanamente entre tanta agua y tanto reloj… ¿acaso estaremos más agarrados a la pata de la vida si tenemos más relojes cerca?). Luego ha parido “Baudolino”, libro excelente.

Bien, ya que todos conocemos las novelas de Eco como si las explicarámos en clase a alumnos locos por no oírnos, quiero “hacerme Eco” de otra obra suya que se conoce algo menos, pero que también se cita cuando uno se quiere poner pedante, que es “Apocalípticos e Integrados” (por cierto, lo triste del eco es que repite nuestras mismas tonterías, no es innovador…). En ella, además de otras variadas reflexiones, maravillosas para que un pedante las arroje a la cara de su incauto oyente, define el modo de enfocar la cultura tanto del apocalíptico como del integrado: el apocalíptico tiene la impresión de que, culturalmente, todo se cae, que ni la novela ya es lo que era, ni la poesía, ni la cultura en general. Nada levanta cabeza desde hace siglos. En el fondo, entiende la cultura como un reducto de elites y es un nostálgico de esas épocas en que la cultura estaba en los monasterios y en cuatro bibliotecas particulares. La cultura nos separa de las hordas iletradas (¡Ortega, ven a mi!), la generalización es encanallamiento y Gutenberg un traidor (nota molesta: cuidado con la nostalgia, que puede hacernos añorar tiempos que nunca existieron). Cuentan de D’Ors, el Xenius de España y Cataluña o al revés, que cuando dictaba una carta a su secretaria (éstos tenían secretaria siempre) le pedía que la leyera y le preguntaba “¿la entendió usted, señorita?”. Cuando la chica contestaba que sí, el Xenius, muy serio, comenzaba a dictar otra que sustituyera a la anterior. Por supuesto, ininteligible. ¿Sus palabras al alcance de cualquiera? No, degradarse lo justo, no más. Entronca con el comentario típicamente apocalíptico de que un libro científico o poético, si lo entienden demasiados lectores, no puede ser bueno.

El integrado considera que lo que se entiende por cultura de masas también es cultura: el cómic, la música que no es clásica, etc., y está más a favor de crear bibliotecas públicas que de criticarlas por sus escasos fondos. Es una actitud ante la vida. Eco está con el integrado. Yo también. Aunque debemos ser integrados lúcidos, pues de lo contrario acabaremos comulgando con ruedas de molino y tragándonos sapos culturales de considerable tamaño. Así, además de una actitud favorable a la difusión de la cultura a los más amplios sectores sociales (que no es degeneración cultural, que no…), hay que predicar con la actitud.

Por otra parte, si pensamos racionalmente, podemos llevarnos sorpresas: por ejemplo, nadie en su sano juicio literario nos criticará por llevar a Tolstoi debajo del bracete por el paseo marítimo y, de vez en cuando, incluso, abrir el libro y leer algo, para dar ejemplo al tendido. Bien. ¿Y acaso las novelas de Tolstoi, además de suponer un impresionante fresco histórico, no vienen a ser, en su afán por reflejar la sociedad rusa y sus sentimientos, excelentes dramones bien escrito, bastante parecidos a lo que en el fondo pretende cualquier culebrón televisivo, realizado con menos medios y asento de ayá, m’hijita? Pensémoslo: ¿qué es mi admirada Anna Karenina sino un hervidero de pasiones y convencionalismos sociales?. ¿Acaso la Doña Flor de Jorge Amado no dio para un culebrón de muchos capítulos sin que la patética serie repercutiera negativamente en la novela? Posiblemente animara a alguien a leer la novela. Eso está bien: es mejor cultura que divulgación cultural, de acuerdo, pero es mejor divulgación cultural que nada.

Habrá límites, claro: no podemos medir por el mismo rasero a Georgie Dann y a Manuel de Falla, o comparar la canción de Dinio con la música de su paisano Silvio Rodríguez, por poner ejemplos más actuales. El integrado corre el riesgo de comulgar con ruedas de molino a nada que se distraiga. Debemos asumir la responsabilidad de no caer en ello, por muy integrados que seamos. Es un deber que debemos asumir cada mañana.

El otro día, sin embargo, me puse apocalíptico yo también y escribí un versito titulado “En breve espacio de tiempo”. Decía así: “Las Autoridades Sanitarias advierten / de que la reflexión, / cuando es demasiado intensa, / y las inquietudes intelectuales en general / perjudican seriamente a la salud”. / Acabaremos encontrando este recordatorio / en cada libro. / Al ritmo que vamos…”. Y es que tampoco se puede ser integrado sin interrupción, después de lo que uno ve a veces…

Antonio José Quesada Sánchez
Rebelión

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La sonrisa americana (Xavier Mas de Xaxàs)

Un estudio sobre Estados Unidos y cómo afecta al resto del mundo.

El autor intenta analizar la sociedad americana acudiendo a sus inicios y relatando de forma amena y muy fácil de comprender tanto el nacimiento de la república, con sus famosos Padres Fundadores (Washington, Jefferson, Franklin, Adams…) y la creación de la democracia y de la constitución que protegía los derechos humanos.

Comenzando en sus inicios y llegando a la actualidad, se relata desde la forma de ser de los norteamericanos, o en qué consiste el famoso “sueño americano” hasta el escándalo de Clinton en el despacho Oval o la forma en que se pueden perder o ganar unas elecciones debido a la forma en que está organizado el voto en el país y cada uno de los estados.

También describe la forma de vida americana: comida basura, armas, vida en el campo, culto al cuerpo…

De vez en cuando compara la historia de los Estados Unidos con la de España (sobre todo Cataluña) y otros países, ayudando a comprender mejor los hechos históricos.

Un ensayo de fácil lectura, lleno de datos curiosos e interesantes bien relatados que sólo se hace pesado cuando se pone a enumerar cifras y porcentajes. Interesante.

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El secuestro (Georges Perec)

Un tal Tonio Vocel ha desaparecido. De inmediato, un grupo de gente de nombres extravagantes inicia las pesquisas para averiguar qué es lo que ha ocurrido. Varias muertes se suceden en el grupo. Pero el misterio es más obvio de lo que parece…

Novela totalmente metaliteraria y Oulipiana, que se puede considerar un alarde en sí misma. Dado que resulta imposible hacer el comentario sin revelar el supuesto "misterio" que subyace, aviso que a partir de aquí se descubre todo, para que dejen de leer si no les interesa saberlo. Si en "La Vida, instrucciones de uso", Perec realizaba una unión casi perfecta entre el fondo y la forma, en esta novela, o mejor dicho, en su traducción, se trata en un noventa por cien de forma, sin casi contenido. Repito lo de la traducción, ya que el original de Perec, que no he leído, obviamente, no lo puedo juzgar. No es una cuestión baladí en este caso. Tal y como reza en la introducción de la novela, ésta se consideraba intraducible, debido a los juegos de palabras del autor y al hecho de que no utiliza la vocal "a" en todo el texto (la "e" en el original): se trata de lo que se denomina una lipograma. Esa es la famosa "desaparición" a la que alude el título original, el misterio a que se enfrentan los seudopersonajes del libro y que para el lector es bastante evidente en el momento en que se encuentra con giros lingüísticos inusuales, sinónimos rebuscados, abreviaturas (tb por "también"), palabras en otros idiomas, diálogos y frases sin pies ni cabeza, nombres de personajes reales deformados como Levi-Stross, Rimbó, etc (para evitar la "a") y sobre todo, a las pistas que da el mismo editor, plantando una gigantesta A en la portada del libro. El libro se hace pesadísimo de leer debido a la forma en que está hecha la traducción, tan forzada (aunque los traductores se defienden en el prólogo diciendo que es "la mejor posible"). Prácticamente, no te enteras de nada de lo que está pasando, si es que pasa algo (intuyo que los "personajes" son las demás letras del abecedario, pero no estoy segura). Lo mismo te meten textos plagados de palabras cultas como nívea (para no poner "blanca"), grosso modo (que se repite como la cebolla), deceso, jurisperito, cubículo, pubescente, vergel, etc… como te saltan con expresiones de argot y lenguaje coloquial ("que te den", "curritos", "pijo", etc). El argumento queda oscurecido debajo de estos velos impenetrables que hay que navegar con muy poco viento en las velas, pues las ganas de llegar a puerto son casi nulas. Los traductores recurren incluso a la "adaptación" a la cultura española de detalles culturales propios, llegando a utilizar iconos de los dibujos animados patrios como "Willy Fogg", o nombres de editoriales españoles, o textos de poetas como Bécquer, que se adaptan, lógicamente, para que no aparezca la "a" dichosa.
Me resulta incomprensible la razón por la cual Perec afrontó la ardua tarea de escribir un libro sin "e" ("a" en español). Si quería demostrar que podía hacerse podría haber escrito un relato o algo más breve. Este es un ejemplo de la literatura que se aleja voluntariamente del lector y busca meramente el alarde y el más difícil todavía, quizás la vanidad del autor. Por suerte, no hay muchos libros como este, de lo contrario, nadie leería, puesto que el placer que se puede obtener de un ejercicio vano y egocéntrico de esta categoría es nulo. Tal vez el original sea mejor, o al menos se entienda, pero esta traducción es directamente ilegible e ininteligible.

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