Marco Anneo Lucano

Nació en Córdoba el 3 de noviembre del 39 d. de C. Era sobrino del filósofo Séneca e hijo de M. Anneo Mela y de cierta Acilia (hija del orador y escritor Acilio Lucano) también de origen hispánico. El padre, procurador del fisco imperial, fue a establecerse en Roma, donde se hallaban ya su madre Elvia y su her­mano Séneca, envuelto éste en los honores y la fama, pero que no tardaría en caer bajo el odio de Mesalina y la condena de Clau­dio. Todavía «teneris annis» compuso Lucano los poemas Iliaca, sobre la guerra de Troya, y Catachtonion, en el cual cantaba el descenso a los infiernos de un héroe al que descono­cemos. Según la costumbre, perfeccionó sus estudios en Atenas. De allí llamóle Nerón, quien le quiso en el grupo de sus amigos íntimos. Tal relación fue viva, pero de es­casa duración. Transcurría ya entonces el período tenebroso del reinado neroniano: concretamente, el año del matricidio (59), preludio del no lejano declive de Séneca (62).

La fama poética de Lucano había empezado a resonar clamorosamente; y en los certá­menes públicos de elocuencia y poesía, en aquellos juegos quinquenales instituidos el año 60 por Nerón, nuestro autor fue coro­nado por el propio emperador luego de haber recitado un poema en honor de éste en el teatro de Pompeyo. Época de las solemnes y escandalosas exhibiciones del emperador en la escena pública en calidad de citarista y poeta, el joven literato, ya célebre, y sobrino de Séneca, entonces triste y molesto regulador del Imperio, no podía, empero, agradar al loco desenfreno del so­berano auriga, histrión, cantor y asesino. Cierto día, en el curso de una lectura pú­blica de Lucano, levantóse Nerón bruscamente y se alejó con el pretexto de una reunión senatorial; ello representó una afrenta in-olvidable para el poeta, quien no se abstuvo ya de manifestar respecto al príncipe des­pecho y resentimiento. Forzado por los celos del emperador a renunciar a las exhibicio­nes ante el público, dedicóse entonces a componer, alentado por amigos y familiares, el gran poema que habría de constituir una venganza personal y una protesta espiritual: la reivindicación eterna del derecho frente a la violencia. Cuando el año 62 empezó a urdirse la conjuración pisoniana que había de arrollar en su ruina lo mejor de los ciudadanos y literatos contemporáneos, Lucano figuró entre los conspiradores, y llevó a la conjura la llama viva del odio.

El 65, em­pero, la intriga fue descubierta, a causa de la imprudencia de Scevino, uno de los con­fabulados. Según Tácito, tras la denuncia de Natal, conjurado que reveló inmediata­mente la participación de Pisón y Séneca, Scevino, ya detenido, por debilidad o bien juzgando descubierta toda la conspiración e inútil el silencio, declaró los nombres de los demás. De éstos, Lucano, Quinciano y Seneción callaron al principio largo tiempo, luego, no obstante, corrompidos por las promesas de impunidad, acusaron, el primero a su propia madre Acilia, y los otros dos a sus mejores amigos. Con la información de Tácito concuerda la vida de Lucano escrita por Suetonio. Varios autores modernos, em­pero, han querido librar al poeta de esta nefanda mácula de abyección moral; y así, juzgaron inventada la infame denuncia, en el curso de la instrucción secreta del pro­ceso, por el mismo emperador, deseoso de manchar la memoria de Lucano y de ofrecer una prueba de magnanimidad al abstenerse — precisamente él, asesino de Agripina — de perseguir a una madre denunciada por su propio hijo: en apoyo de tal hipótesis hacen resaltar que Acilia no sufrió condena al­guna.

Es posible que así fuera; no obstante, la infinita miseria de la naturaleza humana impide excluir en absoluto’ la veracidad de las noticias de Tácito y Suetonio. El 30 de abril del año 65 Nerón ordenó a Lucano el sui­cidio. El poeta eligió el practicado entonces como el más suave tránsito a la otra vida, y abrióse las venas; según Tácito (Ann. XV, 70), fríos ya sus miembros a causa de la abundante hemorragia, pero intactos aún el fervor y la lucidez de la inteligencia, el moribundo empezó a recitar algunos de sus versos que describían la muerte semejante de un soldado (quizá los 635-647. III, de la Farsalid). De los numerosos textos poéticos de Lucano compuestos ya desde la adolescencia sólo han llegado hasta nosotros algunos res­tos de escasa consideración. Además de Iliaca y Catachtonion escribió Orfeo, diez libros de Silvae, una tragedia inacabada, Medea, y catorce Fabulae salticae, o sea libretos para pantomimas. Conservamos su famoso gran poema la Farsalia (v.), en diez libros e incompleto por razón de su trágica muerte. En cierta ocasión (IX, 985) el autor denomina a esta obra Pharsalia riostra, quizá en una libre designación del tema de la ac­ción principal.

En los manuscritos aparece titulada Bellum civile; éste debe ser, posi­blemente, el verdadero título del texto, confirmado además por Petronio (Satiricón 118). Sin embargo, en la actualidad ha prevale­cido definitivamente el de Farsalia. El ar­gumento del poema es la guerra entre César y Pompeyo; con todo, tras la batalla de Far­salia y la muerte de este último, referida en el libro octavo, empieza, en los otros dos, la narración de las nuevas empresas milita­res: las de Catón, que prosigue la lucha por la libertad en los arenales africanos, y de César, acechado y sitiado en Egipto. Desco­nocemos el final que Lucano prefijara a su obra; posiblemente proyectó un extenso relato de las guerras civiles, terminadas con la ba­talla de Actium y el establecimiento del principado. Lucano pretende conservar inalterada la memoria del pasado, y no olvida ninguno de los hechos importantes: los selecciona, pero nada añade; respecto a ciertos detalles, la obra constituye la única fuente conser­vada. El poeta resulta, en parte, historiador; precisamente a causa de ello fue censurado por quienes pretendían para la epopeya la fantástica amplitud del mundo fabuloso y no el rigor del testimonio histórico. Tales críticas, empero, no consiguieron disminuir el éxito de este poema, que ofreció a los eruditos medievales el relato de los hechos de César con la sugestión de una forma poética abundante en sentencias morales y llena de elocuencia.

C. Marchesi