Las Cazas de Baal

Se conoce bajo este título un fragmento mitológico hallado en las ruinas de la ciudad de Ugarit, en la Siria septentrional, escrito en la lengua se­mítica de dicha ciudad y en caracteres alfa­béticos cuneiformes. El dios El somete a Baal a la prueba de la caza en el desierto, prueba muy difícil, ya que Baal es la di­vinidad de la lluvia, cosa insólita en las re­giones desérticas y áridas. Baal sale de caza y abate todos los demonios que encuen­tra. Consigue incluso fecundar el desierto y, cuando sus hermanos lo buscan, le hallan rodeado de víveres en abundancia. Así se explicaban los fenicios la existencia de los oasis en el desierto.

G. Eurlani

El Cautiverio Babilónico de la Iglesia, Martín Lutero

[Büchlein von der babylonischen Gefangenschaft der Kirche ]. Este libro de Martín Lutero (1483-1546) sigue a tres meses de distancia (octubre de 1520) su manifies­to A la nobleza cristiana (v.) Lutero con­fiesa, al comenzar, que se ha visto obli­gado por las polémicas que ha sostenido a tomar una posición cada vez más radical contra lo que él llama la «tiranía romana», que mantiene a la Iglesia en un cautiverio parecido al de los hebreos en Babilonia.

Y como el instrumento de esta opresión es la disciplina sacramental de la Iglesia, Lute­ro se propone examinar de nuevo su buen derecho a la luz de las Sagradas Escrituras. Reduce el número de los sacramentos de siete a tres (bautismo, eucaristía y peniten­cia); más tarde dejará de considerar la pe­nitencia como un sacramento aparte, reduciéndola al bautismo del cual es una ex­pansión. Pero, en realidad, afirma, hay un sólo «sacramento» bajo diversos «signos». El concepto sacramental se relaciona estrecha­mente, en Lutero, con la doctrina de la «jus­tificación por la fe» (v. Libertad del Cris­tiano). Puesto que la única condición para salvarnos consiste en creer confiadamente en las promesas de la misericordia divina, tiene máxima importancia que éstas sean atestiguadas de manera indudable para las conciencias atormentadas. Para esto sirven los sacramentos, que son justamente una so­lemne convalidación de la promesa de gra­cia, expresada en diversos «signos». Este concepto excluye, según Lutero, que el sa­cramento pueda ser considerado como «obra meritoria»; que la eucaristía en particular, sea un «sacrificio» ofrecido a Dios. El que comulga no da, recibe» y el recibir no con­fiere ordinariamente ningún mérito. El ha­ber hecho de la misa un «sacrificio» y una obra meritoria es una de las «cadenas» de que se sirve el Papado para tener en «cau­tiverio» a la Iglesia. Otra cadena es la su­presión del cáliz para los laicos, lo cual acredita la idea de una superioridad de «es­tado» del clero.

Y la tercera cadena es la doctrina de la transubstanciación, por la cual el sacerdote celebrante se convierte en instrumento de un milagro físico. Lutero, por lo demás, no se propone negar en modo alguno la realidad de la presencia del cuerpo de Cristo en las especies eucarísticas, sino que combate la doctrina escolástica de la transmutación de sustancia por ser doctri­na reciente, debida a la influencia de la filo­sofía aristotélica con sus categorías (sustan­cia y accidentes), pero no contenida en las doctrinas ni necesaria para la piedad. Para demostrar cómo se puede concebir la rea­lidad de la presencia de Cristo sin afirmar una transformación de los elementos, Lute­ro propone la analogía del hierro candente; como el fuego penetra en todas las partícu­las del hierro, así el cuerpo de Cristo com­penetra los elementos eucarísticos («consustantiatio»). Pasando a tratar del bautismo, Lutero niega que su eficacia pueda ser bo­rrada por un pecado aunque sea mortal, mientras subsista la fe, esto es, la con­fianza en la remisión de los pecados por pura gracia. El pensamiento del propio bau­tismo es, pues, para el creyente un consuelo inconmovible en las desgracias de la vida, la promesa de un retorno siempre posible a la casa del Padre celestial. En este senti­do, como se ve, la meditación del bautismo viene a recubrir y consolidar por sí mismo el consuelo de la penitencia, que cesa como sacramento aparte. Lutero trata después de los votos monásticos (fuertemente combati­dos) y de los demás actos sagrados (confir­mación, ordenación, matrimonio, extrema­unción) a los que niega el carácter estricta­mente sacramental, o porque no prometen la remisión de los pecados (matrimonio), o porque están reservados para una categoría particular de personas (ordenación), o por estar, según su conocido criterio, insuficien­temente fundados en la Sagrada Escritura.

G. Miegge

Cartas de Colombini

El rico mercader sienés Giovanni Colombini (1304-1367), ex alcalde de su ayuntamiento, luego de convertirse en 1355 a la vida de pobreza y a la predicación del amor evangélico y haber dado todas sus riquezas al convento de San­ta Bonda y al hospital de Santa María de la Scala, expresó su ideal místico y so­cial en numerosas cartas, que han llegado a nosotros en abundante recopilación, publi­cada por A. Bartoli (Lucca, 1856), y que van dirigidas a sus cofrades exaltando franciscanamente la «santa ricca povertá», a las religiosas de Santa Bonda con admoniciones que recuerdan las enseñanzas de San Francisco a las Clarisas; a Pablo de Padua de los hermanos Ermitaños, a quienes mani­fiesta su fe en una «renovacón del mundo». Colombini expresa también, como suelen hacerlo los místicos, severos juicios contra los vicios de los eclesiásticos, y afirma que es más fácil suscitar la fe más viva, por medio del sentimiento, en los pecadores in­veterados que en los que la profesan tímida y presuntuosamente. Son conmovedoras las cartas en que Colombini cuenta las inci­dencias de su estancia en Viterbo junto al pontífice Urbano V, porque reflejan las penalidades por la enemiga de los malévo­los, los interrogatorios suspicaces, la cauta moderación de la Iglesia, que imponía una férrea disciplina. Pero revelan también su gran fe en la obra mística y en la benig­nidad del Papa, con pleno abandono a la voluntad de Dios. El reconocimiento de su inocencia, él lo atribuye al Pontífice y a la ayuda divina, y justifica a la Curia por sus sospechas, porque no es «culpa de los que rigen la Iglesia, sino de los pobres so­berbios y errantes». Franco, vigoroso, pleno de fe y reflexivas convicciones, este epis­tolario es fruto de una gran pureza espiri­tual y revela una vida entendida como misión y milicia, como una continua acti­vidad intensa y tranquila al servicio de Dios y del Evangelio. Cuando expresa sus entusiasmos místicos, más que poeta y ar­tista, Colombini se revela como un santo en contemplación y bajo el total dominio de Dios. Por eso sus cartas han de ser juzgadas por su devoción y por el amor divino de que están animadas.

G. Gervasoni

Cartas a los Protestantes, Paolo Sarpi

[Let­tere ai protestanti]. Con este título se de­signan las cartas de Paolo, originariamente Pietro, Sarpi (1552-1623), a varios protes­tantes, publicadas muchas veces en colec­ciones parciales o incorrectas y no editadas críticamente hasta 1931, al cuidado de Duilio Burnelli. La figura del gran consultor de la República Véneta queda en esta co­lección perfectamente iluminada en cuanto a los problemas de la religión entendida en sí y por sí, y en sus relaciones con el Es­tado; como no se atrevía a manifestar su pensamiento a sus amigos católicos, aunque fuesen realistas o galicanos, Sarpi podía desahogarse con mayor holgura con los pro­testantes, generalmente franceses y hugo­notes. Son importantes las 115 cartas al pa­tricio Jéróme Groslot de l’Isle, conocido en Venecia durante el Interdicto, y correspon­sal suyo desde 1607 a 1613, y ocasionalmen­te hasta 1618; las dirigidas al hugonote ita­liano Francesco Castrino (que continuó los informes de l’Isle a partir de 1608), en nú­mero de 52; y las 45 a los alemanes Christoph (1583-1637) y Achatius von Dona (1581- 1647), que intentaron diplomáticamente en Venecia la reforma evangélica y la alianza con los principes protestantes de alemania.

Ocupan un lugar especial las 10 cartas a Philippe Duplessis-Mornay (1549-1623), go­bernador de Saumur y consejero de Enri­que IV; el famoso «papa de los hugonotes» durante el Interdicto había enviado a Ve- necia al pastor italo-ginebrino Giovanni Diódati y al patricio francés David Liques. Siguen dos cartas a Isaac Casaubon (1559- 1614), erudito calvinista, y una a Daniel Heinsius (1580-1661), dedicado a estudios li­terarios y religiosos, y en apéndice algu­nas cartas en latín y en francés de Duplessis-Mornay a Sarpi, desde 1608 a 1612. Las cartas del servita veneciano son lúcidas por su interés de estadista y jurista hacia los acontecimientos contemporáneos; es vi­vísima su comprensión de la vida política de Italia y de Europa, y de los diversos problemas que suscita la cuestión religiosa en sus repercusiones políticas. Son notables entre sus teorías las de la interioridad de la fe, de su independencia del Estado, y al mismo tiempo de la libertad de éste ante la ingerencia religiosa; en acre lucha con los jesuitas Sarpi da a entender asimismo a los hugonotes la necesidad de acceder a una mutua tolerancia más allá de todo con­flicto de secta. Esta colección es también interesante por los testimonios que ofrece acerca de la vida del autor, la composición de sus obras y el atentado de que fue víctima.

C. Cordié

Carmen Saliar

[Carmen saliare]. Los Salios, sacerdotes de la danza, que cele­braban el culto de Marte, de Hércules y de otras divinidades, eran doce, tantos como los sagrados escudos que custodiaban, en­tre los cuales uno se suponía caído del cielo. En el mes de marzo recorrían la ciudad en solemne procesión, y, cantando sus him­nos y bailando sus danzas, golpeaban los escudos. Estos cantos, de los cuales sólo quedan tres oscuros fragmentos, son el do­cumento más antiguo de poesía religiosa de carácter bélico, y, en contraposición al Carmen Arval (v.), de carácter agrario, re­flejan la atmósfera de guerra, típica de las primaveras sacras, entre los varios pueblos itálicos.

F. Della Corte