Miguel Servet

(En latín Michael Servetus). Nació en Villanueva de Sigena (Hues­ca), en una fecha incierta de 1511 (proba­blemente el 29 de septiembre, festividad de San Miguel), y murió en Champel el 27 de octubre de 1553. Estudió en Zaragoza, Barcelona y Tolosa. Secretario del confesor de Carlos I, Juan de Quintana, acompañó a su señor a la dieta de Augsburgo. Una vez se­parado de él marchó a Basilea y Estras­burgo y trabó relaciones con los reforma­dores Ecolampadio y Capitón. En 1531 pu­blicó en Hagenau de trinitatis erroribus, libri Vil, y poco después Dialogorum de Trinitate, libri II, y, posiblemente para atenuar un tanto sus efectos, De justitia regni Christi, capitula IV. La actitud de Servet, abiertamente opuesta al dogma de la San­tísima Trinidad, suscitó un vivo escándalo; en Estrasburgo las autoridades prohibie­ron la venta de sus libros.

El autor, en­tonces, se dirigió a París, donde estudió Medicina bajo el nombre de Michael «Villanovanus». Posteriormente estuvo en Lyon como corrector de pruebas al servicio de los hermanos Trechsel, para quienes publicó una edición del Tratado de geografía de Tolomeo. En 1540 se hallaba en Vienne, en el Delfinado, como médico del arzobispo; probablemente por aquel entonces descubrió la doble circulación de la sangre, o, por lo menos, la pulmonar. Mientras tanto, entre­gábase a la lectura de textos neoplatónicos y a la composición de su gran obra, Restitución del cristianismo (v.), en la que, más radicalmente que la misma Reforma, in­tenta llevar la religión cristiana a su estado original; para ello se remonta más allá de las formulaciones de los concilios de los siglos IV y V, carentes de fundamento en la terminología del Nuevo Testamento.

Su posición ha sido definida monarquismo modalístico neoplatónico, por cuanto acentúa la unidad (monarquía) divina y considera a las tres Personas como meras modalida­des fenoménicas de lo divino y al Logos como idea de las ideas y arquetipo de todo lo finito. Ya durante la redacción del texto había mantenido relaciones de carácter polémico con Calvino, a cuya obra La insti­tución cristiana (v.) parece oponerse la de Servet incluso en el título. Denunciado a la inquisición de Vienne por un refugiado fran­cés en Ginebra, que envió al tribunal un conjunto de cartas del autor dirigidas a Calvino y obtenidas del mismo reformador, Servet fue detenido; sin embargo, consiguió huir y, por causas desconocidas, posiblemente por un temerario afán que pudo haberle inducido a mezclarse en el conflicto surgido entre Calvino y los libertinos, marchó a Ginebra, donde al cabo de poco tiempo se le reconoció y detuvo.

El reformador, que no fue extraño a tal detención, pero actuó a través de la persona de Nicolás de la Fontaine, asumió personalmente la acusación cuando encargóse de la defensa de Servet cierto Berthelier, miembro influyente del partido anticalvinista. El desarrollo del proceso, inicialmente favorable al acusado, adquirió luego un cariz contrario a éste, ya a causa de sus abiertas declaraciones de carácter panteísta, que hacían delicada su defensa incluso por los adversarios de Calvino, o bien debido, singularmente, a la respuesta desfavorable de las iglesias de Basilea, Schaffhausen, Berna y Zurich, consultadas posiblemente con la secreta esperanza de una recomendación de templanza. La victo­ria personal de Calvino sobre Berthelier en la cuestión de la excomunión contribuyó a agravar la situación de Servet; al final, em­pero, la condena fue pronunciada por el partido anticalvinista, que rechazó la moderación pedida por el reformador en la ejecución de la pena. El reo murió que­mado vivo en Champel.

G.  Miegge